Se llamaba Jesús y era de buena familia, aunque había fracasado profesionalmente por ciertos negocios sucios que regentó en una ciudad marítima.
Yo, por aquel entonces, trabajaba como una loca en una herboristería de barrio céntrico, lo suficientemente pequeña como para entablar cierta cercanía con los clientes y respirar su perfume. El de Jesús siempre era «Cacharel», uno de mis preferidos, ya que también mi primer novio lo utilizó y eso deja una huella imborrable en la memoria olfativa.
A veces, a la hora del cierre, se paseaba por la acera de enfrente para forzar la coincidencia. Disimulando. Hablando por un móvil enorme de los primeros que sacaron al mercado, y ayudándome a bajar la trapa del negocio, ya que mi jefe jamás se dignó a aparecer por allí ni para hacer caja.
Me invitaba, algunas tardes, a tomar algo en un bar de moda en el que a esa misma hora coincidían todos los comerciantes de la zona para comentar lo flojo que estaba el ambiente de consumo; las insoportables pérdidas, la subida de los alquileres, e intentar olvidar que la precariedad nos rondaba a todos, en mayor o menor medida, como un buitre al acecho.
Jesús se mostraba gracioso, bromista, y sentimental herido de muerte.
Yo, al principio, me dejaba halagar lo justo para no parecer antipática ni perder un buen cliente pero sin darle esperanza alguna ya que, aunque en esa etapa no salía con nadie, algo indefinido, una sensación extraña quizás, me retenía lo interno del instinto consiguiendo que echase el freno directa e hipotéticamente con los pies.
En una ocasión hasta viajamos juntos con motivo de una feria. Recuerdo que se ofreció a llevarnos en su coche elegante y azul a una amiga del gremio herbáceo y a mí. Nos invitó a comer en un buen restaurante y a cenar en una churrasquería de carretera, aunque no le dejamos pagar la cuenta completa por decoro y honor: tal era su empeño en mostrar su poder adquisitivo que ofendía.
Al regreso de esta incursión, más gastronómica que profesional, mi amiga se despidió con un «hasta mañana» dejándome con él en el interior del vehículo a las doce y media de la noche frente al bar de moda, que cerraba muy tarde.
Jesús quiso invitarme a un último café, copa, o yo que sé… para lucirse delante de los dueños en un afán de mostrar así, que nuestros horarios iban más allá de lo estrictamente convencional, y que nuestra supuesta amistad iba adquiriendo un tinte más comprometido.
Me excusé como pude diciendo que madrugaba al día siguiente, que me encontraba agotada del viaje y de la intensidad de la jornada. Me miró muy serio y dijo solamente tres palabras que recordaré toda mi vida: «baja del coche».
Me fui a casa con el sentimiento de una niña a la que se condena y reprende por realizar la mayor de las trastadas, consiguiendo que me sintiese culpable de no satisfacer sus expectativas respecto a mí. A partir de ese momento, se dedicó a ignorarme y darme supuestamente «celos» regalando ramos de flores a otras dependientas de negocios cercanos. Continuó como un niño rabioso, paseando por esa zona, haciéndose el encontradizo para saludarme muy tieso mostrando una dignidad impostada. Yo sonreía educadamente aguantando el tirón, sin jamás desvelar a nadie los secretos argumentos de mi rechazo por su monumental persona: siempre me recordó a la mejor amiga de mamá, una mujer obesa y sonrosada que cada vez que me miraba se le redondeaban los ojitos, manteniendo una hinchazón prominente en las cuencas, como esos pececillos rojos con la piel casi transparente que parecen pedir auxilio detrás del cristal de una pecera.