Llegaron con ojos de caracol, escondiendo su mirada ante las reprobaciones incómodas de quienes caminábamos más lento.
Babearon los salones con sus lenguas descarnadas mientras sobre sus hombros descansaban el peso de chaqués de terciopelo y cachemir.
Esputaron enfermizos lapos de palabras biensonantes para camuflar en ellas unos sentimientos amorfos en sus significados y en sus significantes.
Cacarearon desvergonzadas arengas despiadadas y crueles con aplomo, arrogancia y una máscara de voces melosas dignas de sirenas oceánicas.
Se confundieron con los que siempre se significaron adalides sin que nadie notara las rudas asperezas y las sutiles zancadillas que traían consigo.
Nos llamaron dementes cuando dirigimos nuestro índice acusador hacia ellos y confabularon a fin de dislocar nuestros dedos para que señaláramos hacia otro lado.
Escamotearon nuestros recuerdos más personales utilizando tecnologías espesas y pervertidoras y no nos percatamos de que fuimos nosotros mismos quienes les dimos licencia.
Falsearon nuestras experiencias para que nos sintiéramos culpables de todo lo que hasta entonces había ordenado nuestras vidas y emociones más viscerales.
Nos apretaron y estrujaron las voluntades hasta el punto de que nuestros ojos envizquecidos lanzaran saetas de asco hacia nuestros semejantes en lugar de hacia ellos.
Amasaron con insidias nuestros corazones para crear una amalgama de falseadas miserias más miserables que la miseria real en la que nos zambulleron.
Con clichés y propagandas, nos llevaron a desfilar con sus acólitos sin más esfuerzo para lograrlo que el de ofrecernos promesas hueras y enemigos henchidos.
Huelga decir que lograron sus propósitos y que ahora no somos más que sumandos en una cuenta de beneficios de aquellos que hicieron llegar a los que nos deshumanizaron.
Fue falso. Todo fue mentira. Pero lo asimilamos.
Ahora es nuestra realidad más verdadera.
Hoy es la demencia antinatural en la que vivimos.