Caraperra

Oscuro, casi negro


Me cruzo con Mariajo en la puerta del bar Monteolivete, en el centro del barrio. Sé que si a las dos de la tarde está en la calle es porque ha tenido bronca con su hermana o su madre. Viven todos en un quinto sin ascensor cada una en una habitación con su tele. Mamadou, su marido, un senegalés, doce años menor que ella, está en Picassent II preventivos por un trapicheo con farlopa. Nos sentamos en la terraza y pido dos latas de cerveza y cuatro Fortuna sueltos.

Mariajo resulta atractiva a pesar de sus escasos cincuenta kilos y la falta de los cuatro incisivos superiores. La melena rubia rizada y lacada de grasa y sus ojos verdes recuerdan una versión de barrio de Verónica Lake. Me cae bien, es una suma de catastróficas desdichas a través de sus cincuenta años, trata de ser amable con toda la fauna local y mantiene un sentido del humor cínico con el que nos entendemos. Hoy está deprimida, se le acumula todo. Ha cobrado el último mes del paro y no puede (ni quiere) trabajar. Antes llevaba la limpieza de dos comunidades de vecinos en la zona más pudiente del barrio, lo dejó por un cáncer de pecho que la tuvo todo un año out. Le digo que pida una pensión no contributiva de invalidez, dice que pasa de la burocracia y que no le van a dar ni las gracias. Seguramente tiene razón. 

Pido cervezas y nos sentamos a la sombra de los sicomoros. Abre el bolso y saca el encendedor, también tres cartas de Mamou desde la prisión. Fumamos y me cuenta que ni puede ir a verlo porque Picassent está lejos y nadie puede llevarla. A la tercera lata de Amstel se pone triste y parece una niña perdida entre su anorexia y su boca de nueveañera mellada. Aparece su hermana con un bulldog francés. Es difícil saber quién es la hermana y quién el bulldog. Es una caraperra sin sentimientos. Le dice que porqué llora por el negro que ya se apañará y que se preocupe de que le devuelva lo que le debe. Mariajo se levanta y le cruza la cara, el perro ladra y yo las separo. Dos latas después le digo que la invito a comer, poca cosa tratándose de ella que apenas come. Mientras vamos caminando a comer algo veo que sonríe y me siento bien con el mundo.


Más artículos de Reig Lukas

Ver todos los artículos de