Piedra, papel o tijera

Trampantojos



El castillo tendría que haber sido para mí. Tras sus gruesos muros de piedra habíamos vivido nuestro amor durante tantos años felices. Pero al intenso dolor por la muerte de mi marido se le unió la repentina aparición de su hijo, un niñato pijo que no se había tomado la molestia de venir a visitar a su padre desde el día de nuestra boda, que esgrimía en la mano un papel y que, con voz de rata, chillaba: «¡Aquí pone que soy el único heredero!». «Me parece muy bien», le repliqué, «pero eso lo tendrá que certificar un notario». Así lo acordamos. Todavía recuerdo su cara de pasmo cuando el buen hombre sacó de un cajón unas tijeras relucientes y cortó en pedacitos su miserable papelucho ante sus propias narices.

Siento mucho haber tenido que hundirle el cráneo a mi querido notario con su elegante pisapapeles de granito. Luego recuperé la maleta con el dinero: no por avaricia, sino por no dejar ningún cabo suelto.

Imagen Javier Mayoral