Arquitectura sin escombros

Crónica de los días que pasan

 

Recrear. Reconstruir en la memoria espacios irrecuperables. Recuperar la realidad de lo intangible. 

Me obsesionan los habitáculos y todos los edificios desaparecidos que, sin embargo, habitan nuestra memoria.

Perder la referencia y los espacios físicos que habitamos en nuestra niñez y adolescencia supone perderlo todo, es el mayor de los castigos: el no retorno, el imposible rescate de parcelas imprescindibles. La pérdida del segundo útero. Una catástrofe para el recuerdo y la memoria que no ceja en su empeño del regreso. Se recrea esta ilusión que perdura inamovible en los compartimentos estancos de la memoria selectiva.

Soñé para el espacio demolido enseres y ropajes, lamparitas de neón decorando cada esquina renovada, mesas de caucho polimodernas para salones inexistentes. Diseñé decoraciones nuevas en mi desvarío. Recuerdo la galería, el cristal esmerilado de las puertas blancas, los pomos dorados donde jugaba a rescolgarme con tres años.

Recuerdo cada metro cuadrado, las baldosas del pasillo, los techos de escayola, las molduras teatrales, las cortinas rojas que dividieron las estancias, los sofás de cuero en el recibidor y todos los espejos en donde nos acicalamos…

Recrear un espacio inexistente en la memoria nítida. Dar el salto. Retroceder treinta años hasta la mesa de cristal, que se hizo añicos por jugar a ser ciclista en el pasillo. No me corté las piernas pero tampoco me salvó la vida el incidente. Recrear las magnolias azul marino de papel pintado en ambos hemisferios.

La edad de los espacios intangibles crece conmigo solo que estos espacios permanecen fijados con una laca a prueba de desgarros y de surcos, de condecoraciones.

La arquitectura del recuerdo no admite demoliciones. En la arquitectura del recuerdo no subyace el escombro. 


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