La pantera perfumada

Repertorio personal para gótikos



Gracias a su hermosura sin igual y a sus refinadas costumbres, la pantera negra ocupa un lugar de privilegio en la enrevesada zoología mítica. Su ubicación en el reino animal resulta dudosa y fluctuante en los tratados antiguos, en los que la encontramos confundida con la onza, y convertida en madre del leopardo en virtud de sus amores con el león. En realidad, no existe como especie ni es negra; se trata en cambio de leopardos y jaguares cubiertos con una capa de pelaje oscuro que se denomina melanismo y que deja ver, en transparencia, las rosetas que adornan la piel rubia o dorada.

Tiene la pantera clásica en los grabados antiguos el cuerpo largo, el corazón grande, cuatro tetas en el vientre y unas patas parecidas a las de los perros. La pantera de pelaje fosco ha alcanzado gran importancia en los delirios de poetas y erotómanos como imagen especular de la mujer felina y tenebrosa. Ha inspirado a los popes de la moda sus creaciones más perversas, y a veces tebeísticas, como modelo de ciertos trajes de noche, de raso o terciopelo, que se adhieren al cuerpo como una segunda piel, recorridos en las caderas y los muslos por luces húmedas, que convierten a las bellas que los llevan en vagas sirenas nocturnas ¿Y qué decir de los guantes negros rollo Rita Hayworth en Gilda (Charles Vidor, 1946), que al quitarlos vuelven relámpagos de nieve los brazos desnudos y se anhela su zarpazo anestesiado de perfumes?

La belleza, el perfume, la exquisitez de las maneras de las panteras es tal que les permite cazar a las ovejas por medio de la estrategia de la fascinación medusea: su esplendor suspende a las víctimas en un éxtasis que las conduce a la muerte. Pero la pantera no se limita a fascinar, a sacrificar y devorar por medio de los esplendores de su imagen. Con otros colectivos, se sirve de su arma más poderosa y sutil: la invisibilidad. La pantera utiliza en sus correrías venatorias la máscara de su propia ausencia y la del ocultamiento, pues sabiendo que su feroz cabeza, armada de colmillos destructores, haría huir a las ovejas y las cabras, se oculta entre la maleza y solo deja ver su cuerpo o percibir su aroma. Otro colectivo inocente sufre sus insidias: el de los monos. Estos no son atraídos hacia la pantera por un señuelo estético o perverso, como las ovejas y las cabras, sino por un complejo sentimiento de resonancias nietzscheanas: la alegría de los pequeños, de las víctimas, ante la muerte del tirano. Los simios, hombrecillos triviales y de poco seso, siempre en estado de ebullición, continuamente agitados por el sonido de la flauta pánica de las apariencias, celebran la muerte del Fulgor de la mortal seductora con un regocijo ciego y trivial, que recibe un castigo inmediato: la pantera se yergue como una vorágine oscura y recupera la supremacía sobre los necios.

Como todos los poderosos, el negro felino cultiva gustos exquisitos, especialmente las materias perfumadas. Aborrece los hedores. Su sentido del gusto le relaciona con la afición al vino: es fácil coger panteras negras si se consigue emborracharlas con una copa de champán como cebo dionisíaco. Les encanta el olor del alcanfor y aborrecen el del ajo, como los vampiros, según cuentan los antiguos. Pero no todo lo relacionado con el bello animal resulta delicado: cuando cae enfermo, su gusto se pervierte y utiliza como medicinas materias viles y hediondas, como la sangre de cabrón y el excremento humano.

Aunque crueles con el resto de los animales, las panteras son entre sí sociables y corteses. Defienden a sus hijos con terrible celo y se comportan dulcemente con sus amigos, así en la suerte como en la desgracia. Son atrevidas y feroces, pero no alardean; por el contrario, suelen ofrecer un aspecto exterior apacible, presentándose con discreción. A causa de esta cualidad, que no es hipocresía sino recato señorial, son comparadas por los clásicos con las mujeres, que manejan grandezas y ministerios sin alharacas ni puñetazos en las mesas. Ocultan la dura rienda bajo el trapo del polvo.

Así que, envuelta en sus perfumes y el lujo de su piel, golosa de alcanfores y de vino como su patrono Dionisos, orgullosa, artera y virtuosa, va caminando la pantera con paso elástico por un universo de delicias feroces. Es una aristócrata del espíritu y de los sentidos. Una solitaria.


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