Irse

Rincones oxidados

Espe tomaba al muchacho de turno de la mano y lo subía lentamente por las escaleras para conducirlo a una de las habitaciones, mientras Estrellita suspiraba guiñándole un ojo al padre y le decía: «¡Ay, esas escaleras llevan al cielo!»


Camas de sangre y ramas

Rincones oxidados

—¡Oiga! Hay una chica herida en el camino, no está bien, ¡Dios mío, nada bien! Y un hombre en el suelo, creo que está muerto… no, no, ¡seguro que está muerto! ¡Dios Santo, qué carnicería! Por favor, que venga alguien, por lo que más quiera…


Comerte toda

Rincones oxidados

Nunca había leído una conversación ajena y aquella tuvo que leerla varias veces, como una párvula que resigue los renglones con los dedos, para dar crédito a lo que veían sus ojos. Era algo tan impropio, ruin e improbable que se quedó helada.