Amalgamar

M de Mirinda


Inmersa en esta masa palpitante, que es la ciudad que habito, doy uso a mis artes magnéticas para atrapar lo que otros desechan, y así tener tesoros y materia prima para construir nidos protectores, y acaban en mí recalando; creo humilladeros, milladoiros, con los mecheros sin gas, cuyos colores vivos muerden entre la hierba rala del Retiro, epítomes de los guerreros imperativos sobre el ahorro energético, que nos acechan; también recojo cajas de cartón perfecto, que merecen acunar más de un regalo, superando el enfoque de cápsula Amazon-para-usar-y-tirar, e imperdibles microscópicos que, por docenas, aparecen en las inmediaciones de los comercios de ropa fabricada en R.P.C., tras haber sido salvajemente arrancados de su lacito de falso raso que sujeta la etiqueta de vestimenta barata de marcas con nombres improbables pero ciertos, como «Just be you».

La amalgama incluye olores, solo coleccionables en la memoria, destacando el aroma terroso del pis seco de los perros, el de los pollos asados, con relleno de limón encurtido y comino, de los empresarios de Bangladesh, y las inefables oleadas de vainilla sintética, seña identitaria de las jóvenes urbanas con el pelo más largo nunca visto en las últimas décadas.

Me enrosco en los mimbres urbanos cada día, y los acolcho con mi cosecha de amalgamas. Seguiré contando.


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