Cuando se busca, no es que el tiempo transcurra lento ni que el cuerpo pierda la cadencia del compás de la vida. Es, simplemente, que se vive desafinado. Es, solamente, que se baila sin coreografía.
Cuando se busca, cuando se espera, se nos olvida que la vida es un reloj de arena que pasa lento. Y cuando lo volteamos a la caza del tiempo, no es el tiempo el que pasa. Pasan los recuerdos.
Entre mis tesoros, guardo un reloj de arena azul aciano cargado de memoria. El tiempo cae grano a grano. Triste. Lo observo. Atenta. ¡Cae un grano! La remembranza de nuestro encuentro.
A diez metros de latido seco. Tú. Tu mirada. Desgarbada, ausente y dispersa. La de un puto artista egocéntrico. Ojos que veían un espectro. Yo. Mi esencia. Vestida con una tira de negativo analógico. Seda moteada de sombra y de luz. Mis manos tintadas de henna para que no me exudara la esperanza cuando las posara sobre tu cara. Para que el haberte encontrado no fuese para ti cualquier prueba de una copia positivada sobre papel Ilford; para no convertirme en otra conquista enmarcada.
No hubo beso. Quizá sí. No lo recuerdo. Hubo un instante decisivo, un eterno para siempre. No sé qué hubo en ti. ¿Fotolibro? ¿Proyecto? ¿Lenguaje visual? Después de eso, la Alhambra que nos auguraba un afligido paseo en el Paseo de los Tristes. Noches de piel mojada. Manos libres, exhaustivamente encadenadas. Fotografías de mi cuerpo desnudo. Vestido verde manzana en un desesperado intento por hacerte tentar ese universo tuyo prohibido. Cafés sin azúcar, endulzados con tus versos. Siempre tú.
Una última noche vestida de geisha, desesperada. Y un despertar abrupto, aún ilusionada, con un ininteligible “me voy” acompañado de tu equipaje. De tu mirada desgarbada, ausente, dispersa. Te fuiste sin nunca verme. Esa mirada es el único recuerdo que no confabulé. Fue real, como la sangre que brota de una herida. No medié palabra. Fue mi primer atisbo de dignidad.
Abandoné la casa sabiendo que esos recuerdos quedarían contenidos en la memoria de mi reloj de arena. Anduve sin rumbo hasta el Mirador de San Nicolás. Allí te dije adiós. Sonaba, desafinado, el acorde de una guitarra pedigüeña y fue aquel gitano rasgueando esperanza el que me hizo recordar que mi cuerpo, el que espera, aún descompasado y desentonado, seguiría buscándote, siempre, entre las fotografías que aún no se han hecho. Entre las copias buenas de esos negativos grises que se revelan en blanco y negro. Entre las copias que nos hacen vivir un tiempo real; esas que rellenan los granos de un reloj de arena azul aciano.