Mon Rouge

Repertorio personal para gótikos



Vi por vez primera el hermosísimo rostro real de Paloma Picasso en la película, denostada por los carcas españoles y por los meapilas franceses —que también los hay—, Cuentos inmorales (Contes immoraux, 1974) del cineasta polaco Walerian Borowczyk, con guion parcial del gran surrealista, erotista y preciosista Andre Pieyre de Mandiargues, autor de una de mis novelas favoritas: La motocyclette (1963). 

Tras este estreno memorable y escandaloso, la hija de Pablo Picasso, cuyo nombre completo es Anne Paloma Ruiz-Picasso Gilot, no volvió a aparecer en pantalla. Con una epifanía hubo bastante para levantar una polvareda desmedida y un gran chismorreo, porque la portadora del ilustre apellido aparecía desnuda y en plena orgía con sus víctimas adolescentes y rubitas, en el episodio sobre la condesa Báthory. El filme se compone de cuatro historias: “La marea” —sobre una novela corta de Mandiargues—, “Teresa la Filósofa”, “Erzsébet Báthory” y “Lucrecia Borgia”. Debéis verlo si de verdad os gusta el cine y si perseguisteis en su momento El último tango en París (Ultimo tango a Parigi, Bernardo Bertolucci, 1972) o Emmanuelle (Just Jaeckin, 1974). 

Hay una escena del episodio “Erzsébet Báthory”, inolvidable, que muestra a la joven aristócrata rigurosamente vestida de negro, amazona en un fino caballo azabache en compañía de dos servidoras también a caballo, recorriendo los eriales de sus predios húngaros, en busca y captura de adolescentes y niñas —y una bebé, ¡qué escándalo!— tiernas vírgenes para su baño de eterna juventud. Hay unos planos fantásticos de su rostro enmarcado en un sombrero de plumas negro, y planos detalle de gran modernidad de sus magníficos ojos castaños y de la boca sin maquillar, delineada con lápiz claro casi blanco.

Al cabo de algún tiempo me fue posible verla en persona, en el vernissage de la exposición de un amigo mío mallorquín en París. En medio del bullicio de gentes con vestuario vanguardista y joyas de tardeo chic, guapas gentes de color y una modelo con el cabello teñido de rosa —algo nuevo para mí, que venía del franquismo en blanco y negro y de la españolidad moreneta—, se produjo un silencio susurrante en el que se discernían algunas frases repetidas en español y francés como: “Completamente desnuda” y “Elle me semble si jolie! Entonces penetró con elegancia felina por la puerta interior de la galería la Condesa Sangrienta, bastante más bajita de lo que yo me había figurado pero hermosa y vestida por Saint Laurent con el exquisito gusto que siempre ha tenido.

Paloma Picasso vive entre Suiza y el mítico Marrakesh de su generación y de la mía —que viene a ser la misma—. Trabaja para una firma de cosmética de altísimo copete que no mencionaré por no sumarme a su ávido marketing. ¡Así ya se puede conservar el estilazo! Acabo de darme cuenta de que ya ha tomado nota el algoritmo que me sigue a todas partes y me lo captura todo, desde el último objeto de mis trabajos de escritura hasta mis más ocultas meditaciones de Maharisi, que comparto con David Lynch, de estos días para suplicar por la paz y por las pobres mujeres de Gaza.

Para mí, la figura de Paloma Picasso está asociada siempre al rojo de la sangre de las doncellitas en la que se bañaba larga y voluptuosamente en la película de Borowczyk, así como al raro color carmesí puro que prodigaba en su indumentaria —actualmente ha virado hacia los grises y dorados—y en sus complementos y maquillaje. Todavía no había inventado el lápiz labial de un solo tono, al que llamó acertadamente Mon Rouge y que se hizo famoso y emblemático en los primeros años ochenta. Yo por entonces era una profesora no numeraria en la Universidad, más pobre que una rata porque el escaso sueldo que ganaba me lo gastaba en viajes y en bibliografía para mis investigaciones, pero me compré una barra de aquel carmín único y prodigioso, ensalzado por la Cosmopolitan, y deslumbré con él a mis alumnos, a mis compañeros y hasta a los hispanistas en los congresos. Lo utilicé hasta que me cansé y lo arrinconé como tantas otras cosas de aquellos años ochenta tan ajetreados. También fui fan una temporada del Eau de parfum Paloma Picasso, un chipre floral amaderado “para mujeres fuertes”, según sus palabras, algo más asequible que el labial, y cuya versión masculina se llamaba Minotaure, lanzado en 1992, también fuerte y de resonancias picassianas en su sonoro nombre.

Ahora, haciendo limpieza en viejos cajones, he encontrado una barra usada pero impoluta, como todas las cosas de calidad, de Mon Rouge. Mantiene flamante su funda de metal dorado, no de plástico como se fabrican ahora, y, lo que es más asombroso, conserva —¡con la de tiempo que ha transcurrido!—, su contenido fragante sin la menor nota de ranciedad  ni de amargor. Me lo he aplicado por juego al estilo con que ella lo hacía, un poco exagerado, pero sin sobrepasar la línea de los labios, y ¡he aquí la resurrección de Paloma y de mis años mozos! Me lo he limpiado enseguida con agua micelar, por poner algo de tecnología actual entre tanto vintage. 

La prensa rosa en papel couché dice que Paloma Picasso guarda en un frigorífico una buena cantidad de barras de Mon Rouge para rehacer su imagen emblemática en circunstancias muy señaladas. No lo guardes en la nevera, Paloma, ¡no lo necesita! Se conserva exquisito en su frío estuche de metal. 

Para conmemorar el hallazgo, hoy he vuelto a ver la película de Walerian Borowczyk en un viejo DVD, en su versión original en francés. ¡Qué sabroso pedazo de mis años jóvenes!


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