La Navidad de los vampiros

Lengua de lagartija

 

Si bien las historias modernas sobre vampiros tienen su inicio en el año 1819 con la novela The Vampyre, del médico John William Polidori (por un tiempo atribuida al patrono de este: Lord Byron), escrita durante el célebre verano sin sol de 1816, y posteriormente con la ficción de Sheridan Le Fanu, titulada Carmilla, logrando el apogeo literario en 1897 gracias a esa obra maestra de Bram Stoker, titulada Drácula, que entronizó en el cine “B” al gran Christopher Lee (medía 1,96 metros); las leyendas y testimonios sobre individuos no-muertos datan de tiempos más remotos.

Pero sorteemos las obras sobre el tema de Goethe y Coleridge; pasemos por el costado del Libro de los Prodigios, del griego Flegón de Trales, y trasladémonos a los principios de la humanidad, entonces podremos aventurar que desde la aparición del homo sapiens hubo vampiros entre los de nuestra especie. Los hubo entre los primeros humanos que salieron de África para poblar Eurasia; los hubo entre los cavernícolas alpinos, los hubo en el antiguo Egipto, En Sumeria y Ur de los Caldeos, en los inicios de la civilización china y en la India brahmánica.

Ahora bien, cuando se menciona a los vampiros casi todos piensan en seres malvados, en engendros demoníacos, pero esta generalización es falsa: al igual que entre los humanos vivos corrientes y molientes, entre los vampiros hay de todo. Como sentencia el dicho popular, tan mentado entre las ancianas de muchos poblados andaluces: “hay gente pa’ todo”. Igualmente, podría decirse que hay vampiros pa’ todo, ya que estos perpetúan la personalidad que ostentaban en vida. Así pues, decíamos que hay vampiros pa’ todo: los hay astutos y los hay tontorrones; los hay perversos y los hay bondadosos. Uno de estos últimos se coló entre las alforjas del mago Gaspar cuando este, en compañía de sus colegas Melchor y Baltasar, viajó hacia Belén para asistir al nacimiento del niño Jesús. Se trataba de un vampiro muy antiguo, que adquirió dicha condición en Biblos —Fenicia— unos 2.800 años antes de aquella fecha. Hamylkart era su nombre y vivió 36 años antes de adquirir la condición de no-muerto en virtud de un mordisco perpetrado por un vampiro desconocido, ya que este hincó los dientes en el cuello de Hamylkart cuando el buen hombre dormía, en la medianoche del Mediterráneo oriental.

El caso es que poco antes de llegar a Belén el buen vampiro Hamylkart saltó de la alforja cargada de mirra que portaba el camello de Gaspar, entonces desplegó sus negras alas y voló los quinientos metros que distaban del pesebre en el que se encontraba la Familia Sagrada. Allí se posó en el hueco existente entre un tirante y el techo de adobe y permaneció un buen rato contemplando con gran embeleso el rostro luminoso del Niño Dios, quien al verlo acertó a guiñarle un ojo.

Desde aquella ocasión el vampiro Hamylkart veló muchas noches, en forma humana o de murciélago, el sueño del Mesías, lo siguió en sus pasos por el desierto, enterrándose en la arena durante el día y emergiendo en las noches para custodiar la silenciosa soledad de su Maestro. Cuando Satanás probó de tentar a Jesús, Hamylkart espiaba nervioso desde la sombra y lloró sangre el día de la crucifixión, aun sabiendo que su amado Maestro resucitaría al tercer día.

Transcurrieron muchos siglos desde entonces. En 1608 el religioso catalán Jaume Salvadó Serra, destinado por la Iglesia a la región del Caribe en misión evangelizadora, radicado en la selva de lo que hoy es la República de Colombia, fue mordido en el cuello por un indio tupí-guaraní. Don Jaume Salvadó Serra pasó a la vampiridad antes de 48 horas.

Una vez arribado a Vampires Homeland el sacerdote conoció a Hamylkart y al saber que este había estado presente durante el nacimiento y la crucifixión de Jesús le preguntó muy compungido:

—I ara què faré jo, noi, en aquest país de morts vivents?

—Es fácil, padre, continúe evangelizando —le respondió Hamylkart en arameo.

—Tu no parles català?

—Aquí todo el mundo habla en los idiomas que aprendió en vida, padre.

—Bien, me resignaré al idioma de los paganos, pero, ¿cómo puede ser que no hayas aprendido catalán en tu vida anterior? ¡Qué incultura! Pero, te pregunto: ¿quieres decir que he de evangelizar vampiros?

—Ni más ni menos, padre.

—¿Y también los podré catalanizar?

—Eso va en gustos, padre.

—Es que la Santa Madre Iglesia me envió a estas tierras para cristianizar indios, no vampiros.

—Todos los seres, vivientes y no vivientes, como así también los medio vivientes, han de tener la oportunidad de vislumbrar la Gloria del Señor, padre.

En ese momento se les acercó una vampira llamada Gloria y le dijo a Hamylkart:

—Señor, es la hora de comer. Tengo en vista unos cuantos enfermos terminales listos para ser mordidos.

—Gracias, Gloria. Ya voy, me acompañará este vampiro nuevo que acaba de llegar.

Desde aquella fecha, y hasta el día de hoy, el fenicio Hamylkart y el cura catalán Jaume Salvadó Serra, se dedicaron a convertir vampiros a la fe de Jesucristo. En las Navidades lo celebran en Vampires Homeland; comen turrones y brindan con sangre de las marcas Codorníu, Freixenet y otras.


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