Achab en la isla d’en Colom

La sombra liberada

 

Descubrí la cinta de Peter Greenaway Eisenstein en Guanajuato cuando ya llevaba décadas sin interesarme por la obra de Greenaway. El cineasta inglés me fascinó durante algunos años, quizás porque me parecía muy moderno y yo, entonces, quería ser moderno con toda mi alma de chaval casi suburbial. No solo ser moderno: parecerlo, también. Quizás solo quería parecerlo, la verdad es que ahora soy incapaz de discernir entre lo que quería ser y lo que simulaba ser. Son treinta años los que me separan de entonces. Hubo un tiempo en el que ser moderno fue mi opción para huir de lo que me determinaron el origen social y los genes. Un intelectual moderno, eso quería ser. De modo que arrastraba a quien podía hasta el cine para ver los estrenos de Greenaway: en aquel tiempo necesitaba testigos y el reconocimiento de los demás, detestaba el solipsismo. La chica que salía conmigo entonces se tragó casi todas las obras del inglés sin rechistar, por amor, o rechistando con sordina. A cambio, tuve que acceder a acompañarla a ver sus cintas preferidas, casi siempre aventuras románticas, del romanticismo mainstream, protagonizadas por actores guapos. Admití que Jeremy Irons era muy interesante (poniendo en entredicho mi virilidad) tras ver con ella La mujer del teniente francés, y luego que lo era Robert Redford, tras la contemplación de Memorias de África, ya que se avecinaba un nuevo estreno de Greenaway y debía preparar el terreno si no quería ir solo a ver Zoo.

La vida siguió y me acostumbré a ir solo al cine. Los pobres de aquellos tiempos nos podíamos permitir una sesión de cine semanal. Mi novia me dejó tras una ristra de sucesos desagradables que nos llevaron a un intento de pacto que no fui capaz de pactar: “A mí me gustaría pasar fines de semana en el sofá contigo, viendo la tele, porqué no hay nada de malo en ver los partidos del Barça” (eso incluía el baloncesto además del fútbol).

La verdad es que Eisenstein en Guanajuato me gustó menos que los títulos antiguos de Greenaway, pero se le debe reconocer al cineasta que mantenga el sentido del humor y la irreverencia. Esa también la vi solo, en casa, tumbado en el sofá. El solipsismo me parece una mosca cojonera y nada más, solo pretendo ser un humano vivo dentro de lo posible y cumplir dignamente con el trabajo. Que no es poco.

Sin embargo, aunque la última cinta del inglés me gustó poco y sus escenas provocadoras me hastiaron, le di vueltas al título, a esa idea de deslocalizar a alguien para contar una historia secreta que aporta nueva luz sobre la historia oficial del sujeto deslocalizado. Empecé a vislumbrar argumentos para escribir cuentos deslocalizadores al tuntún: Einstein en Cuba, Stalin en Hawaii, Goebbels en Cataluña, Jordi Pujol en el complejo del sexo liberal de Cap d’Agde. A lo mejor pretendo ser moderno otra vez sin pretenderlo y sin saberlo. Espero que no sea así, porque soy uno de los que han pasado de antiguos a viejos sin pasar por la modernidad (el paso por la modernidad, el paso deseado pero frustrado, es el paso que me habría situado en el clasicismo a día de hoy) y eso me importa muy poco. A los catalanes nos sucede eso muy a menudo (o siempre), y eso explica que no existan clásicos catalanes. Pasamos de antiguos a viejos, como objetos de una maldición eficaz de la que no se puede culpar a España. Es nuestra idiosincrasia la que está maldita, y nos la maldijimos nosotros en aras de nuestro deseo de ser víctimas de algo.

Un día, por fin, se me ocurrió el asunto: el capitán Achab no murió en la escena final de Moby Dick. Aparece poco más tarde en la playa de una isla desierta y allí sobrevive durante años, Robinson decimonónico y proclive a la filosofía, y su vida la dedica a educar a los cangrejos y a las tortugas en los valores de la ilustración, el racionalismo y la democracia, hasta que un día descubre a una ballena blanca varada en la playa. La reconoce. No es otra que su ballena, la que hundió el Pequod y le convirtió en personaje, quizás el segundo de la historia, justo por detrás de don Quijote. Tras superar el primer instinto (que no es otro que rematarla), se da cuenta de que la ballena está pariendo a un hijo y que morirá si no le ayuda. Achab usa un arpón que también se salvó del naufragio para practicarle una cesárea al cetáceo, y luego orienta al ballenato mar adentro. Una vez hecho esto, siente que ya puede morir y revisa sus memorias en lo ortográfico más que nada, por si alguien las encontrase.

 

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