Exhumación poética de “Prosas apátridas” (Julio Ramón Ribeyro)

Gabinete de labios periféricos

 

No somos más que un punto de vista, una mirada.
Julio Ramón Ribeyro

 

Prosas apátridas ocupa un espacio liviano en mi gabinete. Su brevedad nada tiene que ver con la grandeza de su contenido. El título no debe llamarnos a una confusión ideológica. Lo de “apátrida” surge, según las propias palabras del autor, de no saber cómo ni dónde ubicar esos deliciosos fragmentos literarios que nos hablan de la vida y de la muerte con el convencimiento de quien contempla atento la condición humana y sus absurdos adyacentes, insuperables e inevitables. Y no desde una prosa rimbombante o aquejada de la apestosa “trascendentalitis aguda” de la que tanto gustan los abominables poetas youtubers, sino desde una óptica modesta, sabia y de gran intensidad reflexiva, a menudo originada por una anécdota o una observación a priori intrascendente.

De su autor, el peruano Julio Ramón Ribeyro (1929-1994), se conservan numerosas fotografías que ponen de manifiesto la mirada desazonada e inteligente de un hombre flaco tras un perenne cigarrillo. No es extraño, pues, imaginarlo escribiendo esos retazos reflexivos en medio de una nube, a cierta distancia de la tierra firme para poder proyectar la mirada verdadera de escritor. No en vano, sus diarios llevan el título de La tentación del fracaso. Porque Ribeyro nos habla de la frustración del hombre, de su decepción vital a la largo de la historia, de la búsqueda vana, tras cada despertar, de no se sabe exactamente qué. Quizás sea su epitafio (último fragmento de la obra que aquí será poéticamente exhumada) el resumen de su pulsión vital: «La única manera de continuar en vida es manteniendo templada la cuerda de nuestro espíritu, tenso el arco, apuntando hacia el futuro».

Las Prosas apátridas son una lectura extraordinariamente nutritiva. A cada renglón dan de comer al alma con un exquisito menú, en el que sencillez y verdad se alían para combatir la saciedad de lo ordinario. Como Ribeyro apunta en una anotación de sus diarios “Creo que en este libro, en ciertos momentos, avancé más allá de mi propia frontera”. En ello redunda el prologuista de la primera edición, el escritor y crítico peruano José Miguel Oviedo, señalando que nos hallamos ante un “autorretrato espiritual”.

En la primera edición de 1975 el libro contenía 89 fragmentos sin numerar, que se ampliaron a 150 en la segunda edición de 1978 (Prosas apátridas aumentadas) y finalmente la edición definitiva de 1986 (que retoma el título Prosas apátridas) que incluye 200 prosas numeradas.

Para exhumar el poema utilizaré la suma de la fecha de la primera edición y la del número de los fragmentos definitivos (1975+200=2175). Luego, 2+1+7+5=15. Así, desde la página 21, inicio del fragmento 1, hasta la 137 iré saltando de 15 en 15 páginas y tomaré un verso de cada una, finalizando con la última frase del libro (página 148). El título del poema prescinde del plural y de las “Prosas” por razones obvias.

 

Apátrida

Mi propia biblioteca
habita las cosas
sus fantasmas.

El azar de mis trabajos
al lado del carril de la vida
no importa.

Cuando se avecina el momento,
una copa,
la pena, el dolor. Solos
apuntando hacia el futuro.