Sufrí de insomnio durante algunos años de mi vida, en la juventud. Un compañero de la universidad me dijo, una madrugada frente al mar y en la playa de Montgat, que dormir era una forma de dejar de vivir, algo cercano a estar muerto pero sin estarlo. Dormir es perder vida, dijo. Quizás le creí, a pesar de que, a mí, dormir siempre me gustó mucho. He vivido tantas vidas soñadas que no cambiaría un solo minuto de mis sueños por diez años de penosa vigilia. Y sin embargo, las palabras de mi compañero de universidad debieron impresionarme y por eso vino el insomnio. Leí algo sobre las posibilidades creativas del duermevela, ese estado de la mente en el que se desbocan la imaginación y la fantasía a partes iguales.
El duermevela es, además de una palabra deliciosa, el momento en el que se producen los recuerdos de la abducción por seres extraterrestres, según los entendidos. Leí hace poco un estudio muy largo sobre la abducción de Travis Walton, un hombre de Snowflake (Arizona) que protagonizó el caso de abducción más inquietante de la historia. Walton nació un 23 de abril: 351 años más tarde de la muerte de Miguel de Cervantes. Quizás haya un mensaje inscrito en la coincidencia, ya que Walton ejerció de Quijote de los abducidos durante toda la vida. Le acusaron de zumbado, de pesado, de obseso. Él lo admitió, no sin rencor.
Eduardo es el nombre de aquel compañero que abogó por permanecer despierto siempre una madrugada a los 25, sentados en una playa de Montgat. Entonces, Eduardo estudiaba filosofía y estaba fascinado por la personalidad del profesor Miguel Morey, muy nietzscheano, y también salía con Susana, una chica encantadora de ojos grises y mucho más joven que nos gustaba a todos. Bueno, a mí me gustaba. A Eduardo le perdí la pista, pero me lo encontré hará unos diez años junto a Susana y a sus dos churumbeles, andando por la orilla de una laguna artificial adonde van los aficionados a la ornitología. Ella había parido dos veces y criaban juntos a sus crías. Los dos mostraban un aspecto más bien rollizo y saludable, sonrosado: signos inequívocos del buen yantar y del buen dormir.
Los años pasados entre la escena de la playa de Montgat y la de la laguna se me aparecieron como el periodo de tiempo perdido por culpa de una abducción. Eduardo y Susana eran, ahora y de repente, dos personas muy adultas, padre y madre responsables, algo canosos, más bien cansados. Ella da clases de lengua y literatura en secundaria, está harta de la miserable formación previa de los alumnos y tiene muchas canas en su bonita melena ondulada. Para el abducido han pasado un par de horas a bordo de la nave interestelar, pero cuando regresa a la Tierra descubre que pasaron un par de décadas. Así me sentí entonces, en la orilla de la laguna con grullas reales y patos de cuello verde: me sentí como un abducido recién regresado. Los dos niños de Susana y Eduardo se llaman Marcos y Ángeles.
Una vez en casa, tras el encuentro en la laguna de las aves migrantes, caí en la cuenta de que había algo que no cuajaba: Marcos y Ángeles no son nombres esperables en los hijos de un estudiante de filosofía que admiraba a Morey y a Nietzsche. Marcos es el nombre de uno de los cuatro evangelistas canónicos, y Ángeles no precisa comentario. Pero aún así escribí “ángeles” en Google. Entre las respuestas que obtuve estaba el título del que me parece el mejor disco de la cantante Rosalía, en donde aparecen las canciones La hija de Juan Simón y Catalina, entre otras grandes piezas del flamenco que tratan de la pena.
Una vez estaba con el nombre de Rosalía me acordé de Rosalía, un amor juvenil. Por esos extraños resortes de la memoria recordaba sus apellidos. Los tecleé. Solo me apareció su esquela en la pantalla: murió en Barcelona, está en el Cementerio de Collserola, muerta a los 50. No había nada más que su esquela en la memoria de Google, como si hubiese muerto sin haber nacido, como en un sueño en el duermevela de Schopenhauer. Un día de estos iré a ver su nicho.