La luz de la luna refleja la imagen en los cristales cuarteados por listones finos de madera. Parece que sea un rompecabezas a cuatro o a seis partes.
La casa rezuma fuego y leña. Aspiro el humo de mi pipa, retengo el sabor en la boca como quien quiere guardarlo sin saber por qué.
Huelo a café. La italiana gorgotea en la lumbre. Apago el fuego y husmeo. ¡Qué placer, me digo!
Me veo reflejado en el cristal. ¡Ah qué imagen! El vapor del café recién hecho difumina mi rostro, desdibuja mi imagen; me ayuda a no reconocerme. Lo prefiero.
Me gusta que me llamen labrador, no agricultor; labrador, que es como si dijeran jardinero de la tierra.
En estos tiempos que corren no quedamos muchos. Andamos todo el tiempo con las botas llenas de barro y las manos encallecidas. Pero qué más da; los tomates parecen rosas, los jilgueros se posan en las ramas del lilo, las abejas liban en la parra, un gato se encarama al tronco de la higuera; oscurece y los pájaros cesan en sus trinos; todo es silencio. Y yo, ¿qué hago, yo? Fumo en mi pipa al caer la tarde y saboreo los primeros higos que rezuman miel.
No renuncio a mi melena de pelo cano, a la boina en invierno y al sombrero de paja en verano. Me da igual que me miren y se les escape la sonrisa. En verano me doblo los pantalones hacia arriba, como los pescadores, para airear mis piernas, a las que les viene bien un poco de sol.
Para vivir no necesito gran cosa: un poco de vino, queso, pan, hortalizas de la huerta, huevos de mis gallinas, algo de tocino y algún capón de vez en cuando.
Y eso sí, los martes voy al mercado a vender el producto de la huerta, a contemplar a las muchachas que se entretienen y deambulan entre los puestos, cesto en brazo, eligiendo esto y aquello. Muchas llevan sombrero y se lo atan sobre la nuez del cuello o en la nuca con un pañuelo de colores vistosos que parece que compita con el abigarrado color que lucen vendedores, productos y demás. Me gusta observarlas protegido de su vista por algún tendal de los muchos que cubren las paradas de la plazuela o sencillamente mientras hablo con Herminia, la florista, que todavía vende claveles olorosos, rosas de té, anémonas, acianos azules, crisantemos, margaritas, gladiolos, narcisos en febrero, lirios para la virgen en mayo…
Y luego, con la bolsa llena de la venta, a tomar un coñac; a echar una partida de cartas. Quien pierde paga.
Dicen que soy generoso. No sé por qué, nunca regalo nada. Eso sí, si alguien viene a mi casa es bien recibido y no se le niega un refrigerio.