Forcadell

Oscuro, casi negro

 

Aquella mañana fría de diciembre estábamos los de siempre juntos en la calle, los mayores del instituto que ya veíamos el final de tanta docencia opresiva y nos saltábamos la primera hora de clase comprando un paquete de Celtas cortos entre todos y fumando apoyados en una esquina enfrente del patio mirando a los pringaos como entraban para ver izar la bandera con la megafonía del himno nacional que sonaba desde un tocadiscos mono y un disco tan gastado que ya los ruidos de fondo tenían su propio ritmo. Primera hora, Latín con D. Julio Tics, tenía la manía de darse con el nudillo del índice derecho en la barbilla cada vez que hablaba. La Eneida y Virgilio y sus hexámetros dactílicos copiando a Homero sin pudor: “Canto las terribles armas de Marte y al hombre que, huyendo de las riberas de Troya por el rigor de los hados, pisó el primero la Italia…”. En cambio no se traducía a Ovidio y sus Metamorfosis por inmoral, una pena, era material de primera para unos expertos masturbadores de dieciséis años como nosotros. Tenía un amigo que se apuntaba en el calendario todas las pajas que se hacía al día. Una media de 120 al mes. Y otro que podía flexionar el tronco hasta chupársela con su propia boca. Una envidia.

Luego íbamos a los recreativos, futbolines y maquinas Petaco y una mesa de ping-pong en un semisótano que convertía el juego en mil rebotes cada tanto, todo valía mientras la pelotita blanca acabara en el tablero contrario. Pero lo que te daba valor como jugador era las máquinas Pin-Ball, cuánto rato te duraba una bola, cuántas partidas sacabas gratis y sobre todo, la técnica, como te acoplabas a la máquina y la hacías bailar y la convencías de que la pesada bola metálica nunca iba a entrar en el agujero, de que tú eras el rey del juego.

El caso es que apareció Forcadell, el número uno, el empollón de la clase de Letras, matrícula por defecto en todas las asignaturas salvo en gimnasia.  Era hijo de un cátedro de Historia Moderna en la Fac de Valencia, y jamás hubiéramos imaginado verlo allí. En realidad era como si no estuviera, entró en aquel recinto cuadrangular rodeado de máquinas de luces parpadeantes y sonidos metálicos con el ruido de los futbolines y el ping-pong como base rítmica y se quedó apoyado en la primera máquina, junto a la entrada, mirando al infinito.

En fin, Forcadell había aterrizado en territorio desconocido y parecía que eso buscaba. Había cambiado su forma de vestir tan clásica de siempre, chaleco de lana y pajarita incluidos, por un jersey negro de cuello alto y pantalones de pana oscuros. Llevaba una zamarra de marinero y calzaba unas botas de la mili de segunda mano y los libros a la espalda, nada de cartera, atados con una gruesa cuerda de cáñamo con un lazo corredizo. Sus gafas de pasta negra reflejaban la determinación de lo desesperado.

Se dirigió a mí, éramos buenos los dos en latín y griego y teníamos cierta complicidad en cuanto yo siempre he sido un tipo raro en las relaciones entre amigos. Carecía de toda empatía y aunque al principio solía caer bien a la gente esto duraba poco, todos percibían la evidente frialdad en el fondo de mis ojos azul hielo y acababan manteniendo las distancias pese a que me respetaban como se respeta a lo desconocido. Forcadell no tenía amigos, su aire algo afeminado y ser el primero de la clase no ayudaban mucho. El caso es que me dijo que si le acompañaba a la plaza de la Reina y subíamos al Miguelete, la torre de la catedral de Valencia, un antiguo minarete árabe reconvertido en campanario de unos sesenta metros de altura. Le dije que bueno, que no pensaba aparecer ese día por las clases.

Durante el camino empezó a hablarme de filosofía, de que había leído a Kierkegaard y a Heidegger y que había llegado a la conclusión de que la vida no tiene significado y todo lo que hagamos es en vano. Le dije que yo prefería a los estoicos y su manera de afrontar la vida sin darle importancia a lo material. Ni contestó, iba con la mirada en el suelo y una sonrisa incierta en la cara. Forcadell faltando a clase, los libros atados con una soga, un paseo hasta la torre de la Catedral, nihilismo y esa actitud desconocida y rebelde… pensé que se iba a tirar desde arriba cuando llegáramos, pero descarté la idea porque ¿para qué quería un testigo?

Entramos por la puerta de los Apóstoles y a la derecha subimos la escalera de caracol que llega hasta lo más alto del campanario. Hacía frío y había poca gente, el sol de invierno le daba a la ciudad un halo de irrealidad acorde con la situación en la que me encontraba. Forcadell ya no miraba, apoyado en el pretil que protegía la circunvalación de la torre se quedó inmóvil como una gárgola. Ahora sí sabía lo que iba a pasar y me quedé aterrorizado por no haber hecho nada para impedirlo. Cuando cruzó la delgada línea de aquella insuficiente barandilla se quedó colgado con los brazos hacia atrás sujetando el hierro y el cuerpo ya en el aire, como un ángel a punto de echar a volar. Ya no quedaba casi nadie en el recinto y yo estaba a unos metros de distancia, le grité, se giró, me mandó un guiño y soltó las manos al mismo tiempo que su cuerpo desaparecía en el vacío.

El golpe contra el suelo de cemento retumbó con un crujido de huesos y una de las campanas, al llegarle la vibración, emitió un leve tañido de despedida. Me asomé al vacío y vi su cuerpo formando una ese macabra de brazos y piernas, y una rosa roja apareció entre su pelo rizado y cada vez se hacía más grande rodeando su cabeza como un halo sagrado en la puerta de la Catedral.

Entonces entendí porqué me llevó con él. Me había utilizado como mensajero. Sabía que llamaría a su padre y podría darle una razón que lo consolara con todo ese rollo del nihilismo que era una excusa, una manera de que su familia tuviera una explicación que solo él propio Forcadell sabía y se llevó al otro mundo.

Bajé las escaleras despacio; en realidad no me había afectado tanto su muerte; el suicidio es algo que todo ser humano contempla alguna vez en su vida. Para mí un derecho del que nadie puede dudar porque nadie conoce lo que otro piensa o sufre en su vida. Caminé hasta el despacho de mi padre y le conté lo que acababa de pasar. La policía ya estaría junto a su cadáver intentando averiguar quién era ese chico, no creo que Forcadell les dejara ninguna pista sobre su identidad, ya me encargaría yo de ese trabajo. Mi padre sí estaba afectado y se preocupó por mi estado cuando él era el que se quedó blanco como una pared encalada.

Así que esta es la historia. Solo queda decir que llamamos a su padre, el catedrático, y unos cuantos de la clase fuimos a su casa. Nos abrió la puerta como un fantasma, estaba y no estaba allí,  preguntándose en qué había fallado y agradeciendo nuestra presencia. Le conté que todo había sido muy rápido y lo que me dijo antes sobre su obsesión por esa filosofía que mantiene que la vida no tiene sentido. Nunca había visto una cara que expresara la desolación más absoluta.

Al día siguiente en el Instituto, se anunció por megafonía que no habría clase por el fallecimiento de un alumno y todo el mundo aplaudió. El Padre Claver, un cura que daba religión se puso en medio del patio y gritó escupiendo por la boca que al que no viera en la misa lo suspendía urbi et orbi. No le hicimos ni caso y nos fuimos a los recreativos. El espíritu de Forcadell se reía desde allí donde estuviera.


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