Brindis al sol

El asombro del tritón

 

Su mirada vidriosa competía con el cristal de la copa de brandy. Ahora, que la sujetaba entre las manos como un trofeo, el desafío de calor que emanaba de ella le daba algún sentido a su vida. La copa tallada era la hermosa destilación de generaciones de maestros vidrieros, afanados por rubricar con punta de diamante su destreza.

Por su parte, el bebedor exhibía una única habilidad de orden fisiológico: la asombrosa capacidad de ingerir brandy en cantidades ingentes y a toda velocidad. Trago tras trago, su mirada, otrora inteligente, se volvía un océano líquido de mansedumbre y de torpeza a partes iguales.

A la quinta copa, el derrumbamiento fue inevitable. El de la copa, no el del bebedor. Sin apenas contenido, solo hubo que lamentar la pérdida de tanta belleza y dos lágrimas de licor en paradero desconocido.

La destrucción fue total. Si en Bohemia habían perfeccionado la técnica del tallado de cristal, en el suelo del bar ya no quedaba ni rastro de aquel esplendor. Tras el accidente, solo un legado de puntiagudas transparencias se alzaba como una amenaza, pese a la insignificancia de su minúsculo filo, adherido al laminado del piso.

Le hipnotizó la evidencia de aquel desaguisado. El camarero, pese a la perfección de su pajarita roja, hizo un mohín de disgusto. Le tocaría a él recogerlo. Entonces fue cuando el bebedor empedernido se dio cuenta de la fragilidad de su propio sueño etílico.


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