Tralarí, tralará

Postales desde Andrómeda

 

Volvíamos del colegio a casa para la hora de comer. Cuando quisimos entrar ninguno de nosotros tenía la llave, la habíamos perdido, y nos quedamos en la calle sin saber qué hacer.

Como vivíamos en un primero, se nos ocurrió que mi hermano Miguel -que era el pequeño y estaba delgadito-, podía subir hasta el balcón, entrar, y abrirnos la puerta.

Encaramamos al chiquitín a la reja del piso inferior; trepó sin dificultad, llegó hasta los barrotes y se coló entre ellos. Qué risa nos pasamos. Empujó la puerta para acceder al interior pero estaba cerrada.

Volvimos al cole a las tres y sin comer. A mi hermano lo dejamos en el balcón leyendo un cuento, porque bajar era más peligroso.