El mundo se acaba

El sapo omnisciente


I

El mundo se acaba, pero lo retransmiten en directo, aunque claro, no será gratis. Si queremos asistir en primera fila al fin del mundo habrá que contratar los servicios de una cadena de televisión. Sólo entonces podremos ver este espectáculo sin vuelta atrás, unos minutos antes de desaparecer. Los desgraciados que no se lo puedan costear simplemente serán barridos por la onda electromagnética unos minutos antes que nosotros, quizás sólo unos segundos antes. Pero qué alegría poder vivir unos segundos más para no poder contarlo ¿verdad?

II

El causante será una ¿magnánima? onda electromagnética provocada por una repentina acumulación de protones de energía solar en la estratosfera que, al quedar liberada por un aumento casi imperceptible en el agujero de ozono, y al contacto con el oxígeno de la atmósfera terrestre, producirá una inversión de la polaridad magnética del orbe, derrumbando montañas, cambiando el curso de los ríos, elevando en treinta metros el nivel del agua de los océanos, y convirtiendo las nubes en descomunales bloques de granizo, que caerán sobre pueblos, ciudades, regiones y enteros continentes, como capones de Dios.

III

No se pregunten cómo hemos llegado hasta aquí. Lo interesante será observar, a la manera de Jorge Manrique, de qué manera la vida era un triste circo sin pies ni cabeza, donde los más avispados, es decir, el uno por ciento del uno por ciento del uno por ciento de la población, acumulaba todo el poder y toda la riqueza, mientras el resto trabajaba, conscientemente o no, y en condiciones de miseria o no, e ideológicamente comprometidos con una idea de progreso o no, para ese sistema diabólico e insostenible. Es natural: de algo hay que morir, por tanto, excepto algunos adelantados del pensamiento, gurús universales del amor, y quizás un puñado de personas sensatas y tres artistas, la humanidad no ha sabido ni ha querido pasar de ser una raza luciferina, ocupada per secula seculorum en los más turbios y asquerosos asuntos, para satisfacer sus más bajas pasiones y vivir unas efímeras jornadas de gloria en las letrinas de la historia.

IV

Claro que, este sapo que les habla, les recomienda, si quieren verdaderamente disfrutar de la caída del imperio pagano, que vayan pasando, por supuesto respetando todas las medidas de seguridad impuestas para preservar, no ya la salud, que poco importa en el crepúsculo que viene, sino un mínimo de decoro, por la biblioteca pública o, en su caso, la librería de confianza, para leer un poco de historia universal, porque, de no ser así, esos fundamentales y últimos segundos de visionado de la actualidad acabándose, no tendrán ni la emoción, ni la solemnidad que merecen.

V

Como no es seguro que esta maravillosa revista tenga la temporada que viene necesario renuevo, ya que, repito, el mundo se ha cansado ya de soportarnos y es más que probable que el holocausto llegue sin avisar, me despido para siempre de ustedes y les recuerdo que si lo quieren seguir por la televisión deberían de contratarlo ya. ¡Podrán gozar con un bonito y definitivo chis-pum!