El haz y el envés de mi tío Vicente

Casa de citas


Se llamaba Vicente, era de Benetússer y estuvo casado con mi tía Ascensión, hermana de mi padre. Fueron novios durante una eternidad porque a finales de los cincuenta no resultaba fácil casarse en Valencia. No había recursos. Ya se sabe: la posguerra, la falta de trabajo, la necesidad de un piso propio, aunque fuera de alquiler. Al final lo lograron, pero su matrimonio duró bien poco. Mi tío no era exactamente como pensábamos.

Yo siempre le recuerdo tonteando por casa desde el día de mi primera comunión y, después, muchas tardes y casi todos los domingos por la mañana, cuando venía a buscar a mi tía para irse a tomar un vermut. A veces me llevaban de carabina a Los Toneles, o al cine, para ver alguna película policiaca o cosas peores. A mi tío le gustaba el cine de terror y frecuentábamos los reestrenos de El hundimiento de la casa Usher (1960), El péndulo de la muerte (1961) o La tumba de Ligeia (1964), que eran producciones de Roger Corman protagonizadas por Vincent Price, sobre relatos de Poe.

—Esta peli no te gustará, Ascensión —le decía a mi tía—. Me llevo al chico y luego, a la salida, paso a recogerte y nos tomamos una cerveza.

Con diez o doce años yo leía las Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe y también veía pelis de terror en compañía de mi tío. A él le gustaba imitar las actitudes y miradas de Vincent Price. Le fascinaba el gesto burlón del actor americano y su habilidad para aparentar nobleza siendo, en realidad, un individuo retorcido, capaz de convivir con una esposa muerta, deambular por subterráneos repletos de telarañas y marearse frente a un ramo de flores marchitas. Price era perverso, pero también elegante y refinado. En palabras del experto Serrano Cueto, construyó el prototipo del villano exquisito, «reafirmándose como el actor ideal para interpretar a tipos de psique turbia, tendentes a la aberración y capaces de gozar con los actos más deleznables».(1)

Mi tío Vicente también tenía su doblez: repetía los gestos de Price y cultivaba su sonrisa demoníaca, pero en el fondo era cordial. En una época en la que todo el mundo era bajito y vulgar, mi tío destacaba por su metro ochenta y su aspecto primoroso. Vestía traje y corbata, olía a colonia Varon Dandy, lucía un bigotito muy bien perfilado y sonreía arqueando las cejas, como el actor americano. Era alto, atractivo, simpático y jovial. Y cuando consiguió un puesto de vendedor de electrodomésticos, en las recién estrenadas Galerías Todo de Valencia, se instalaron en un piso de mala muerte en el barrio del Carmen. Poco después, gracias a su zalamería se ganó la confianza de muchas clientas y vendió más frigoríficos que nadie en la ciudad. Le ascendieron a responsable de planta y muy pronto se pudieron mudar a una vivienda de la Avenida del Oeste, muy cerca de la plaza de San Agustín.

La tarea de resucitar a Vincent Price para esta Casa de citas me llevó a revisar buena parte de la filmografía del actor norteamericano y a seleccionar fragmentos donde justifica de viva voz su tortuosa conducta: «¿Acaso es posible que yo haga estas cosas sin ser consciente, para castigarme a mí mismo?», se pregunta en La caída de la casa Usher. ¡He aquí una perfecta síntesis de cómo funciona una mente retorcida! Actuar con depravación sin saberlo, espontáneamente, para, después, culpabilizarse y continuar sufriendo.

También aproveché la lectura de los cotilleos de Scotty Bowers en Servicio completo. La secreta vida sexual de las estrellas de Hollywood (2013), donde cuenta que, como otros actores de la época, Price estuvo obligado por contrato a mantener un comportamiento público ejemplar, por lo que no pudo divulgar su verdadera orientación sexual. En palabras de Scotty Bowers:

«Price era claramente gay. En 1974 se casaría con la actriz australiana Coral Browne y, aunque ella era lesbiana —lo sé porque le organicé muchos líos con jovencitas en años posteriores—, la pareja se profesaba un gran afecto. Prácticamente no mantenían relaciones sexuales entre ellos, pero se querían mucho. A Vincent le proporcioné ligues durante años. El sexo con él era agradable, pausado, tierno. Poseía lo que sólo puedo calificar como una especie de refinamiento. Era erótico, tentador, gratificante».

Mi tío también vivió oculto en su armario de Benetússer hasta que se estableció en Valencia y engatusó a mi tía con un enamoramiento convencional. Pero esta situación no se alargó eternamente: una noche del mes de septiembre, dos años después de la boda, se presentó en mi casa dispuesto a confesarle a mi padre sus verdaderas inclinaciones. Se encerraron en la salita, apuraron unas copas de coñac y salieron a conversar, solos, por Valencia.

Aquella noche, mi tío reconoció que era gay; que lo había sido de siempre, desde su época de monaguillo y, después, en la mili; que intentó contenerse y no pudo, o no supo; que lo suyo eran los culos de machos musculados. Juró ante mi padre que lo sentía mucho, que con su hermana Ascensión hizo bien poca cosa, que siempre la trató bien y que si se casó con ella fue para salvar las apariencias. Él prefería los contactos eventuales con trabajadores del puerto, luchadores de greco-romana, banderilleros de la troupe de Manolo Montoliu…

Mi padre le exigió entonces que debía decírselo a mi tía y acabar con el engaño. Era lo mínimo, tras tantos años de noviazgo y matrimonio fracasado. A resultas de esa confesión, mi tía volvió a vivir con nosotros y él continuó en su piso de la Avenida del Oeste, entre almohadones de plumas, batines de terciopelo y perfumería sutil. Como Price, mi tío Vicente ocultó sus tendencias y nada se hubiera sabido de no habérnoslo descubierto él mismo. No pudo callarse y lo hizo público, quizá por pura espontaneidad, quizá por un afán enfermizo de exhibirse y sorprender con sus historias a los más allegados.

Cuando cerraron las Galerías Todo, mi tío encontró acomodo en El Corte Inglés, donde continuó vendiendo electrodomésticos hasta el final de su vida. De hecho, murió de un infarto en la planta dos, en 1990, mientras charlaba con las dependientas de lencería. Todavía hoy se le recuerda como uno de los comerciales más persuasivos de la firma y hay quien dice que su cuerpo, convenientemente embalsamado, se venera en la capilla subterránea que posee la entidad en la calle de las Barcas.


(1) José Manuel Serrano Cueto: Vincent Price, el villano exquisito (Madrid, 1911).