El último vals

Nadie me conoce

No me conoce nadie. Me refiero a los comensales que atestan el gran salón comedor. La jefa y los camareros no cuentan. Ellos están aquí para ganarse el pan, como yo. Pero antes de hablaros del nulo interés que mi música está despertando entre quienes deberían estar deleitándose con ella, pongámonos en situación.

Nos encontramos en un pueblecito de montaña, a escasos quilómetros de la frontera con Francia. El lugar es pintoresco, pero está casi muerto. Con la decadencia del contrabando y la ganadería, los jóvenes se largaron a perseguir otros sueños más cosmopolitas, como, por ejemplo, llegar a ser funcionarios o repartidores a domicilio. Apenas quedarán una decena de residentes, todos viejos y duros de oído. Aparte del restaurante, no hay ningún otro negocio abierto.

El restaurante ocupa la planta baja de un caserón. Paredes de piedra, contraventanas de madera, tejado de pizarra y flores, muchas flores, de colores blancos y violetas (creo que son petunias). Se accede por el bar. Detrás del bar está la cocina. A la derecha, el comedor. En general se come bien. Cocina típica catalana (el plato estrella es l’escudella barrejada) con una buena relación calidad precio, como puede deducirse por los dos o tres autobuses que cada mediodía vierten sus hordas de turistas jubilados, en su mayoría franceses. Se pegan un atracón, se hacen una foto de grupo frente a la iglesia románica o en el mirador que ofrece una panorámica del valle y, después, regresan a sus autobuses, donde echarán una cabezadita de camino a la siguiente parada del viaje organizado (el museo Dalí de Figueres, la feria medieval de Besalú, el call jueu de Girona…). Dudo que ninguno de ellos se haya tomado la molestia de fijarse en el cartelito que hoy había junto a la entrada: “13h, LIVE MUSIC, Jordi Pirineus i el seu acordió”.

Ese soy yo. Aunque, en realidad, no me llamo así. Jordi Pirineus es mi nombre artístico. Y hoy, como casi siempre, el artista ha llegado tarde y con el estómago revuelto después del sinfín de curvas de una carreterita que se las trae. Apenas he abierto la puerta, la jefa me ha mandado tres mensajes telegráficos desde detrás de la barra.

⎯¡Llegas tarde! ⎯me ha pillado.

⎯ ¡Aquí tienes tu carajillo! —me pregunto cuándo lo habrá preparado. 

⎯ ¡Entras en un minuto! ⎯voy a tener que chamuscarme la lengua.

La respuesta a los tres mensajes sería: lo siento, gracias y ya voy, respectivamente. Pero sería gastar saliva en vano. En lo que yo tardaría en decírselo, ella ya ha tenido tiempo de entrar y salir por las puertas batientes de la cocina cargando un par de bandejas llenas de ensaladas, que reparte entre los clientes, con los que bromea mezclando distintos idiomas como si hablara en esperanto. Cuando regresa, yo todavía estoy soplando mi carajillo.

⎯¡Espabila, Jordi!

Su voz hace un trino en Re séptima, el taladro favorito de muchos guitarristas de música pop (alguien debería recordarles que hay vida más allá de la tonalidad en Sol mayor). Me abstengo de comentárselo. Básicamente, porque ha sido otro visto y no visto. Reaparece al cabo de cinco segundos empujando un carrito con una fuente enorme por la que asoma un cucharón. Verla currar es agotador. Es una máquina. No quiero ni imaginarme cómo debe ser follando. Bueno, sí que quiero. De hecho, llevo deseándolo desde hace un año, cuando estuve a punto de descubrirlo por mí mismo…

*****

El año pasado una pareja celebró su banquete nupcial en el restaurante. La novia era una chiflada de la película Amélie (sin comentarios) y quería a un acordeonista interpretando la banda sonora (Yann Tiersen, otro taladro; en este caso, de los arpegios). El encargo me llegó a través de un colega. Al final de la fiesta, la jefa me propuso venir a tocar aquí de forma regular. Sellamos el acuerdo tomando unas copas. La jefa no suele sentarse a beber, pero cuando lo hace no se levanta hasta que ha dormido la mona. Acabamos los dos solos, rodeados de botellas vacías, mirándonos fijamente en silencio. Visto en perspectiva, aquel habría sido el momento oportuno para saltarle a la yugular. En lugar de eso, me dio por soltarle un rollo insufrible acerca de mi último divorcio. La siguiente vez que nos vimos, ella ya se había liado con Omar, un camarero calvo, peludo y muy callado (¡qué listo, el cabrón!) al que, obviamente, tengo una manía absolutamente inmerecida y que, como casi todas las manías, dice mucho más de mí que de él.

*****

En fin, ya va siendo hora de volver al presente. Ahora mismo estoy sentado en mi taburete, en un rincón del comedor. Sobre mis rodillas descansa mi viejo acordeón de teclas Dino Baffetti. Frente al acordeón, un micro conectado a un vetusto sistema de altavoces, unos Gunter-Katz, made in Germany, con las cajas de madera y las alfombrillas de un color indeterminado entre el gris y el verde, que cuelgan de las cuatro esquinas del techo.

El aire está sobresaturado de estímulos. Por un lado, huele a sopa, carne a la brasa y allioli. Por el otro, mi interpretación de Fiasco, de Gus Viseur, está rivalizando con el ruido de los cubiertos arañando los platos, los vasos entrechocando, los camareros taloneando y, por encima de todo, los comensales hablándose a gritos. Hay una gorda en particular que cada vez que se ríe hace un Do de pecho. Su última carcajada ha sido tan estridente que me ha hecho cometer un error. Salvo la situación improvisando una transición armónica (el enemigo mortal del músico profesional no son los errores, sino el silencio delator que los sigue). ¡Ahí te dé un infarto, zorra!, pienso mientras me pongo a tocar ¿Qué será, será? ¿Tal vez un ataque al corazón o mejor un derrame cerebral? Pero la gorda es dura de pelar. En lugar de caerse fulminada sobre su muslo de pollo, sigue parloteando con esa voz tan chillona que parece que se haya tragado un silbato.

Como os decía al principio, no me conoce nadie. Para cualquier artista, por más humilde que sea, esto es duro. Sin embargo, es mucho más duro constatar en vivo y en directo que tu trabajo no le importa un carajo a nadie. En la soledad de tu habitación puedes construir castillos en el aire. Te dices que tu fracaso se debe a que no llegas a los demás, porque si lo hicieras, fliparían en colores. Pero cuando la cruda realidad te escupe a la cara justo lo contrario, entonces se acaban las excusas y afloran las inseguridades. ¿Acaso el problema seré yo?, te pregunta tu voz interior. ¿O se trata del instrumento (en mi caso, el acordeón), que no está de moda? De hecho, yo ni siquiera quería tocar el acordeón. Yo quería tocar el piano. Pero mi padre me dijo que nanay, que los pianos son muy caros y ocupan mucho espacio. Jamás olvidaré lo que me dijo cuando se presentó en casa con un acordeón tan pequeñito que parecía de juguete: “¡También tiene teclas!”. ¡¿También tiene teclas…?! ¡Tócate los huevos! Pues ya ves, papá. Aquí sigo, más de treinta años después, todavía aporreándolas, y eso que ya nadie me impide comprarme un piano. Pero supongo que soy como un árbol que ha crecido torcido. Ahora ya no puedo enderezarme.

Para seros sincero, el acordeón es un instrumento de puta madre y yo soy un acordeonista muy bueno. No digo que sea un genio. Eso ya son palabras mayores. Simplemente digo que mi talento es equiparable al de muchas estrellas que llenan estadios. Pero, ya se sabe, en el mundillo cultural no hay término medio. O eres la pera limonera o una mierda pinchada en un palo. Y ser considerado de una u otra forma depende casi siempre de algo tan circunstancial como que un líder de masas te señale con el dedo.

A veces hasta desearía ser malo de narices para que me abuchearan y lanzaran tomates. Cualquier cosa antes que perder otra hora de mi vida frente a un público indiferente. Pero hoy no hay nada que hacer. En cierto modo, es como si nos hubiéramos intercambiado los papeles. Los comensales se han adueñado del escenario y yo soy el único espectador de su bacanal. Verlos engullir es tan fascinante como ver un documental de animales. Las mandíbulas se abren y se cierran. Por las comisuras de los labios chorrean hilillos de salsa. Se escapan algunos escupitajos y pedacitos de carne. Es todo tan sucio, tan asqueroso, tan brutal… ¿Cómo podría triunfar mi arte en medio de semejante barbarie?

Estoy tan desesperado que incluso me planteo tocar alguna cancioncilla de Coldplay (no se lo digáis a nadie). Pero entonces sucede el milagro. Mis ojos se cruzan con los de un tío que está sentado junto a su mujer y un par de críos. Aparto la mirada. Puede que haya sido por azar. Pero no, no, el tío sigue ahí, prestándome toda su atención. Inmediatamente, me vengo arriba. Ver a un alma sensible vibrando en sintonía con mi música, es mi razón de ser. ¡Toca arremangarse, deditos! ¡Ya está bien de tocar con el piloto automático! ¡Que corra la electricidad! ¡Que sepa todo el mundo de lo que sois capaces!

Cierro los ojos y me vuelco sobre el acordeón hasta fundirme con él. No se trata solamente de chulear al personal con un ejercicio de virtuosismo. Hay que abrirse en canal. Colorear la melodía hasta llenarla de matices. Un robot puede ejecutar una partitura a la perfección, pero la buena música trasciende lo que dice la partitura. Más allá de las notas, los ritmos, los fortes y los pianos, hay un espacio litúrgico donde el músico y su público pueden establecer una unión espiritual. Las demás disciplinas artísticas no se acercan ni de lejos a este grado de comunión. Una pintura puede fascinarte por su belleza, su técnica o las ideas que expone, pero es un mensaje unidireccional que, además, apela a tu cerebro. La buena música, en cambio, te llega al alma y hace que esta se ponga a bailar.

Acabo mi interpretación con un glissando sencillamente apoteósico. Oigo un aplauso más bien tímido. Abro los ojos. Se trata de mi oyente, quién si no. Enseguida se suman otros comensales. Seguramente no tienen ni puta idea de qué es lo que están aplaudiendo, pero así funciona la doctrina del rebaño: cuando aplaude uno, aplauden todos. Acoto la cabeza en señal de agradecimiento, especialmente hacia mi oyente. Pero mi simpatía se termina al verlo venir directo hacia mí. Me pongo en tensión. La línea que separa a un fan de un pesado es más delgada que las patitas de una pulga.

⎯Felicidades ⎯ ¡Oh, sorpresa! Hay autóctonos en la sala ⎯ ¿Puedo pedirte un favor? ⎯Ahora me pedirá una canción como si fuera una maldita jukebox… ⎯ ¿Podrías tocar un pelín más bajo? Con tanto ruido casi no puedo hablar con mi mujer, y los niños se ponen nerviosos…

⎯¡¿Qué?! ¡Ah, sí…! Claro, claro, perdona… ⎯contesto apocado, girando la ruedecilla del volumen hasta rozar el cero.

¡Menudo bajón! ¡Subirme tan arriba solamente para despeñarme desde la cima de mi ego! El tío regresa a su mesa con el paso firme del matón que ha aplastado un insecto. Su mujer lo recibe poniendo los ojos en blanco, como diciéndole: ¡por fin nos libraremos del puto acordeón! Un gesto nimio, lo sé. Pero basta con una gota para colmar un vaso lleno… ¡A tomar por culo!, me digo indignado. ¡¿No queréis oírme?! ¡Pues os vais a hartar! Giro todas las ruedecillas al máximo: volumen, bajos, distorsión, reverb… Y sin pensármelo dos veces, aporreo un acorde con todas mis fuerzas.

Hasta yo pego un bote del susto. Imaginaos los demás, que les ha pillado desprevenidos… Los altavoces del restaurante serán vetustos, pero siguen siendo unos Gunter-Katz, made in Germany, y los alemanes son gente seria. Por algo son la primera potencia europea a pesar de haber perdido dos guerras mundiales. El caso es que he hecho detonar una jodida bomba acústica que deja en pañales a las siete trompetas del apocalipsis. Dentro del caos reinante, lo más gordo ha sido que Omar, precisamente el discreto Omar, ha derramado una fuente llena de la famosa escudella barrejada sobre una vieja que se ha caído de espaldas, arrastrando el mantel, y con él, un montón de vasos y platos, que se han hecho añicos. Pero lo más sobrecogedor de todo no ha sido ni el estruendo que ha salido de los altavoces ni el follón que ha provocado, sino el silencio sepulcral que, a continuación, ha caído como una losa. Todos me están mirando, incluso la vieja con las patas en alto. Ojalá volvieran a ignorarme… La jefa entra en el comedor hecha una furia. No hace falta que me despida. Sin mediar palabra, recojo mis cosas y me largo.

Estoy tan cabreado que tiro el acordeón dentro de un contenedor de basura. ¡A la mierda la música! ¡Me haré taxista, barrendero o lo que surja! Me subo al coche y salgo disparado haciendo rugir el motor. Al llegar a la salida del pueblo, pego un frenazo. Los neumáticos patinan sobre el asfalto. El morro se lleva una caricia del quitamiedos, pero me la sopla. Doy marcha atrás hasta el contenedor. Como un indigente, me inclino dentro para rescatar mi queridísimo acordeón, que dejo en el asiento del copiloto. Ahora sí, emprendo la cuesta abajo, respetando los límites de velocidad, por la carreterita llena de curvas.

Aquí ya no volveréis a oírme, pero este no será mi final. El único que podría acallarme soy yo mismo, y de momento todavía me queda cuerda para rato. Así que, simplemente, me voy con mi música otra parte. ¿Adónde? Ya se verá…


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