Esta mañana me levanté con ganas de desempolvar a aquella mujer perdida en el recuento. La imprudente, la de tanto reír y tanto llorar. La joven. La que era tan ingenua que vivía cada día como si fuese la primera vez.
Ha sido muy difícil abrir tantas cajas, las de las mudanzas, quitarles el moho y la humedad. Rebuscar entre vidas pasadas y exequias celebradas tras mi Pompeya particular. Ha sido muy enrevesado despojarlas de los desengaños, de los deseos frustrados. Casi imposible encontrarla inmaculada y sin cicatrices, como era ella. Ha sido complicado, pero entre todas esas cajas amontonadas en el almacén del todo eso ya se ha ido, he encontrado un cajón lleno de botas de charol blancas, de gafas de colores, de no tenerle miedo a nada, de cucharadas de miel para suavizar la carraspera de la garganta, los sinsabores. Como si no supieran a nada.
Sé que mi espíritu ya no se puede vestir con minifaldas ni con medias de colores ni con cinturones caídos, pero aún queda un rastro. Un no sé qué subversivo de aquel Chelsea look. Y por una extraordinaria vez, por un único día, por un regalado instante de supervivencia, me he permitido revivirla. Y he decidido desenterrarla del tiempo que ajó, después de ella, mi padecido cuerpo. Me he permitido desdibujar mis cuarenta y siete kilos de su arrastrado, lánguido y excesivo amartelamiento. Me he permitido recolocarla en un presente marmóreo y aburrido. Ser ella otra vez.
Nada afuera ha cambiado. Ahí seguían esperándome las fiscalizaciones de los gastos y los ingresos de la Hacienda de una Administración Local. Los complejos y la bipolaridad de un hijo adolescente. Las reafirmaciones de una hija joven con la carrera acabada y el futuro incierto. Las necesidades de mi madre, desorientada y dependiente. La carencia de un amante marcado a fuego y ya no hay más, ausente. Nada afuera había cambiado. Pero por dentro, yo volvía a ser yo. Nueva, como lo hube sido en un tiempo ido.
Me vestí de risa y de primera vez. Blusa de raso negro, con lazo al cuello. Falda estrechada a las líneas (no caben curvas en cuarenta y siete kilos). Medias de rayas rojas y negras. Deportivas en los pies para poder andarlo todo, hasta los descalabros del suelo que se pisa por primera vez… Hoy el día ha sido mío. Y mi yo, acostumbrado y sometido al yo enajenado, ha vuelto a ser aquel yo, el que siempre fue mío. Hoy el día ha sido un día exultantemente oxigenado. Desempaquetado y vivo.