Castañas y Bécquer para Halloween

Desde el 3º izquierda

 

Los escaparates del centro de la ciudad ofrecían un aspecto surrealista. Largos abrigos, cazadoras de piel, anoraks y gabardinas cubrían a siniestros maniquíes inexpresivos y con apariencia de película de serie Z. En las aceras, repletas de transeúntes en aquel jueves que remataba de calor a octubre, se podía oler el sulfúrico vaho que brotaba de unos imbornales que llevaban semanas prácticamente secos. El otoño no llegaba todavía, a pesar de estar casi en su meridiano astronómico.

A Antístenes no le gustaba pasear por esas calles repletas de extraños. Además de tener que ir sujeto por la correa que le impedía moverse con libertad, sentía pavor de esa masa informe de autómatas que repetían los mismos movimientos y se detenían todos en los mismos escaparates. Por no hablar de esos engendros endiablados que corrían y aparecían por todas partes subidos a artefactos deslizándose a toda velocidad. No, Antístenes prefería la tranquilidad de los paseos por el barrio y su parque. Allí podía correr libremente y vaciar sus depósitos sin que ningún humano se enfrentara a gritos con su amigo Julián; ya que, a pesar de que este limpiaba siempre raudo sus desaguisados, más rápidos eran los vigías de la urbanidad con sus reproches.

Julián había comprado unos paquetes de castañas en uno de los escasos puestos callejeros que sobrevivían a la plaga de la globalización cultural de este maldito siglo XXI. Al llegar a casa disfrutarían a medias de esta delicia otoñal y de unos dulces que esperaban su turno en el frigorífico. Después, alumbrados por varias hileras de velas, despedirían el mes y darían el tránsito hacia noviembre visionando alguna adaptación del Tenorio o releyendo a Bécquer hasta que se quedaran dormidos. Antístenes, al que sorprendentemente y juzgando por la atención prestada, le gustaba oír la voz de su amigo leyéndole en voz alta, siempre era el primero en caer vencido por el sueño. Julián solía permanecer con aquella tradición, que había adquirido de manera tácita y no premeditada, hasta el amanecer. A continuación, a primera hora y antes de que las siempre tranquilas callejuelas del cementerio se volvieran un maremágnum de turba endomingada y chillona, haría una de las dos visitas semanales a la tumba de su esposa. En los diez años que llevaba viudo no había faltado ni a una sola cita.

Posiblemente, el origen de toda esta combinación de ritos clásicos combinados a su “estilo personal” era otra de las formas que utilizaba Julián para llevar la contraria a una sociedad cada vez más adocenada con las costumbres anglosajonas. Por este motivo, en los últimos años solía comprar una triple ración de castañas asadas. Además de la innegable ayuda que suponía para el impulso económico del negocio callejero de la castañera, Julián conseguía con ello una insuperable munición incruenta para su lucha contra la imbecilidad y la alienación.

A última hora de la tarde, mientras Julián y Antístenes se preparaban para su sesión personalizada de “la Noche de difuntos”, el timbre no dejaba de sonar, pulsado por pandillas de chicos y chicas disfrazados de personajes ajenos a cualquier rito o costumbre cultural propia. Julián respondía al “truco o trato” repartiendo castañas asadas y recitando algunos versos de Zorrilla o Bécquer. La mayor parte de los niños huían extrañados. Sin embargo, un pequeño grupo, que aumentaba cada año, escuchaba en un extraño silencio casi solemne.


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