La culpa

Zoom impertinente

 

Subía las escaleras con lentitud, y a cada paso le parecía encontrar un motivo para desistir. Las paredes desconchadas, los escalones desgastados, la lámpara que colgaba del techo como una araña negra. No obstante, algo la empujaba, le impedía darse la vuelta y regresar a casa.

La llave se atascó en la cerradura. Se detuvo. En lugar de la cariñosa queja del abuelo por su torpeza, a través de la puerta solo le llegó un silencio pegajoso y frío.

Aferrada a la decisión que la había llevado hasta allí, tiró del pomo y la puerta cedió. Como si le faltara el aire, inspiró profundamente antes de entrar. Nunca había considerado que aquel pasillo fuese un túnel largo, frío y destartalado.

Al pasar junto al perchero, acarició el abrigo que él jamás volvería a ponerse.

En el comedor los muebles y todos los objetos parecían como petrificados tras la erupción de un volcán.

Paseó la mirada por los rincones de la casa tratando de rescatar los instantes en los que la vida de él se habría detenido. El revistero en el que colocaba los periódicos, la caja de los resguardos de la primitiva, el aparador donde guardaba la botella de anís, la butaca en la que pasaba los días esperándola. Quiso abrazarlo, y su gesto vacío y absurdo se esfumó en la nada.

Arrellanada en el hueco aún tibio del sillón, con los ojos entornados, contempló, de la misma forma que él debía haberlo hecho en tardes interminables, cómo el sol abandonaba la terraza, se retiraba de las calles, se alejaba en el horizonte, incendiaba las nubes.

Concentrada en respirar el aire plagado de recuerdos, esperó, como quien aguarda al castigo que la redima, a que el rastro de oscuridad de la ya fugitiva luz del ocaso depositara sobre ella la misma soledad que lo envolvió a él en el instante en el que se despidió de la vida.