Carne de mujer

Mercado Central

 

Sin previo aviso, comencé a sufrir un calvario en mis entrañas. Me dolían los ovarios, mis menstruaciones perdieron regularidad y se oscurecieron. Mi médico hizo lo corriente en estos casos: desviarme al ginecólogo.

Se lo estaba contando a mi gurú Angelines mientras tomábamos unas cañas junto al Mercado Central, después de una sesión de yoga en su estudio de la plaza del doctor Collado. Era un precioso día de primavera. Los jóvenes del barrio bailaban swing en la plaza. Mi amiga se había quitado la chaqueta y sus brazos desnudos lucían al sol, prietos y sedosos.

—Sin duda conoces, a través de los libros de Alejandro Jodorowsky —proseguí—, las curaciones de la sanadora Pachita, que te sacaba el hígado y te lo volvía a poner en su sitio, a la luz de unas velas, mientras te retorcías de dolor en una camilla…

—¡Pero eso es puro ilusionismo de curandera! —protestó mi gurú con un bigotillo de espuma en el labio superior.

—Yo sé que hay algo misterioso en la carne femenina. Te lo digo aunque te dé miedo y no estés de acuerdo, porque tú todo te lo tomas al pie de la letra. Bueno, lo que quiero que comprendas, hija mía —proseguí tras acariciarle el antebrazo calentado por el sol— es que los médicos saben hacer lo mismo que Pachita, pero trabajan en quirófanos impolutos y bien iluminados, con anestesia y otras cosas que no son solo parafernalia, como tampoco lo eran, en el caso de la gran chamana, el cuchillo, las velas y el olor a fenol. Cada maestrillo tiene su librillo, y cada oficio su artificio. Pero en ambos casos hay misterios, siempre hay misterios, rendijas por donde asoma el monstruo que habita en nuestro cuerpo.

»El ginecólogo al que me envió el internista, resultó ser ginecóloga, pues tuve la suerte de caer en manos de la doctora Nedjwa Raschid, iraní de alta cuna, tan persa como los aqueménidas. La doctora Raschid había sido activista y huyó de su país muy joven, por incompatibilidad de caracteres con el Ayatolá Jomeini. Aquí estudió y se colocó gracias a las relaciones de su familia. Era muy buena persona, terca como una mula y obstinada luchadora en cualquier causa que lo requiriese. Había colgado los velos, pero no prescindía de un toque de kohl en borde interno del párpado inferior, lo que daba a sus ojos un embrujo peculiar. A esta maravilla de la naturaleza y la cultura me envió mi internista con el embeleco de mis males «femeninos».

»—No se preocupe usted, señora López, pienso que debe de ser un quiste de lo más benigno, aunque parece muy grande —dijo tras hacerme una ecografía.

»—¿Cómo de grande? ¿No dice que es benigno? —tartamudeé.

»—¿Quiere verlo? —preguntó señalando la pantalla del escáner que tenía frente a sí.

»—¡No, no, no! ¡No, gracias! —dije, asustada.

»—Debemos asegurarnos. Incuso siendo benigno, no es bueno que esté ahí. Puede desgarrarse y acabar en peritonitis. Lo mejor será extraerlo cuanto antes y mandarlo a analizar a anatomía patológica, por si fuera, que no lo creo, un tumor… Un carcinoma. Pero, sobre todo, no se preocupe.

»¡Ay Dios! ¡Encima no tenía que preocuparme, Angelines de mi alma! Yo notaba que me iba enfriando, helando, congelando, mientras la bella médica persa rellenaba y firmaba peticiones de pruebas con los ojos bajos bordeados de espesas pestañas negras como carcinomas.

—¿Cómo qué? —preguntó o más bien protestó mi amiga, acariciando las lágrimas de su vaso.

—Déjalo, son cosas mías. La doctora me informó de que librarse de aquello parecía complicado, pero no lo era. «Se asombraría usted del número de mujeres que pasan por esto —dijo—, incluida yo misma. Verá: la ingresaremos, le haremos una laparotomía, extraeremos el quiste, lo analizaremos para salir de dudas, y ya sabremos qué hacer o no hacer».

»—¿Qué es una lamparotomía? —pregunté con un hilo de voz, imaginando por un momento que me introducían en el cuerpo una lámpara de cristales de Bohemia.

»—La-pa-ro-to-mí-a —corrigió la doctora Rashid separando las sílabas—. Tendremos que abrir el abdomen. Es una operación sencilla y de pronta recuperación, menos invasiva que una cesárea. Y no sentirá nada, porque se practica con anestesia general.

»¡Estupendo! ¡Sencillito y limpio! —pensé, espantada—. Una nueva experiencia, estar muerta unas horas tranquilamente con seguro de resurrección. Podía aprovechar para quitarme de encima el estrés que me iba a provocar compaginar todo aquello con el trabajo.

»—Pero hay otros métodos —protesté—. He oído que…

»—En este caso, no —me interrumpió—. Tendremos que usar el tradicional, dado el posible tamaño de la lesión y su delicada situación en los ovarios.

»Aquellos días estuve muy ocupada con las extracciones, las ecografías, los dopplers y demás, sin dejar de cumplir las obligaciones del trabajo, porque no iba a pedir la baja por semejantes chorradas. Me encontraba bien y dormía sin pesadillas ni sueños. Solo que al despertar, el Diplodocus seguía allí; pero ¡ah! yo tenía hora en cualquier consulta o laboratorio antes de clase, y no podía quedarme en la cama dándole vueltas a la laparotomía.

»Al fin me abrieron el vientre como una sandía, en vertical, y me sacaron lo malo, como simulaba hacer Pachita con sus clientes. Pero ella solo fingía, sin invadir el cuerpo del sujeto. Todo era teatro, mientras que la competente cirujana persa, que se encargó personalmente de aquella operación, cortó entraña, arrancó y cosió piel y carne. Puso por dentro muchos puntos de sutura reabsorbibles, con sus propias manos, según me contó, e hizo que las enfermeras me cosieran por fuera.

»Resultó que el puñetero quiste «de lo más benigno», tenía el tamaño de un melón pequeño y se llamaba «mola hidatiforme». Había en su interior ojos, dientecitos y pelo. Porque aquella bola estaba viva. En realidad era un embarazo ectópico, informe, de tejido indiferenciado, una aparatosa pelota de células, dicho vulgarmente. No tenía nada que ver con un carcinoma. No me dejaron verla.

»—Nunca me había enfrentado con nada parecido —dijo la doctora—, aunque he retirado muchas molas, siempre más pequeñas y algunas peligrosas, ¡pero con dientes…! Usted no se preocupe, ya ha pasado todo. En Patología me han pedido que les transmita su solicitud de conservarla para su estudio.

»—¿Cómo? ¿Todavía la tienen? —protesté—. No quiero que se conserve eso. ¡Qué horror! ¿Y está vivo?

»—Ahora no, mujer. Piénselo. Sería en bien de la ciencia y del progreso, como la donación a la ciencia de un órgano.

»—¡Que no!

»—Muy bien, se hará como usted quiera. No somos investigadores nazis —dijo un tanto secamente, estirándose la bata a la altura de las impresionantes caderas— ¿Puedo consultarlo con su marido, de todas formas?

»—Las mujeres —la interrumpí— no necesitamos consultar nada con nuestros maridos sobre nuestro cuerpo, doctora. Lo sabe usted perfectamente.

»Yo estaba asqueada e iracunda por haber albergado semejante monstruosidad en mis entrañas. Me imaginé a Lucky Manuelo, mi gatazo, devorando aquella bola de células y relamiéndose. Eso me calmó. El vientre de las mujeres —murmuré— es un tremendo misterio. Como el de María Santísima.

Mi amiga suspiró profundamente y susurró: «no siempre entiendo tu humor, Mariposa».


Comparte este artículo