E de Empate

Alfabeto anal

 

 

 

Ezequiel aplastado por la rueda del sistema.

 

La igualada, como término medio, se la apropiaron los deportistas para deshacer de los marcadores paritarios aquellos guarismos siameses incapaces de posicionarse a favor de alguno de los contrincantes que, reflejados en el espejo de los días, resultaron ser algo parecido a ellos mismos. Gloria para quién consiga seducir a Victoria.

Futbolistas que prorrogaban sus cuitas, partiendo las horas por la mitad, antes de subir al cadalso de los once metros. Tenistas firmando el eterno deuce  de la supervivencia momentánea, pelotas amarillas buscando dejar su impronta en las líneas de flotación del enemigo. Ajedrecistas emponzoñados de estrategia, náufragos en blanco y negro, agarrándose desesperadamente a las tablas de salvación dictadas por reyes cobardes que reculaban ante el enemigo menor del populacho.

Pero de aquel circo equidistante entre el triunfo y la humillación, también huyeron del empate las parejas de amantes a los que la vida separó sin que las odiosas semillas que engendraron fuesen repartidas de modo equitativo, los trapecistas sin red social de protección, y los equilibristas de la moral, entre otros especímenes entrenados para ganar.

Hubiésemos podido empatar si no hubiéramos acabado metiendo la pata con la soflama proclamada por Empatía, aquella diosa de la paz que pretendía que ganaran ambos contrincantes, pero ella siempre un poquito más. De incógnito, pudimos firmar una X en la eterna quiniela de la existencia, sin embargo no estábamos dispuestos a ceder el más mínimo espacio en la atalaya de nuestra razón. Y la partida se hizo tan eterna que nunca acabó de dirimirse del todo.

A día de hoy, a punto de levantarle las faldas al primer cuarto del siglo XXI, la evolución de la especie humana nos ha vuelto a cruzar la cara: sin revolución social no llegaremos a rozar las puertas del Edén. Puede que sea nuestra última oportunidad de, como mal menor, empatar con la vida. Dejar las espadas en alto sin mutilarnos, rollo harakiri, los tendones que nos sostienen en pie: no hay honor en la derrota.

 


Más artículos de L. Solé José

Ver todos los artículos de