Empezar con nada

Tecnologías de los perdidos

 

—Venga, Aurorita, que tengo que practicar —dijo Luis tras recoger los platos de la cena.

—¿Otra vez el truco del conejo?  Pero si te sale fatal.

Luis decidió apuntarse a un curso de magia online nada más enterarse de que su Aurora le ponía los cuernos con su buen amigo Andrés. Y no era la primera vez. Cualquiera en su situación habría clamado venganza.

Resignada, Aurora se quedó sentada a la mesa sobre la que Luis colocó la caja mágica.

—Nada por aquí, nada por allá —dijo batiendo las manos por delante y por detrás.

—¡Ya empezamos! Ahórrame los preliminares.

—Bueno, voy rápido.

Luis cubrió la caja con un pañuelo de seda negro y la tocó con la punta de la varita.

—Et voilà! —dijo descubriendo el mismo conejo de siempre cortado por la mitad.

—¿Me puedo ir ya? —preguntó Aurora apoyando las palmas sobre la mesa en ademán de levantarse.

—Si no practico no me va a salir nunca —suplicó él.

—¿Por qué no practicas tú solo y me dejas en paz?

—Por favor, Aurora. No seas así.

Aurora recogió las manos en el regazo y soltó un ¡uf!

—Uno más y ya está. Pero que sea distinto. Hacer aparecer cosas, obviamente, no es lo tuyo. ¿Por qué no haces desaparecer algo, para variar?

A Luis se le iluminó la cara como una bombilla.

—¿Algo como qué?

—¿Y yo qué sé? No, si encima…

Luis giraba la vista por la habitación.

—¿El televisor?

—Ni hablar.

—¿Qué tal la lavadora?

—Eso, y lavas la ropa a mano.

—¿El frigo?

—¿Estás loco?

—¿El cuadro de tu madre?

—Tampoco.

—¿Esa lámpara?

—No.

—Pues la cafetera.

—¡Ay, Luis! ¡Qué suplicio! ¡A mí! ¡Desaparéceme a mí! A ver si así no tengo que soportar más tus estúpidos trucos.

Luis apenas pudo contener su sonrisa de sátiro.

—No sé, mi vida, la desaparición es muy complicada y aún no llegué a ese módulo. No la controlo.

—Como si controlaras algo. ¡Venga ya, Luis!

—Como quieras —dijo cogiendo con ternura a su mujer por la mano y poniéndola en medio del salón. Entonces dijo:

—Todo por aquí, todo por allá.

—¡Déjate de tonterías! ¡Empieza ya!

Con la punta de la varita Luis tocó la frente de su mujer.

—Et voilà !

En vez de hacerla desaparecer, aparecieron dos Auroras.

Luis las miró feliz. «Una para Andrés y otra para mí», se dijo. 


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