I
Ocurre que este oficio contemplativo culmina siempre con un salto con el que recorro diez veces la longitud de mi cuerpo. En ese momento de ir por el aire estiro patas traseras y delanteras y me parezco sospechosamente a ustedes cuando se hacen a sí mismos una foto, generalmente delante de un monumento patrimonio de la humanidad, dando un sonriente pingo que os congela flotantes, queriendo impúdicamente significar la exultación rotunda de estar vivos, pero se queda en patético símbolo de mediocridad. La diferencia es que uno salta por necesidad y ustedes lo hacen por gusto. Conclusión: mostrarse feliz supone incurrir en una petición de principios; los que estamos del otro lado ya sabíamos antes de ver la foto que el razonamiento incluía con total claridad esta premisa.
II
Es muy difícil ser optimista si se es, de partida, omnisciente. Digamos que, saberlo todo le impide a uno darse según qué alegrías, y muchísimo menos demostrarlas. No obstante, el abanico infinito de lo real se pavonea de tal manera ante mí, que no puede uno evitar, en momentos de debilidad, cuando la levedad del tiempo clava sus astifinos dardos de apatía en mis glándulas sudoríparas, observar con esperanza la posibilidad de que la luz venza a la oscuridad. Les recomiendo que adopten una luciérnaga: es la única manera de superar la adicción a la virtualidad y sus maquinitas inteligentes.
III
¡Croac!
Sí, croo más bien nada. Croar es una petición de principios, es como decir: soy un sapo, y por tanto cuando croo quiere decir que soy un sapo. Croar es como insultar a la inteligencia de las personas. Pero bueno, no hay de qué preocuparse, la inteligencia de las personas es un parámetro que está bajo mínimos.