Exhumación poética de “Las cataratas” (Eliot Weinberger)

Gabinete de labios periféricos

 

Una fotografía, como el verso de un poema, no tiene significado fijo.

 Eliot Weinberger

 

Eliot Weinberger (1949) afirma que no es norteamericano, sino neoyorquino. Esa es la primera patria que reclama como propia, la otra es toda la cultura. Antropólogo cultural y sorprendente erudito, amante de la poesía y traductor, entre otros, de Vicente Huidobro, Borges y Octavio Paz, ha innovado el género del ensayo llevándolo a la excelencia. Su obra se ha definido como ensayo poético. Leerlo es sumergirse en un alud de erudición e inteligencia, de ideas que se interrelacionan pasmosamente, y todo ello con un estilo aparentemente sencillo. Insisto, leer a Weinberger es aprender, asombrarse y asomarse a la sabiduría desde una prosa que se asemeja mucho a la poesía verdadera. El crítico Domingo Ródenas dice con acierto que sus ensayos producen “felicidad estética e intelectual”.

Mi ejemplar de Las cataratas (con traducción de Aurelio Major), así como otras obras del autor, se estiban en mi gabinete en un espacio híbrido y fronterizo, entre poemarios y ensayos literarios. Un lugar que, de momento, le pertenece sólo a Weinberger.

La obra consta de 10 artículos y de una bibliografía final, titulada La estantería en la nube, de ecos borgianos y tan interesante como las piezas que le preceden. En cada capítulo el autor se sirve de la historia y la antropología para mostrarnos todo lo que, pese a las distancias geográficas o históricas, siempre ha pertenecido al género humano. Dice en una entrevista: “Los exteriores pueden ser distintos, pero en el centro del ser humano todos somos lo mismo. Esta es la gran lección de la poesía, que se puede leer un poema de hace 2000 años y nos habla directamente a nosotros, porque las emociones del ser humano duran para siempre”. En palabras de Victoria Cirlot, la obra de Weinberger “Es una auténtica aventura para la mente”.

Podríamos demorarnos en la maravilla que oculta cada uno de los trabajos que incluye el volumen, pero aquí se trata de exhumar un poema de sus entrañas. Para hallar la traba de la composición utilizaré una de las gestas de Weinberger, la traducción del poema-río Altazor de Vicente Huidobro. Son (sin contar el prefacio) 2.237 versos. La suma de sus cifras es 14. Y si sumamos de nuevo, 5.

Los capítulos son de extensión variable. De cada uno de ellos tomaré, de su quinta página y de sus múltiplos (y si es de extensión menor a cinco, de su última página), un verso. Decido titular el poema “Catarata”, como esa precipitación emocionante de ideas que nos procura la lectura de Weinberger.

 

Catarata

Los esclavos castrados
derivan,
con los libros,
los dioses
en tres categorías:
nostalgia romántica
misterios silentes y
violentas acciones.

Con diez o más cabezas
nunca están en silencio
arrojan los trozos de carne tibia
con ojos en el estómago.

Tigres, mujer, pasión:
la energía, la revolución y la belleza
(unas gotas en la roca
de un prolongado verano).

Al borde del abismo
comida, flores, música y sexo
gesticulando a través de las llamas.
Los límites del azul,
fuerzas del amor y la discordia,
sobre la pluralidad de los mundos
o los libros
siempre girando
se arremolinan.

Poemas de más de mil años
solaz de las miserias del hombre
con una sola voz
graznan y chillan y gañen y aúllan
el espíritu.

Y los viejos recordaron
un elefante
entre el polvo y la neblina.

El tiempo mítico,
el mismo redactor,
induce una respuesta:
el pasado está frente a nosotros
torbellino
para volar al sol y a la luna.


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