Hicimos un pacto, él me cogía de la mano mientras temblaba y yo le aguantaba sus histerias y sus salidas de tono sin sentido.
Funcionó durante un tiempo, pero yo cada vez temblaba más. Ya no era un consuelo su mano que iba unida a su cuerpo, un cuerpo frío y lleno de venas callosas que me ponía nerviosa. Los pelos de la nuca se me erizaban repeliendo su contacto. Cada vez más difícil soportar los desmanes de este hombre que había convertido su vida en una continua queja, susurrando por los pasillos pesadumbres que no significaban nada. Pero habíamos hecho un pacto. Él me cogía la mano y yo le aguantaba sus histerias.
No fue fácil tirarle de casa. Los almohadones eran todos suyos y deshacerme de ellos, soportar el hueco que dejaron en los rincones, en el sofá, en la cama, enfrente del televisor, no fue fácil. Echaría de menos los estampados florales que al principio detestaba. Es curioso como una puede acostumbrarse a casi todo. Cuando apareció por casa con la primera inmensa bolsa cargada de plumas pensé que estaba loco, más loco. Luego su ritual meticuloso de elección de telas, medidas, corte, poner la máquina en marcha enhebrando la aguja con habilidad quirúrgica y sin que el pulso le temblara (que envidia), el sonido monótono que generaba una extraña calma, como cuando escuchas una chicharra y al callar descubres que lo que molesta es el silencio. El rellenado parsimonioso, podría haber metido las plumas una a una por el insignificante hueco que dejaba al efecto. Plumas previamente lavadas, plumas que venían llenas de sangre y de restos de excrementos.
Nunca quise saber de dónde las sacaba, no era mi tarea buscar fobias que desmontaran el mito que necesitaba para que me mantuviera en pie mientras temblaba. Centenares de gallinas, patos, gansos, cisnes… no lo sé, me da igual, me gustaría que me diera igual. El olor a humedad, la prensa calada que fabricó para que secaran rápidamente y sin perder ni una. Qué dolor en sus ojos cuando alguna pluma salía volando ignorando sus esfuerzos por mantenerla con él. Sólo le vi llorar una vez, debe hacer casi ocho años, cuando volcó el canasto que utilizaba para llevarlas del fregadero al balcón y centenares de ellas cayeron, casi huyendo, por la ventana abierta. Creí que se lanzaría tras de ellas, lo vi asomarse y sentí la desesperación en su respiración angustiada, me recordó a la de un perro atropellado y moribundo. Me dieron ganas de empujarle para que dejara de sufrir. Se derrumbó en el suelo y lloró durante horas, no hizo nada por recuperarlas, no quiso asomarse nunca más a esa ventana. Tardó días en bajar a la calle, entendí que no quería ver ni un solo rastro de su dolor desparramado en la acera.
Luego tuve que tirarlo de casa. No hizo falta demasiado esfuerzo, era ya tanto lo que me repelía de él. Hasta oír su tranquila respiración nocturna me ponía nerviosa. Fantaseaba con la forma de matarlo. Hay miles, millones de maneras de acabar con un hombre y ninguna me resultaba demasiado cruel.
Arrastrar sus zapatillas con la suela descolgada por las baldosas hidráulicas fue la única resistencia que opuso. Vete, vete ya. ¿Cuántas almohadas has podido rellenar en estos años? Soy incapaz de calcular el vacío. Habíamos hecho un pacto, pero ya no soportaba que me cogiera la mano. Necesito su mano. Luchar contra la repulsión que me ocasionaban los pelos de su muñeca y contraponerla a la necesidad de tocarle, como si lo único que me mantuviera con vida fuera aquello que me hacía más daño. El milímetro exacto, ni un poco más, el milímetro exacto para no salir a vomitar al baño.
Se me encoge el alma solo de recordarlo. Lo sé, habíamos hecho un pacto, pero salía ganando. Él siempre salía ganando. Un hombre grande y en bata que cose cojines de flores no puede ser malo, por eso siempre salía ganando. Supongo que llamaría a su madre, no sé si tiene madre, no sé si tiene teléfono. Mire, agente, no sé nada de él. Sólo que cosía esos hermosos cojines de flores, que habíamos hecho un pacto y lo rompió porque ya no me servía. Apenas necesitaba de él su mano. Sí agente, esa mano, la derecha.