Cuando siempre es Navidad

Relatos bochornosos

 

Hace mucho tiempo, en un país muy cercano, mi cuñado montaba siempre un portal de belén con el que trataba de superarse cada año. Sí, yo era niño con relación a mis dos hermanos, que me sacaban más de una decena y media de años –no me pregunten por qué, o más bien habría que preguntárselo a mis progenitores—, lo que significa que siempre me sentí un poco hijo único. Así que, por aquellos tiempos, una de las personas con las que más disfrutaba era con el marido de mi hermana, una especie de niño grande que jugaba al Subutteo –aquel juego que consistía en jugadores que tenían una peana con la que se desplazaban a golpe de dedo sobre un tapete que representaba un campo de fútbol— no sólo con su primer hijo (mi sobrino, obviamente), sino también conmigo y un buen amigo del barrio. Al llegar la Navidad, montábamos una Copa de Europa cuyo ganador se llevaba una bolsa de Sugus (cuando eran Sugus, no lo que son ahora). Encima, mi cuñado era bastante bueno jugando, nos sorprendía metiendo goles desde el córner, y creo que el lado adulto le salía cuando se dejaba perder, por aquello del qué dirán. Se puede decir que así eran las navidades cuando uno era niño, no creo que distintas de las de otros: un puro juego.

Pasó el tiempo, me hice mayor, el significado de la Navidad empezó a cambiar en mi cabeza, como imagino que le pasa a cualquier adulto, por desgracia. Mi cuñado y mi hermana se separaron, salió de la familia y, por tanto, de las navidades, como pasa con tantas parejas; mi sobrino ahora  tiene dos hijos y mi buen amigo del barrio se perdió en el espacio-tiempo. En cuanto al Subutteo, con sus jugadores y su terreno de juego en forma de tapete, duerme el sueño de los justos en algún trastero. Las cenas de Nochebuena se convirtieron en una excusa para la bronca familiar, especialmente la política. El guerracivilismo hacía acto de presencia vestido de Santa Claus, como si en lugar del 24 de diciembre se celebrase el 18 de julio, si bien esta fecha apenas tiene significado, solo hay que preguntar a cualquier millennial.

Ahora, camino de los cincuenta, me pregunto si podré recuperar algún día ese espíritu de antaño. Y siempre obtengo la respuesta al observar a mi venerable, anciana y algo dura de oído madre, ya en la parte final de su camino vital, que es la única que tiene ilusión con las fiestas. Para ella es una obligación, y tradición, el montaje de un belén como Dios manda: el musgo, los pastores, las ovejas, el camino hecho con serrín, la nieve con harina, el cielo estrellado sobre papel azul, la colocación estratégica de las luces, los Reyes Magos en la otra punta del camino, a los que hace avanzar lentamente a lo largo de todas las fiestas; pero fue hace un par de navidades cuando decidió ponerse fiel a la historia e incorporar un Herodes. Como no encontraba ninguno, o al menos los que vio no le convencían, se fue a la tienda china a la que acude regularmente y donde ya la conocen. Fue allá donde vio en el escaparate una figura que pedía a gritos ser Herodes.

Cuando llegué casa me arrastró a que viera el montaje del belén y, por supuesto, alabarlo. De pronto, me quedé estupefacto: encima de un pequeño castillo de juguete había una figura que me resultaba familiar, pero no de escenas relacionadas con el alumbramiento de Jesucristo, más bien con otro tipo de situaciones, concretamente de tebeo, por no decir de película. Como si alguien con una copa de más hubiera manipulado una máquina del tiempo en plan bromista, sobre las almenas del palacio, y amenazando a la Galilea de la época romana, se alzaba… Iron Man.

Sí, me quedé perplejo, mi anciana madre había roto todos los moldes históricos posibles, en cualquier momento no sabías si Iron Man se iba a poner a repartir estopa a los romanos, los judíos, los pastorcillos o a todos en conjunto. Su argumentación fue que no encontraba a ningún Herodes decente que cumpliera con el papel de malvado, y este personaje, del que no tenía noticia alguna, le pareció que reunía la principal característica para estar en el belén: tener cara de mala leche o de haber hecho mal la digestión.

Obviamente, algo así no podía pasar desapercibido, así que hice una foto y la compartí en las redes sociales. Al igual que yo, otros muchos se carcajearon con la ocurrencia: ¡Un héroe de la Marvel en el origen de la Natividad cristiana! Por supuesto, esto trajo consigo que hubiera nuevas aportaciones al belén, pero no por parte de mi madre, sino por parte de personas que habían visto la foto. Por ejemplo, una amiga, ya en verano, se adelantó haciéndome llegar una figura imprescindible para el portal: Batman, el caballero oscuro. Y como no hay dos sin tres, una buena amiga catalana, que siempre me da cobijo cuando visito aquellas tierras, me envió por mensajería algo típico de su tierra: un caganer. Así que, si en las próximas fiestas quieren visitar un portal de belén ecléctico donde los haya, no duden en pasar por la casa de mi venerable, anciana y algo dura de oído madre. Estoy por poner horarios de visitas, pero sin cobrar, no vayan a pensar que soy el típico hijo fracasado que se aprovecha del ingenio de su progenitora.

Para concluir este relato navideño, se puede decir que las nochebuenas seguirán pasando con discusiones políticas, desencuentros familiares, abusos gastronómicos, excesos etílicos, subidas de colesterol, Solo espero que a medida que me vaya haciendo mayor, si llego a la edad mi madre, que lo dudo, poder tener esa ilusión por montar el belén, que será como una forma de regresar a la infancia, cuando siempre es Navidad.


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