Atraco a las tres

Un salacot en mi sopa

 

En 1955, un expresidiario llamado Tony le Stéphanois planeaba, junto a su banda, el atraco a una joyería. Sucedía en la película de Jules Dassin Rififí, palabra que en el argot francés significa algo así como pelea o camorra, y de cuya raíz parece que procede también el vocablo rifirrafe. Tres años después, Mario Monicelli dirigía una versión cómica de la historia de Dassin titulada I soliti ignoti, aunque aquí, por aquello de aprovechar el tirón, la titularon Rufufú. Sus protagonistas, gente de los bajos fondos, estaban comandados por Peppe el Pantera, un antiguo boxeador decidido a afanar en una casa de empeños. Entre medio de ambas películas, en 1956, Stanley Kubrick presentaba Atraco perfecto (The Killing), otra historia de saqueos, siempre fallidos, en la que Johnny Clay y sus muchachos elegían un hipódromo para dar el golpe.

Con estos antecedentes, todos ellos muy exitosos, resultaba lógico que José María Forqué se sumara a la moda de las películas de robos con Atraco a las tres (1962), la historia de seis empleados de banca, cinco hombres y una mujer, interpretados por la plana mayor del cine español del momento, que deciden dar el palo a su propia sucursal.

Lo que más diferencia Atraco a las tres de las otras películas mencionadas, además del tono jocoso que comparte con Rufufú, es que sus protagonistas no pertenecen al hampa. Se trata de unos trabajadores, aparentemente probos e irreprochables, que un día tienen la peregrina idea de atracar la sucursal bancaria en la que se ganan las habichuelas. En realidad, son unos pobres diablos condenados a malvivir en aquella España de los primeros sesenta, a medio camino entre la cicatería típica de la larga postguerra y la falsa opulencia de anuncio publicitario con que se promocionaba el futuro más inmediato. Tipos atrapados en la mediocridad de una rutina tan pertinaz como las sequías de Franco, y bajo las órdenes de un jefe odioso que atiende por don Prudencio. El tal Prudencio (encarnado por el actor Manuel Díaz González, que se prodigó más en el teatro que en el cine) es, para desgracia de sus subordinados, el nuevo director del banco, el sucesor del bonachón de don Felipe (José Orjas).

Los empleados han de conformarse con ver desfilar ingentes cantidades de dinero ante sus ojos golosos, sin poder echar mano ni a una triste peseta. Ellos son los encargados de manejar el bendito parné que llega metido dentro de las sacas, de contarlo y de ponerlo a buen recaudo sin escamotear ni un solo céntimo. Además de esquivar tan difícil tentación, han de soportar las humillaciones cargadas de despotismo y mala leche del susodicho, que, con una altivez rayana en la cursilería más pretenciosa, les suelta lindezas como: «¡A trabajar! En esta oficina hay mucha molicie, pero dentro de poco van a ir todos más derechos que una vela». Y, naturalmente, también han de doblar la cerviz ante las instancias superiores cuando estas se dignan a visitar la humilde sucursal en la que trabajan: «¡Buenos días, señor director general!» «¡A sus pies, señor director general!».

Una vida laboral de servilismo, malos humos, triste remuneración y escasas perspectivas, que transcurre entre los muros de una vetusta institución con el impagable nombre de Banco de los Previsores del Mañana. Un plano lateral de su fachada, tan sobria como anodina, sirve como apertura de la película. A continuación, y para reforzar la idea de tiempo, fundamental en el devenir de los acontecimientos, vemos un reloj despertador en forma de tigre con los ojos móviles; una imagen de lo más kitsch que se encadena con un primer plano del rostro de don Felipe y que acaba centrándose en su nervioso movimiento ocular. El hombre se encuentra aun arrebujado en la cama y vistiendo su gorrito de dormir, quizás maliciándose que sus horas como delegado de la sucursal están llegando a su fin. Con la música de Adolfo Waitzman de fondo, la presentación de los protagonistas termina con una sucesión de secuencias a ritmo de vértigo en las que los empleados, tras una serie de pequeños percances matutinos, llegan a la oficina a la hora en punto.

La idiosincrasia de los personajes y las situaciones llevadas al absurdo provocan la simpatía del espectador. Forqué se anticipa al dislate que se avecina y no escatima los planos fijos del calendario y del reloj de pared que marcan el día y la hora del atraco: un martes 13, a las 15 h. Este tratamiento sarcástico de lo temporal ayuda también en el proceso de identificación del público con los animosos gafes. Y es normal que sea así, pues estos seis infelices están más cerca de la llaneza, la comicidad y el apelotonamiento del universo Bruguera (tan próximo, por otra parte, a Berlanga) que de la fría organización de una banda criminal de, pongamos por caso, un polar francés o un noir americano.

La hilaridad se manifiesta, pues, mediante el contraste: por un lado, el robo a un banco. Por otro, la impericia de los perpetradores. En el momento clave, los dos pardillos encargados de entrar en la sucursal con pistolas de juguete, llegan una hora tarde. Y para mayor bochorno, con los rostros ocultos tras unas medias que definen sus facciones a la perfección. Mientras tanto, un tercero espera en el interior de un coche que funciona a ratos, y el resto de los que están en el ajo cumple con su jornada laboral sin dejar de echarle miradas furtivas al reloj y de contar con ansia el dinero del futuro botín.

Las bufonadas del patético grupo provocan la risa del espectador. Sin embargo, también se va despertando en él una secreta admiración hacia esos ingenuos trabajadores de cuello blanco con los redaños suficientes como para atreverse a algo así.  En este sentido, y entrando en lo arquetípico, no puede dejarse a un lado la «mística del oficinista»: un fenómeno al que autores como Kafka, Rulfo o Pessoa, quienes habían desempeñado tareas de despacho, le han otorgado una dimensión casi romántica al perpetuar el tópico del tedio diurno del empleado de oficina frente a la inspiración nocturna del iluminado artista. Para nuestros grotescos protagonistas, esta vuelta de tuerca a lo doctor Jekyll y Mr. Hyde en versión amigos de lo ajeno, resultará especialmente esperpéntica.

Por supuesto, ni el cajero Fernando Galindo (J. L. López Vázquez) ni sus secuaces tienen alma de poetas. Su musa no es literaria, pese a que el histriónico Galindo, siempre tan proclive a dejarse arrastrar por los encantos femeninos, se las ingenie para pergeñar un piropo en la mejor tradición de vasallaje del amor cortés: «Fernando Galindo: un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo». Pero más que el arte trovadoresco, lo que le inspira es la pura supervivencia y un arrobo bobalicón por el tan cacareado desarrollismo económico del que quiere formar parte activa. Y, por supuesto, tampoco estará de más si se lleva de calle a la hermosa vedette, nueva clienta del banco y causa de sus desvaríos eróticos.

El microcosmos de Galindo y sus compinches sigue oscilando entre las estrecheces de un pasado autárquico que aun colea y un incierto horizonte de bienes materiales. Si todo sale a pedir de boca, abandonarán su vida anterior, llena de ahogos, para convertirse en alegres millonarios. El efecto cómico estallará cuando ambas realidades colisionen y, a la hora de fantasear sobre lo que obtendrán con el dinero del atraco, sus aspiraciones sean conseguir, entre otras cosas, seis letras del televisor, un abriguito de entretiempo, seis pares de medias, un sonotone para la portera, unos zapatos de ante, un billetero de piel de cocodrilo con mil pesetas dentro, una lavadora, un viaje en avión a París y otro a Logroño «porque mi padre era de allí», un chalé en Torremolinos y un cortijo… ¡con toros! (inolvidable Manuel Alexandre y su inconfundible dicción).

Como era de esperar, y según mandan los cánones del género, el atraco resultará un desastre y todo saldrá mal. La precisión milimétrica se ha dado de bruces con la astracanada y con los desajustes temporales de un constante quiero y no puedo. Cuando otra banda de ladrones les toma la delantera el mismo día y a la misma hora en que debía producirse su atraco, ellos, los curritos, toman conciencia de su poca entidad como delincuentes y, en general, como planificadores de cualquier cosa. «¡Cuidado, que son atracadores de verdad que se llevan nuestro dinero!», susurran sorprendidos. Es decir, que aunque consideran el dinero como algo legítimamente suyo, se saben incapaces no solo de cometer una fechoría, sino incluso de ser puntuales y organizados a la hora de intentarlo. De ahí que los atracadores de verdad sean los otros, porque ellos no pasan de ser un puñado de oficinistas abducidos por las películas de atracos e «incapaces de robar a un semejante… pero un banco no es un semejante». Y es en esta última frase donde está el quid de la cuestión y una de las claves de la subversión que se esconde tras la aparente ligereza de la película.

A pesar del tono de comedia desenfadada, con homenajes explícitos a Atraco perfecto y a Rififí (relojes, fatalidad, injerencia de una mujer fatal en los planes de la banda e, incluso, la sala donde se proyecta una película sospechosamente parecida a la de Kubrick), Atraco a las tres está trufada de frases críticas con el Régimen y con la realidad social de la época. Tantas y tan explícitas son las referencias, que no se entiende cómo diantres pasaron la censura alusiones a la justicia social, a la repartición de la riqueza y a las consabidas construcciones de pantanos. Por no hablar de declaraciones del tipo «y luego quieren que no haya revoluciones».

Con todo, la película termina, de forma circular y en un tono agridulce, tal como empezó. El sueño de la riqueza se ha esfumado y los empleados vuelven al redil. Reciben, para que no se diga, una pequeña recompensa por su arrojo en la férrea defensa de los intereses del Banco de los Previsores del Mañana, esa santa casa que a punto estuvo de sucumbir bajo las garras de una peligrosa banda de atracadores de los de verdad. Los seis empleados, que en esa lucha a brazo partido creían estar custodiando lo suyo, acaban favoreciendo a la empresa que los explota y humilla. Pero más vale pájaro en mano que ciento volando, y ellos ya han padecido las consecuencias de tanto vuelo. Así que no queda otra que proseguir con la rutina y retomar las viejas costumbres. Una de ellas, despedir a pie de calle, entre lisonjas y reverencias, al señor director general, quien, como viene siendo habitual, les salpica con el agua de los charcos al arrancar su cochazo. Incluso la farola que hay delante del banco, doblada por el impacto causado por el vehículo de los ladrones, parece formar parte del grupo de pelotas que se inclinan ante la egregia figura del jefazo supremo.

Cuando, todavía en la calle, Fernando Galindo hace amago de proponer otro plan, no hay ni tan siquiera un par de oídos que presten atención al desatino. De repente, se desatan al unísono y a modo de respuesta un montón de pedorretas amablemente dedicadas a él por sus compañeros de fatigas. Y Galindo, que tras todas esas vivencias —desengaño amoroso incluido— cree estar de vuelta de todo y nadando en las aguas más mundanas de la modernidad, el savoir faire y la ciencia infusa, no se entretiene en explicaciones absurdas o en chuscos reproches. Se limita a poner cara de asco y a exclamar: «¡Aficionados!».


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