La plástica detenida: entrevista a Silvia Genovés

Colección maravillas


Silvia Genovés (Madrid, 1961) es artista plástica y visual, escenógrafa y también actriz de sus propios montajes. Formada como diseñadora gráfica en la escuela universitaria Eina (Barcelona) entre 1981 y 1984, su obra es multidisciplinar, ya que sus trabajos se plantean desde diferentes técnicas: fotografía, video, espectáculo, plástica y joyería. Entre 1985 y 1988 trabajó en Madrid como free lance en diseño de carteles y folletos para el Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas y para el Instituto de la Juventud del Ministerio de Cultura. Instalada en Barcelona, en 1989 realiza la escenografía para el espectáculo Objeto de mi vida (Petit Comité, Mercat de les Flors). Es a partir de aquí cuando, junto a Ramón Colomina, codirige y hace las escenografías para todos los espectáculos que han montado colegiadamente hasta alcanzar la actual agrupación teatral Riereta 13: El gusano impasible (Carpa del Festival de Otoño, 1992), Rodolfo y Margarita (Alternativa Festival de Otoño, 1993), El hombre que decidió ser tonto (Mercat de les Flors, 1994), La línea de baba (Mercat de les flors, Art en Brut y Festival de Girona, 1995), Pingüenstein (Espai Brossa, 2004), Trucotis para conseguir la felicidad (Macba, 2015), Desmontando el hombrecito (2016), StarSinSer (2017) y Las nubes entre las rocas (2018). Ha expuesto su obra individual (y/o colaborativamente con Ramon Colomina) en diversas ocasiones: “Pieza y Acción” para Se alquila (Portaferrissa 7-9, Macba, Barcelona, 1997), “Escultura y videos” (Espai Vau, Arts Santa Mònica, Barcelona, 1998), una performance en el Círculo de Bellas Artes de Madrid (1999), “Vacío 9” (Madrid, 2001), “Videos” (Arts Santa Mònica, 2011), y en 2019 ha participado en la exposición colectiva familiar “La unidad dividida por cero” en el Centro Niemeyer de Avilés (Asturias) junto a su padre Juan Genovés (1930-2020) y sus hermanos Pablo (1959), fotógrafo, y Ana (1969), escultora.

“Una de las cosas que más me maravillan de mi vida es mi pareja con Silvia, que siempre está en crisis pero que nunca se acaba. Es una cosa que siempre me maravilla. Silvia es como si el primer día que te ponen en el parvulario y te preguntas con quién juegas y dices que con aquella que parece muy divertida y es Silvia. Es la pareja con la que siempre me voy a divertir y sin embargo con la que siempre voy a estar en crisis. Nos reímos muchísimo”. (Ramón Colomina «Tornasol», La Charca Literaria, 2019).

PREGUNTA.- Naciste en Madrid y te formaste en Barcelona; sin embargo, volviste a Madrid para trabajar al menos durante cuatro años para volver de nuevo a Barcelona y empezar la andadura teatral de “Petit Comité” en 1989. ¿Cómo fue todo eso? ¿Primó lo personal, lo profesional…?

RESPUESTA.- En Madrid estaba metida en el colectivo de imagen del partido comunista, allá por los últimos años del PC; yo era muy jovencita. Era el grupo de diseñadores y arquitectos que se responsabilizaba de la imagen del partido. Me metí allí y me gustó mucho diseñar en ese contexto, lo encontré fascinante, aunque yo iba un poco perdida. Mientras, me enteré de lo que se hacía en la Escuela Eina de Barcelona, y como mi padre conocía a Ràfols Casamada, me fui allí a estudiar diseño gráfico; yo solo tenía dieciocho años. Durante el primer curso me hice un lío porque no entendía el catalán, me despisté bastante, tanto que incluso no me enteré de que había que presentar trabajos y me suspendieron… (risas). Mi madre llegó a decir que nada, que mejor que lo dejara y me volviera a Madrid, pero mi padre dijo que no, que no, que lo hace, que Silvia vale para eso; y continué… De vuelta a casa y ya acabados los tres años de formación, sí que me lo pasé muy bien haciendo carteles, pero yo era muy creativa y el cliente muy aburrido: no podía aportar nada nuevo ni personal. Entonces empecé a hacer escultura y como había conocido a Ramón un verano en Barcelona y este se vino a Madrid, cuando vio las esculturas que hacía con esos cartones grandes, lo encontró muy bonito y empezó a hacer números con lo que yo iba haciendo y así me animó para que trabajáramos juntos para hacer espectáculos. Él jugaba con mi obra y yo me expresaba… Mario Gas se interesó por nosotros y empezamos a trabajar aquí, en Barcelona, porque era desde donde nos pedían trabajos. Además, a mí no me gustaba Madrid, prefería estar en Barcelona.

P.: Si bien el diseño gráfico fue tu especialidad, tu dedicación a lo teatral durante veintiséis años continuados, contando desde El gusano impasible (1992) hasta tu último espectáculo en Riereta13, poco antes de la pandemia, me lleva a preguntarte si te sientes realizada como artista con esta parte de tu vida profesional.

R.: Me siento realizada porque el teatro y el trabajo en equipo resultan más divertidos que trabajar sola en el estudio. El trabajo solitario no ofrece esa inmediatez que tiene el teatro, el video y el cine… Pero sí que tengo un poco la frustración de no haber hecho mi trabajo separadamente, porque con Ramón parece que sea él el que piensa y yo solo lo realizo, cuando eso no es así, porque yo tengo muchas ideas y también le he guiado algunas veces… Así que, poco a poco, nuestro trabajo se fue separando; de hacer solo cosas para él, empecé a hacerlas también para mí al ir ganando confianza con todo eso del teatro; al final hacía lo que me daba la gana.

P.: ¿Cuándo fue ese momento?

R.: Él estaba con Lola, y aún para “Petit Comité” les hice una escenografía, pero poco después empecé a actuar sola con mis piezas. Nos separamos poco a poco… Me fui quitando… Era mucho discutir. El trabajo con Ramón ha sido muy intenso, muy interesante, pero era muy cansado ponerse de acuerdo con él (risas). Yo también empecé a hacer guion, a planear cosas. Fue ocurriendo… Yo tenía que ser artista plástica porque, claro, mis reflexiones eran siempre en la parte visual y como me encantaba desde siempre disfrazarme… Así que hice una serie de fotografías con Photoshop y contaba historias en varias secuencias y ahí me expresé bastante bien y eso lo hice no para el teatro, sino para mí. Además, como he tenido a toda la familia en el mundo del arte, sé lo muy difícil que es entrar, sé lo duro que es el mundo de las galerías… Hay que peleárselo todo mucho, y yo siempre he sido bastante comodona…

P.: Hablemos un poco de este trabajo sobre un escenario… Tus obras son juguetes que pones en manos de todos los artistas y que operan maravillosamente bien para trasladar al espectador la magia de volver a ser niño… Recuerdo un paraguas en manos de Paloma en StarSinSer… Siempre es como entrar en un cuento… Debes tener un almacén lleno de estos maravillosos artefactos, ¿o acaso son efímeros?, ¿los reciclas?

R.:  Algunos los reciclo, pero sí, se van muriendo, sí (risas) ¡Qué le vamos a hacer! Una vez tuve que destruirlos, a patadas. Me hizo mucho daño; algunas piezas grandes que habíamos utilizado en Madrid las dejé en la calle, enteras, repartidas por la ciudad, otras las destruí…

P.: ¿Estás preparando artefactos nuevos para Riereta13?

R.: Hemos parado lo de la sala por la covid, puesto que ya no nos sirve, claro, es muy pequeña… Lo que estamos pensando es hacer un documental donde contar con Lu —ahora Lu para nosotros es muy importante— cómo somos, cómo vivimos en las tres casas, cómo nos integramos; nuestro trabajo es tan original… Será un documental-ficción sobre nosotros. Ya llevamos cierto tiempo preparándolo. Algún material ya lo tenemos, pero hay que planificarlo bien y coger un equipo para que nos ayude. Igual en verano nos vamos a una casa y lo trabajamos juntos. En menos de un año lo tendremos acabado y lo queremos poner, sí, en el mundo del cine.

P.: Actuar… Dicen que la gente tímida es la mejor actuando. ¿Eres tímida? Ese arrebato sincero en el escenario expresa unas ganas de jugar enormes, de pasarlo bien…

R.: Es muy gracioso… Claro, yo no era actriz, no venía de ese mundo. Empecé actuando y no enseñaba la cara: salía con un trapito en la cara y acabé desnuda en el escenario, solo con unas flores, como en Pingüenstein… (risas) Me quité el miedo. Al principio yo era un objeto, pero después ya empecé a poder narrar… A mí me pone muy nerviosa actuar, lo pasas mal un poco… Me gusta representar, pero en video. Actuar en directo no me llena el ego, digamos (risas), pero que sí me divierte mucho representar…

P.: Aquí podríamos hablar de tus trabajos de vídeo, concretamente de esa serie que has hecho (o habéis hecho) durante la pandemia: Las dos en casa, que consta de tres capítulos… Personajes en casa, en bata y con zapatillas y un atrezo de pelucas y una hormiga pululando por allí…

R.: Pelucas y caras, porque llevamos caretas, somos como unas señoras de plástico…

P.: ¿Y aquí, el guion y la dirección son tuyos? Ramón, Lu y tú sois los únicos protagonistas: todo en familia, claro, por el confinamiento…

R.: Bueno, con Ramón, también, sí, pero en el vídeo yo me encargo del guion. Nos cuesta mucho ponernos de acuerdo, hasta que Ramón acaba cediendo: “Bueno, vale, lo que tú digas”, y acabo mandando yo por pesada…  (risas)

P.: ¿Y cómo describirías esta obra? ¿Arte como cotidianidad, arte como psicoanálisis?

R.: Oh, sí, la desesperación por el confinamiento… Estaba muy enfocada en la covid, todo era covid. Empezaba sobre si los chinos eran los culpables: Lu era una hormiga china… (risas)

P.: Tu hermana Ana Genovés ha dicho: “Con las obras de mi hermana me parto de risa” (yo también, por supuesto). Siempre se ha dicho que lo más difícil de hacer en teatro o cine es precisamente eso, hacer reír. ¿Cómo lo haces para crear esas historias?

R.: Eso sale de natural. Yo siempre pienso decir cosas, quiero excitar a la otra persona para que su sensibilidad se mueva… Un poco jugando con los extremos de las cosas; tomo símbolos, como por ejemplo ahora la serie que hago y que cuelgo en Instagram con corazones. Imagino situaciones, como en los videos; todo es lo mismo, igual; ¿Cómo te diría…? Las ideas no sabes cómo te vienen… Tú eres como un medio. El arte es una fuerza y el artista es un médium y tienes que ser limpio para que el arte venga y se apodere de ti. Aunque si trabajas mucho, dejas de vivir y quien vive es ese ser que te usa… No sé yo si eso si tiene que ver con el pensamiento colectivo, no sé, pero es una fuerza que te coge. No tienes que ser resistente a esa fuerza, tienes que dejar que ella te lleve y así puedas crear libremente… Es un juego entre esa ambigüedad de la razón parada y dejar que todo que fluya y luego, claro, la reflexión sobre lo que te ha salido, pero para que te guste, porque a veces te salen cosas que no te gustan y porque, en definitiva, tienes que decir lo que te gusta… Es muy complicado… Es una fuerza que te domina.

P.: Sobre la intención… Ana, tu hermana, contaba no hace mucho que “Silvia, en sus vídeos, hace una crítica muy divertida de los clichés y los roles sociales, para reírse de eso”.

R.: Eso que te decía: las cosas y los símbolos que nos dominan están ahí fijos, en la sociedad, establecidos en la cultura, y yo lo que busco es ponerlos en contradicción para que te hagan reflexionar.

P.: Y en un momento determinado decidiste estudiar joyería para dedicarte a ello… Es aquí cuando empiezas a desarrollar esa idea de la plástica detenida, donde no hay narración…

R.:  A mí me gusta mucho la artesanía, la materia, y me fui al taller de joyería de Jaime Díaz en Poblenou, debe hacer unos seis años o un poco más…. Es un chico majísimo y me enseñó muy bien; me encantó. Hice poco porque en cuanto me fijé cómo se hacía, me volví autodidacta. Luego me interesó el mineral y aprendí también talla de piedra porque los minerales me encantan… Y me metí en la joyería, pero claro, luego venderlo es muy complicado; es lo que me pasa con el arte, con todo. Lo que no sé hacer es eso…

P.: Esa pasión por el arte viene de familia. Tu padre (Juan Genovés), principalmente pintor, también realizó en su juventud decoración cerámica; tu abuelo (Juan Genovés Cubells) también fue artesano, grabador de metales y pintor decorador de muebles; tu madre (Adela Parrondo) es también pintora… ¿Te sientes formar parte de una familia de artistas? ¿Tienes recuerdos que hoy te resulten algo más que evocaciones?

R.: He vivido completamente en el mundo de arte. Todos mis hermanos son artistas. Mi madre hizo Bellas Artes y luego se hizo profesora al ver a mi padre que trabajando era una bestia, un currante impresionante, solo trabajaba; toda mi casa era para que mi padre pudiera trabajar. Mi padre, en el estudio, era como un sol en mi casa. El arte ha estado en mi casa toda la vida. Pero yo he sido muy mala en el instituto; no aprobaba…(risas) Sin embargo, sí, hemos vivido pintando, dibujando, construyendo toda la vida…

P.: ¿Qué es lo que más ha influido en ti en tus vivencias familiares? ¿El arte, la política, los personajes a los que has llegado a conocer: Antonio Saura, Rafael Canogar, Guinovart? ¿Antonio López…?

R.: De niña, mis padres, tenían muchos amigos y venían con sus hijos, todos artistas, a visitarnos… Por ejemplo, Mompou y su mujer vivían al lado de nosotros, también gente de la radio: mi madrina es Juana Ginzo, la actriz y locutora radiofónica, que todavía vive, y venía mucho por casa también… Pero cuando mi padre en los años sesenta tuvo el éxito brutal en la Bienal de Venecia el mundo se convirtió en una persecución; entonces mis padres se cerraron a cal y canto. Mi padre se centró en su trabajo para evitar el asedio. Yo debía responder al teléfono diciendo que mi padre no estaba… Eso no fue bueno para mí porque el mundo se volvió una cosa cerrada, complicada, una cosa que nos invadía… La vida social se paró. Vivíamos enclaustrados por el trabajo de mi padre; porque lo primero era el trabajo.

P.: En la exposición de 2019, “La unidad dividida por cero” en el Centro Niemeyer de Avilés (Asturias), tú presentaste un video titulado “El avión”; de hecho, el título coincide con el de la obra por la que tu padre recibió el Premio Marzotto de Pintura de 1968. ¿Es coincidencia o hay algo de homenaje en ello?

R.: Fue muy bonita esa exposición… No lo he pensado; no, para nada… (risas) Se puso “El avión” porque es un avión…

P.: En tu blog hace poco has escrito: “… Me gusta que la intención se haga realidad antes de que el pensamiento pretenda controlarlo todo demasiado, para así sorprenderme y aprender de lo que aparece…”. Eso es donde te encuentras actualmente… Describes ahí algo así como perseguir la espontaneidad, pero de una manera lúcida y lo importante es poderla transmitir o compartir. ¿Se pierde algo en el camino entre una cosa y otra?

R.: No, lo que pasa es que, para decir una cosa, necesitas materia, claro, y cuando tú no sabes usar la materia, no te responde, pero cuando la dominas todo funciona. Para esto uso tela, o mejor fotografía, o cartón, o cera, o silicona, aquí corto, allí recorto… Así es muy fácil caminar y no te encuentras con dificultades: eso es lo que te da utilizar tantas técnicas. Ahora tengo más ligereza; antes era más torpe con las cosas materiales. Tengo muchos recursos para explicar lo que quiero decir… Yo soy muy sincera, limpia, lo hago como me sale, pero hasta que no lo siento, no lo realizo… A veces el propio material me dice y hago pruebas y más pruebas, hago fotos, reflexiono hasta llegar a sentir lo que quiero; después lo suelto y cada persona lo recibirá según lo sienta…

P.: ¿Tienes algún referente ante el cual te exiges reflexionar? ¿Algún artista o grupo de artistas? ¿Lecturas?

R.: Yo estoy dentro de la cultura donde vivo; vivo en Occidente y soy yo en Occidente. Si hubiera nacido en la India, sería otra cosa.

P.: ¿Vas a menudo al teatro como espectadora?

R.: Muy poco. No es como en el cine: cuando vas al teatro y es malo, lo pasas muy mal. Es difícil que haya cosas buenas, cuestan de encontrar, no hay tantas…

P.: ¿Te consideras adscrita a un estilo artístico? No persigues la trascendencia, ¿verdad?

R.: No, pero sí que intento que cada cosa impacte porque es un acto de comunicación. A mí me gustaría que la persona, al ver la obra, así lo sintiera: eso es amor.

P.: Sin embargo, evitas salir de tu zona de confort… Quieres hacer tu obra, pero sin que nadie te marque…

R.: Es que yo he sido una niña muy libre. De niña, en mi casa, que teníamos ese núcleo cerrado, no teníamos reglas. Yo he hecho siempre lo que he querido: no tenía reglas ni para salir. A mí nadie me ponía hora de nada. Teníamos un cuarto abajo con mi hermano, siempre lleno de amigos: éramos superlocos. Yo siempre he estado fuera del mundo, he sido una inadaptada, en cierta manera. En el instituto ya era rara, en las vacaciones que iba era rara… No he tenido una clase social concreta; al principio mi padre no tenía dinero, pero luego, cuando ya sí, pues tampoco podía ir con la gente de dinero… He sido una desclasada y esto me ha provocado algo de incomunicación con la sociedad. Yo intento ser pura en lo que produzco, pero claro, el mundo me es una dificultad. Quizás es que soy sí, soy un poco tímida…

P.: ¿Cuál sería tu mayor ambición, tu ilusión máxima en cuanto al arte? ¿Tienes algún proyecto algo difícil de conseguir?

R.: La película que te decía (risas). A mí, hacer una película que se pusiera en el mundo del cine, eso sí que me encantaría; eso sí sería un reto. Eso de las galerías ya lo tengo un poco aburrido… Mi padre está idealizado, es el ejemplo que hay que seguir, hay que respetar. Hubo quien me dijo: “¿Y tú a qué te dedicas? ¿Con un padre así qué puedes hacer?” (risas) Pues voy haciendo lo que puedo, lo que me sale, le respondí…  (risas).

Yo me parezco mucho a mi padre, porque, con independencia del éxito, él era muy disciplinado. Hay que trabajar. Eso de la inspiración es un cuento. Hay que trabajar. Eso lo he aprendido de mi padre, su constancia. A lo mejor cuando me muera mis cosas se conozcan, no sé… Yo no he tenido nunca una persona que me llevara, que me moviera. Yo no valgo para hacerlo. Podría haber enseñado más las cosas que hago. Aunque te digo que yo siempre me he centrado en mi persona, de manera individual en lo mío, pero como no he sido fuerte para llevar en sociedad una carrera personal sola, siempre me he juntado con personas que se muevan…

P.: Algo más que nos quieras contar… Imagino que lo más importante en tu vida es vivir y seguir haciendo lo mismo con la misma gente… 

R.: Sí, me gustaría no quedarme fuera del mundo del arte; al hacerte mayor, que es lo que ahora estoy viviendo, al envejecer, digamos, la sociedad te va empujando; los jóvenes te van echando. Pero poder seguir vivo, estar despierto, es difícil. En esa lucha estoy. Me da igual, me haré vieja, pero quiero seguir siendo joven, sugerente, estimulante… Sé que acabamos todos en el hoyo… (risas) Yo soy fuerte, ¿eh?