Alimañas del espacio

Lengua de lagartija

 

El problema a bordo de la estación espacial Lucien III no reside en las antenas exteriores, a las que hay que ajustar cada treinta y seis horas. Tampoco en los altibajos de presión en el interior del perímetro habitable. La mayor contrariedad la representan las ratas. En una de las vueltas a la tierra el mayor William Clancy, comandante a cargo, escuchó un extraño sonido en el interior del calóptero de crumenjerios. Al poco rato el ruido fue volviéndose más agudo, hasta hacerse patentes unos chillidos que ponían los pelos de punta. Puestos a inspeccionar, y después de apartar los cables principales, los tripulantes descubrieron que en el calóptero anidaba una rata que miraba a los humanos con cara de susto.

Cuando intentaron despachurrarla con el palo de la escoba destinada a barrer la cubierta exterior, el roedor saltó como expulsado por un resorte y quedó flotando en el interior del recinto. Era evidente que la falta de gravedad facilitaba que el animalito se escabullera una vez y otra. Trataron de liquidarla con golpes de plumero e incluso la persiguieron con el palo de amasar ñoquis, pero todo era inútil. Los astronautas iban de una punta a otra de la estación sin poder alcanzarla. Al rato notaron que unas ratitas pequeñas flotaban en la cabina. En total serían unas cincuenta, todas de diferente tamaño, lo cual evidenciaba que provenían de diversos partos de la rata madre. Así continuaron dando vueltas al planeta, con las ratas flotando por todas partes, chillando, peleándose a muerte, copulando y pariendo. El mayor Clancy se comunicó con la base:

—Houston, tenemos un problema.

—No me hablen de problemas —respondió el profesor Braun-Von, que sin duda ya suponía de qué se trataba—. La nave que hace tres meses fue lanzada hacia Marte está llena de ratas y cucarachas.

Era cierto, en esos momentos habitaban en dicha nave unas cuatrocientas ratas, todas flotando en el espacio ingrávido del habitáculo principal. Para colmo, también cucarachas; incontables cucarachas. Estas constituían el alimento de las ratas, que al defecar proveían de comida excremental a los insectos: un ecosistema perfecto.

Lo peor sería que, al llegar a Marte, todas estas alimañas poblarían el planeta rojo, demostrando así cómo las incursiones terrestres al espacio van contaminando el sistema solar y, con el paso del tiempo, la galaxia toda. Ya existía el precedente de la Luna, que desde los tiempos de los primeros viajes espaciales empezó a poblarse de ratas y cucarachas; pero también de mosquitos tigre, polillas, garrapatas y otros bichos igualmente antipáticos.

Una empresa de desratización y esterilización ambiental, con sede en La Coruña, ofreció a bajo costo un amplio servicio de fumigación interplanetaria, pero debido a la oposición de las asociaciones animalistas de Andorra la iniciativa fue desestimada.

En fin, a este paso quién sabe dónde iremos a parar.


Comparte este artículo