Recién terminados los estudios me mandaron a una ciudad lo bastante lejana como para que tuviese que instalarme allí, en donde no conocía a nadie. Era mi primera plaza como docente provisional. Nunca me fue fácil entablar relaciones ni crear amistades, de modo que me preparé para un año de soledad. Por las tardes, al terminar las clases, me iba a pasear —más bien a deambular— por las calles del centro. Me pareció una ciudad triste y provinciana, ensimismada. Pensé, muchas veces, que no sobreviviría a aquel año de destierro, que mi estado de ánimo se hundiría y arrastraría a mi cuerpo hacia cualquier negrura disponible.
Paseando cada día por las mismas calles, al atardecer y sin rumbo, uno termina por sentirse invisible, fragmento accesorio del paisaje. Temí que alguien se fijase en mí, en ese hombrecito que pasa cada día, abatido, lento, que mira siempre lo mismo. Eso puede convertirte en sospechoso. Yo miraba el escaparate de la juguetería, a la dependienta de la mercería, a la mujer madura y atractiva que lee en la terraza del bar porque quiere fumar mientras lee. Cada vez esperé que ella alzase la vista a mi paso, instante en el que cruzaríamos nuestras miradas y sucedería algo que jamás sucedió.
Por fin desplacé mis paseos de la tarde hacia la periferia, como huyendo de algo. Esperando un acontecimiento nuevo. Me subía al autobús 23 y me bajaba en la última parada. Entonces tomaba el camino a casa desde el final de la ciudad, donde las calles se hunden entre los muros altos e infinitos de naves industriales, grises y pardas, con enormes letras negras cuyas medidas incitan a pensar en la mano de un titán aficionado a la caligrafía mural.
En una callejuela estrecha encontré la librería de segunda mano “Woyzeck”. La distinguí de lejos y avancé hacia ella con curiosidad, algo que llevaba sin sentir ya varios meses. En la distancia, la luz amarilla que desprendía el establecimiento parecía desplomarse en los adoquines, casi como prendiéndoles un fuego fatuo. Evoqué una pintura de Van Gogh cuyo título no recuerdo, ni me esforcé por recordarlo: el pintor holandés, aunque me gusta, me lleva a los pensamientos sombríos que incita el conocimiento de su vida frágil, tan débil y breve.
El hombre que regentaba la librería era muy mayor, y parecía no tan solo llevar toda la vida metido allí dentro, sino que uno diría que esa tienda —diminuta, polvorienta, con olor a humedad y a gato— había sido su cuna y sería, más pronto que tarde, su tumba. El librero se fijó en un libro que hojeé y así fue como empezamos a hablar. El libro era El incendio de Lisboa, traducción al español de la novelita de un autor maltés del siglo XIX cuyo nombre, como el del cuadro de Van Gogh, tampoco recuerdo.
El viejo me contó que había heredado la cafetera Gaggia de un pariente, que regentó un bar hasta su muerte. “Y varias cajas de coñac, coñac de Jerez”. Y luego añadió: “Todavía no he abierto ninguna botella. ¿Le apetecería compartir una conmigo?”. Me arrellané en una butaca tapizada con terciopelo verde vejiga. Empezamos por el café y seguimos por el coñac, que era excelente. Me habló de El corazón de las tinieblas y de El último mohicano, de lo cual deduje que debían ser sus novelas preferidas. Cerca del amanecer salí de la librería. Estaba severamente mareado y tardé horas en llegar a la pensión. A medio camino me di cuenta, gracias a un cartel pegado en la puerta de un restaurante, de que había pasado la Nochebuena en la librería del viejo.
Me marché unos días a visitar a la familia (la poca que me queda) y, a la vuelta pasé por la librería de segunda mano “Woyzeck”. Creo que buscaba otra noche de cafés y coñacs, para qué disimularlo. Encontré un camión en la puerta, que cargaba estanterías y lanzaba los libros como quien lanza basura pestilente. Entre los trastos estaba la butaca de terciopelo verde. Pregunté. Los mozos me remitieron a un hombre que supervisaba la operación. Primero pensé que era mi amigo el librero, pero enseguida me di cuenta de que solo se le parecía. “Mi primo murió hace unos meses, me dijo. Heredé el local y pienso poner una cafetería. La llamaré Bar Select, con grandes letras negras sobre fondo pardo, y pienso comprar una cafetera Gaggia pero de las buenas, porque lo primero que atrae a un cliente es el café. Y luego, claro está, un buen coñac. Tras un buen café, nada apetece más que un coñac como Dios manda”, y entonces me guiñó un ojo. Con un ojo entornado, el primo del librero muerto se me reveló como el diablo tuerto, sin duda alguna.
En el solsticio de invierno, quien nace es el diablo.