El tango de Eros y Tánatos

Chamanita Muskaria

Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido.

Margarite Duras

 

El tarot o la casa de las pequeñas damas

El loco será el guía del sendero. Tras saltar al vacío en caída libre, aterrizamos con él en el laboratorio de la casa de las pequeñas damas, el estudio del mago, el alquimista pícaro que inicia el primer paso con voluntad de acción. Traspasamos un velo con lunares negros y hallamos a la sacerdotisa sentada leyendo un libro de Artaud con aire meditativo. No la interrumpimos y esquivamos las velas que rodean la estancia. Salimos al jardín. Bajo un melocotonero se recuesta la emperatriz, sus pies están descalzos, su barriga hinchada. Con una sonrisa sensual nos guiña un ojo y mordisquea una tajada de sandía.

Llegamos al patio blanco de cal, hay unas sillas de enea, una mesa de mosaico y una botella de vino. Sentado está el emperador, el patriarca gitano que afila con su navaja un bastón de madera de olivo mientras bebe vivo tinto a sorbos cortos. Más allá, tumbado en una hamaca vemos al viejito chamán fumando hierba con una larga pipa. Atravesamos la nube de humo y oímos un sonido de columpios, allí en medio del jardín —cada vez más parecido a un bosque—, vemos a los enamorados que juegan a columpiarse en un balancín azul cian, se elevan entre risas y agarran cerezas de las ramas.

Los dejamos con su vaivén, continuamos hasta que vemos corretear a un niño pelirrojo con un carro verde guiado por dos perros, uno blanco y otro negro. Giramos una esquina y hallamos a una mujer madura, vestida con una bata de flores moradas que pesa racimos de uva en una vieja báscula bajo una gran parra.

Entramos de nuevo en la casa, pero antes nos fijamos en un pequeño taller de carpintero. Allí nos encontramos con el ermitaño que cincela un alebrije con mimo y paciencia. A la entrada de la casa se halla una pequeña noria que mueve el agua, sobre ella tallada en piedra, hay una inscripción que reza: La rueda de la fortuna.

Ahora sí, cruzamos el zaguán y aparecemos en una gran sala iluminada por grandes ventanas, en medio hay una caja grande forrada de terciopelo ámbar.

¿Te atreves a abrirla?

Mientras te lo piensas, gira la rueda de la fortuna, gira y gira. Al lado de la sala hay otro patio donde una mujer pelirroja con la melena despeinada se sienta a horcajadas sobre un guepardo color terracota. No muy lejos, bajo un gran sauce, un hombre delgado con las mandíbulas marcadas cuelga cabeza abajo, balanceándose de un trapecio de rayas rojas y plateadas.

Sentada a la sombra, la Muerte, con una brizna de hinojo en la boca y con sonrisa sardónica, espera ávida la caída del trapecista.

En el centro del prado cercano a la casa, una muchacha rubia con un vestido blanco de volantes, danza con guirnaldas de margaritas y narcisos en el cuello. Mientras, un fauno de tez morena y ojos verdes la observa, tras unos arbustos, con mirada lasciva al mismo tiempo que azuza a un tejón con una vara de caña.

En la buhardilla de la casa, unas tejas se desprenden cayendo a los pies de Estrella, la niña acuática que está llenando jarras de agua del pozo del ensueño. La luna se asoma pícara y panza arriba desde las pequeñas colinas que ascienden tras la ladera. El Sol ronronea sobre las amapolas que se agitan tímidas, al notar como el astro transforma por unos instantes su color rojo sangre en naranja albaricoque maduro. Las nubes teñidas de rosa chicle se expanden ensombreciendo las lápidas de hiedra y pizarra de los ancestros de todos los habitantes de la casa de las pequeñas damas. El Mundo se desmunda henchido de plenitud. El loco cierra los ojos, respira profundamente y se lanza al vacío con los brazos abiertos.

Se cierra el círculo, que volverá a empezar una y otra vez, en una especie de danza en espiral que se llama Tarot, como podría llamarse Tango de Eros y Tánatos.


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