Sonrisas

Rincones oxidados

 

Nadie que conozca al señor Alfredo podría describirle como una persona de malas costumbres. No más que cualquiera de nosotros. ¿Qué si se le conocen vicios, compañías poco recomendables, desorden en su vida, enemigos declarados?… No señor. En tal caso yo no hubiera consentido alquilarle el piso y así se lo he hecho saber al agente que me ha tomado declaración. Este es un vecindario decente y yo no quiero problemas. Esto es exactamente lo que le he dicho mientras él no dejaba de tomar notas. Por lo visto alguien ha llamado a comisaría para denunciar la desaparición del señor Alfredo. ¡Vaya por Dios!

El agente, un muchacho educado, guapote, fornido y muy serio, me ha pedido, después de tocar repetidamente el timbre del apartamento del señor Alfredo y comprobar que nadie acudía, que le abriera la puerta del piso y que me quedara fuera, en el descansillo. Sin embargo, me ha cogido las llaves de las manos con mucha determinación y, mientras él mismo hacía girar la llave en la cerradura, no me ha perdido de vista.

Yo me he sentado en un banquito de madera y forja que he dispuesto en cada uno de los rellanos. Son monísimos. Este tipo de detalles facilitan el alquiler y distinguen mi propiedad —el señor agente debería notarlo— de cualquier cuchitril en un barrio de mala muerte.

—¿Pero cree usted que, de verdad, le ha podido pasar algo al señor Alfredo? —le pregunto poniéndome ambas manos sobre el pecho. Mientras cruzo y descruzo las piernas me aseguro de que toma nota de todo, lo apunte en su libretita o no.

Aunque sospecho que he conseguido despertar cierto interés en el chico, confieso que mataría por, además, arrancarle una sonrisa.

La puerta ha cedido solo un poco. Una cadena ha impedido que se abriera por completo. Eso —me ha dicho el agente—, podría indicar que el señor Alfredo permanece en el piso: la cadena se ha puesto desde dentro, pero claro, tal vez se encuentre indispuesto o algo peor.

—No, no, señor agente —voy respondiendo muy obediente sus preguntas —, a mí no me consta en absoluto que haya salido de viaje y le haya cedido el apartamento, mientras tanto, a algún conocido.

—Apártese, señora por favor, voy a tener que tirar la puerta abajo.

¡Dios mío de mi vida, qué resolutivo! Tanta decisión en un hombre me embriaga. Con solo imaginar esa cantidad de músculo —del que bien quisiera rendir cuentas— rebotando contra la puerta, me estremezco. Sin embargo, en un afán de estar a su altura, me decido a hacer algo útil y le digo:

—¡No, aguarde! —y sonriéndole con picardía: No vaya usted a desgraciarme la puerta.

Ante su sorpresa, me he desabrochado el collar y, gracias a mis deditos hábiles (quisiera que tomara nota de cuán hábiles son) lo he metido por entre el hueco de la puerta y he desenganchado la cadena. Dos generaciones somos ya —le he explicado mientras el enganche se descorría risueño— las que vivimos de alquilar pisos, y eso te da muchos recursos. Sobre todo en estos tiempos en los que cualquier coletas piojoso puede ocupar tu propiedad.

Solucionado el pequeño contratiempo de la puerta, me coloco a sus espaldas dispuesta a entrar detrás de él, pero me retiene colocando su mano firme sobre mi hombro.

—No, no entre usted —me dice—. No quisiera alarmarla, señora, pero podría ser desagradable y, además, es preferible que nadie toque nada.

—No, no me alarma, una no puede menos que sentirse protegida cerca de usted, señor, pero ¿no corre mucho peligro viniendo solo?, ¿no debería acompañarle otro agente? —Dispuesta y atrevida, abanico mis palabras con una caída coqueta de párpados que tantas tardes de gloria me ha proporcionado. Me sonrojo un poco al recordar que no hace tanto de la última vez. Más de uno diría que aún estoy de muy buen ver. Aun así, no consigo que se le escape esa sonrisa que tanto deseo.

—¡Los recortes, señora, los recortes! —ha sentenciado.

Empecinado en el trabajo que le ha traído hasta aquí, entra en el apartamento. Y yo entro tras él. El recibidor es austero. Práctico. Masculino. Ordenado. Limpio. Él lo observa. Yo ya lo conozco. Cierro la puerta tras de mí. Él se gira al oír, nuevamente, el correr de la cadena sobre su guía, pero sigue adelante por el pasillo. Estoy emocionada: estamos solos, viviendo una experiencia única e íntima. Le sigo entusiasmada y le toco el hombro con mi índice y, como si hubiera reparado en ello de repente, le pregunto:

—Señor agente, no me ha enseñado usted su placa, ¿verdad?

Él se ha parado en seco en mitad del pasillo. Un silencio espeso, irrespirable, se me ha adentrado en los oídos. Se ha girado lentamente con el semblante pétreo, los ojos entornados. Yo me he tapado la boca con las manos como signo inequívoco de que no quiero causarle problemas. Tampoco enojarle.

—No señora, no lo he hecho —hemos retrocedido ambos, yo caminado de espaldas hasta la pared, y él desplazándose hacia mí hasta que apenas ha quedado espacio entre su cuerpo y el mío —. Pero estoy seguro de que no me lo va a tener en cuenta —ha continuado diciéndome mientras el golpe seco de su mano contra la pared ha resonado muy cerca de mi cabeza—, y que va a dejar de tocarme los cojones, ¿verdad? ¡Vieja estúpida! —ha rematado gritando, muy cerca de mí, salpicándome la cara con su saliva. Y, desde luego, no sonreía.

Esto de los recortes, la verdad, es que tiene a todo el mundo muy irritado. O tal vez aquel joven no fuera policía —me he puesto a recapacitar—. ¡A saber en qué asuntos turbios estaba metido el señor Alfredo! ¿Qué sabe una de la gente? Tal vez este muchacho sea su cómplice y haya venido a prevenirlo, a salvarlo o, por el contrario, sea un sicario. Sea como sea, y aclarados los términos, al menos entre nosotros dos, él ya se me ha movido por el apartamento con más desparpajo. Ha entrado en la cocina y ha constatado que estaba vacía. Yo le seguía; ha entrado también en el dormitorio principal llamando en voz alta —¿Alfredo?, ¿Alfredo? — Y yo tras él.

Finalmente le ha tocado el turno al cuarto de baño. Aquí se ha parado en seco en el umbral de la puerta. El señor Alfredo tampoco estaba, pero algo ha llamado poderosamente la atención del chico: unas gotas de sangre manchaban el azulejo que bordea la bañera. ¡Vaya por Dios! —he musitado—, pero él ya no me hacía ningún caso. Ha perdido todo interés por mí, así que ha seguido a lo suyo y se ha inclinado sobre el sanitario apartando las cortinas. Parece ser que un ruedo rojizo circunda el agujero del desagüe. ¡Vaya! Me he reprochado a mí misma no ser más eficiente y, entre tanto, he abierto, sigilosa, un cajoncito del mueble del lavabo y he extraído de él una navaja de afeitar. ¡En estos baños modernos tan pequeños, todo está tan a mano! Esta navaja era de mi padre, y aunque la guardo con el cariño debido, decidí hace días que en el baño de un hombre sería más útil. Al muchacho, claro está, no le ha dado tiempo de girarse. Le he agarrado por los pelos y, rápidamente, he apoyado su cogote contra mi vientre. Con habilidad cirujana le he dibujado, navaja en mano, una sonrisa de lado a lado del gaznate. Luego lo limpiaré todo —esta vez sin dejar rastro—, pero mientras tanto, aquí lo tengo, mírenlo: retorcidito en el suelo, sonriéndome a su manera, aunque con una mueca extraña en la cara. Este chico era demasiado serio, ya les digo. Como el señor Alfredo. Él, tampoco sonreía.

 


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