La muerte de Psique

Amores brujos

 

En una ocasión, con gran disgusto de su ama Venus, Eros hizo como que crecía y jugó a ser un joven. Se encaprichó de una mortal llamada Psique que ni siquiera era muy agraciada, en realidad una chica del montón, y sin pedir parecer a nadie ni informar a la muchacha sobre su naturaleza divina, se puso a vivir con ella como cualquier pareja. Alquilaron un apartamento en una ínsula para ricos del barrio elegante de Alejandría, por el buen clima y porque él era aficionado a la estética grecoegipcia. A ella la estética en general se la traía al pairo siempre que hubiera para vestidos y alguna que otra joya.

Anteros, muy contento de que su hermano sentara la cabeza, aunque fuera con una mortal tan sosa, les ayudó de buena gana a amueblar el piso. Ganimedes les regaló una vajilla de cerámica italiota para diez personas. Harpócrates instaló una estatua de mármol en el hueco de la escalera, que lo representaba a él mismo, con el dedo sobre los labios para resguardar la tranquilidad de sus amigos en aquel barrio portuario, más bien ruidoso, aunque residencial. Alejandría es ruidosa día y noche, qué le vamos a hacer, casi tanto como Roma, a la que se oye a lo lejos antes de verla.

La casona tenía un gran jardín comunitario con piscinas de agua fría y caliente para todos los vecinos, que no eran más que cuatro familias, mantenido por un esclavo viejo y su hija. El apartamento de Eros y Psique era cuidado por cinco esclavos y esclavas, la flor y nata de su clase, bellos, cultivados y serviciales sin ser sumisos, que lo mantenían como una tacita de plata. Allí todo era íntimo y perfumado, como convenía a la residencia terrenal de una divinidad de incógnito.

Un solo rasgo siniestro inquietaba a la muchacha. El rostro de su amado siempre permanecía en sombras, fuera cual fuera la iluminación, o bien borroso, o se alejaba o se volvía cuando ella le miraba, de modo que nunca había podido verle la cara en un buen primer plano fijo, la cuitada, y, aunque lo presentía bellísimo, no lo hubiera podido jurar ante el pretor. El caso era extraño, pero dada la bondad del joven y lo bien que se portaba con ella, decidió no dar importancia a aquel asunto.

Un día dijo a su pareja:

—Mis hermanas quieren visitarme, marido. Tienes que comprenderlo. Me fui tan abruptamente de mi hogar que me echan de menos, y no te ocultaré que además desean fisgonear dónde vivo, cómo y con quién. Sobre todo esto último.

—Ninguna gana tengo de que tu familia se entrometa en nuestra vida, corazón mío —replicó Eros entre las sombras—. Dales largas. Las explicaciones, por escrito.

—No puedo —replicó Psique—. Vienen de camino y están arribando al puerto en el Afrodita Pandemos. Habría que salir a recibirlas.

—Manda a alguien. Melanión puede ir. No voy a necesitarle.

—Pero, hombre, ¿cómo va a recibir a mis hermanas un esclavo y encima más negro que el betún? Deberíamos ir nosotros con el coche.

—Arreglátelas, hija. Yo salgo para un viaje de trabajo ahora mismo. Precisamente me está haciendo la maleta Melanión.

—Oh, dioses, eres un culo de mal asiento. ¿Y ahora a dónde se supone que vas?

—A la Franja de Gaza.

—¡Cómo erraron los que te pusieron Eros, como el dios del amor! Me dejas abandonada en el momento en que mi familia viene a conocerte. Te lo suplico, no te vayas. No temas nada. Seguro que les caes fenomenal.

Pero no hubo manera, ni aun mediando Anteros, que temía por aquel matrimonio tan desigual. Eros puso pies en polvorosa con su maleta llena de recortes de periódico fingiendo mil documentos, su secretario Escorpio y sus rápidos corceles. Ella se hizo llevar al puerto con la carroza por Melanión y recibió a sus familiares excusando a su marido como pudo. Éstas, que eran tremendamente cotillas, torcieron el gesto, deplorando haber llegado en mal momento, siendo así que lo que más deseaban era conocerle —para chafardear—. Una de ellas, la mayor, esbozó una opción poco tranquilizadora:

—Le esperaremos hasta su regreso, y así te ayudaremos en la casa y no te sentirás tan sola.

Psique quería mucho a sus hermanas, pero empezaba a compartir el punto de vista de su marido.

La casa no les gustó. Esperaban una domus enorme con atrio, peristilo, jardines propios, muchas fuentes y amueblada a la manera romana. Una ínsula les resultaba indigna de gente acomodada. Los esclavos les parecieron demasiado bellos, altivos y bien vestidos. Les escandalizó que no hubiera un solo espejo ni un solo retrato. El hecho de que tuvieran un guepardo como animal de compañía no contribuyó a mejorar su aprecio de aquel hogar, del que lo ignoraban todo, pero del que nada les agradaba.

—Pero tú, ¿con quién te has casado, chiquilla? ¿Cómo es tu marido, blanco o negro, rubio o rojo? ¿De qué color son sus ojos? ¿En qué trabaja o de qué propiedades goza? ¿Y esto de venir a Egipto, habiendo sitios estupendos en Italia y Grecia? ¿Tenéis hijos? Los iréis a tener, ¿no?

Lo peor de todo no era que le lanzaran aquellas preguntas impertinentes, sino que no sabía contestarlas. Se quedó en blanco. No sabía nada de su vida de casada ni de su marido. Sus hermanas volvieron a la carga una y otra vez. Finalmente consiguieron que ella confesara algo: no conocía el rostro de su esposo. ¿Cómo era posible? A ver si iba a ser un espectro, un mal espíritu, un brujo, y ella como era tan buena, tan tonta… Le aconsejaron que mirara de una vez a la cara a su marido y saliera de dudas, y ella asintió como una pardilla.

Cuando ellas se fueron, él apareció como si hubiera estado esperando su marcha escondido. Una sombra densa cubría su rostro y en parte sus manos. Ella se arrojó a su cuello, pero por más que hacía no conseguía disipar la niebla de sus propios ojos. Esa noche, cuando él dormía, acercó un candil a su cabeza. Parecía que la llama vencía la oscuridad y que los rasgos del amante se aclaraban. En esto, del candil se desprendió una gota de aceite hirviente que fue a caer en la divina mejilla. Eros se despertó rugiendo, enorme, con el rostro terrorífico como la máscara de una Gorgona y la boca colmilluda como la de un jabalí. Tiró el candil, los velos del lecho comenzaron a arder. Ella también ardió, la inocente.

—¡Tú eres tonta, mujer, tonta y mil veces tonta! —gritaba el amante como un energúmeno.

Todo lo que más tarde se ha dicho de Psique es piadosa mentira de Apuleyo y melodrama mitológico. Yació calcinada entre las ruinas de la ínsula. Menos mal que los demás vecinos estaban de vacaciones.

Eros volvió a su formato habitual, harto de aventuras con mujeres.


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