La sofocante decoración inicia la lista de agravios

¡No te fastidia...!

 

En tiempo de inmersión y ahogo en las entrañables fiestas, debe cansar también la retahíla de quejas sobre el famoso —hasta en la sopa— espíritu navideño, por lo que hay que ir con sumo cuidado hasta en los exabruptos, no vayas a fastidiar en demasía. A la que te descuidas parecen llevar ellos también incorporado el almíbar ese pegajoso, tan asociado a la estación. Y el almíbar en exceso no sólo es malo, sino que hasta alcanza el nivel de lo perverso. (Aquí debía venir una explicación etimológica que reforzara la frase acentuando la diferencia de sentido —o al menos graduación— entre los dos calificativos, pero por una vez en que he acudido al Corominas, el viaje ha sido en balde: el adjetivo pernicioso/a ni siquiera aparece mencionado).

Me explayaré, pues, para no fatigar, solo en contra de una única cosa navideña, si bien ha de quedar claro que podría extender la lista de agravios un montón.

Aunque ya a estas alturas es como clamar en el desierto, el objeto de mis iras es la decoración que me inflige en casa, llegadas estas fechas, mi familia. Empezó mi mujer (“para las niñas, que les gusta”) colocando un belén en un momento de notoria debilidad —o vete a saber si viaje de trabajo— mío. Luego cada año, vía mercadillo de Santa Llúcia, caía una pequeña pieza accesoria. Debo decir que con el tiempo la cosa se volvió casi inocua y hasta yo participé en la amalgama de la colección comprando algún raro ejemplar por ciudades exóticas. Reconozco que inicialmente con cierto interés irónico-blasfemo aporté alguna que otra pieza que o bien extremaba la iconografía (un malvado diablo) o buceaba por otras latitudes (un cura “chovendo” gallego, un miembro de una banda musical, un cocodrilo,…) para evidenciar lo anacrónico o, directamente, la anarquía del conjunto, con lo que ahora el belén resultante es de lo que menos me agobia del conjunto decorativo temporal.

Pero la cosa, desgraciadamente, no acaba aquí. En justa correspondencia con mis dejadeces educativo-familiares, mis hijas —sobre todo una de ellas— disfrutan de lo lindo con todo lo navideño —reuniones familiares excluidas— y se han volcado siempre en la tarea de decorar la casa para la ocasión. Es más: yo pensaba que eso se acabaría cuando abandonaran —como han hecho ya hace un tiempo— el nido familiar, pero resulta que ni hablar: la más recalcitrante, aunque apenas pone los pies por casa, se persona, cuando las fatídicas fechas se acercan, a montar con su hermana el belén, pero también, y además, a decorar la parte exterior de la puerta del piso (¡que se enteren los vecinos!), colgar estrellas y demás artilugios de umbrales y techos para recordar a fuerza de coscorrones de qué temporada se trata y llenar las ya habitualmente excesivamente saturadas superficies horizontales de la casa con un venga aquí ese reno, pon acá este arbolito, acullá esa tremebunda decoración.

A veces me pregunto qué traumas de falta de amor paterno-filial se habrán dibujado por su cabeza para infligirme periódicamente este ahogo a mí, que apenas si respiro, me ahogo irremisiblemente, entre ese tipo de decoración. Más si, como últimamente, saliendo de casa para respirar aire fresco, te encuentras por las calles con más belenes, decoraciones y bandas sonoras de esta o de otra clase.