Exhumación poética de “Bajo el volcán” (Malcolm Lowry)

Gabinete de labios periféricos

 

La única esperanza está allí,
en el fondo de la copa que aguarda.

Malcolm Lowry

 

Desde 1985 se estiba en mi gabinete Bajo el volcán, traducida por Raúl Ortiz y Ortiz. Un ejemplar de quiosco, desvencijado, con los bordes de las páginas oscurecidos y con principios de resquebrajamiento. Un triste y barato ejemplar de letra demasiado pequeña y apretujada. Una edición, en fin, que da asco. Pero así son las cosas y no por ello es un volumen que tenga complejo de inferioridad. Al contrario. Su miseria le proporciona la seguridad suicida del que no tiene nada que perder. Tal vez porque sabe que Malcolm Lowry pertenece al grupo de autores no mejicanos que han escrito obras notables sobre Méjico. Sin querer ser exhaustivo: Jack Kerouac (Mexico City Blues), Rodrigo Fresán (Mantra) y Roberto Bolaño (especialmente Los detectives salvajes, pero también 2666).

Bajo el volcán consta de 12 capítulos que se corresponden a 12 horas del Día de Muertos de 1938. En ese corto lapso de tiempo conoceremos al Cónsul inglés Geoffrey Firmin, un personaje atormentado que, a imagen de Lowry, es un alcohólico contumaz y autodestructivo. Y a Yvonne, su gran amor perdido. Y atravesando esta peripecia marcada por la tragedia, cantinas, botellas, despojos, perros, paisaje, amor y delirium tremens. Lowry dedicó diez años de su vida a escribir este monumento literario del siglo XX. Perdió el manuscrito. Fue recuperado. Casi se quema en un incendio. Caos y grandes dificultades para publicar una historia que, según Rodrigo Fresán, está escrita con “prosa huracanada”. Y es así, un relato atormentado sobre un derrumbamiento inevitable que se ve cruzado por la convulsa historia mejicana y por el fracaso de los ideales que fallecieron en la guerra civil española. Todo nos habla de colapso y desolación.

En la famosa carta que el autor mandó a su futuro editor en 1946, un año antes de su publicación, en ese momento más que dudosa, hallamos una de las definiciones personales de su obra: “Puede considerarse como una sinfonía, o, en otro sentido, como una especie de ópera, y hasta como una película de vaqueros. Es música hot, un poema, una canción, una tragedia, una comedia, una farsa, etcétera. Es superficial, profunda, entretenida y aburrida, según el gusto del lector. Es una profecía, una advertencia política, un criptograma, una película cómica, unas palabras escritas en un muro.” En otra misiva escrita en 1950 afirma que “Otra de mis intenciones fue escribir un libro realmente bueno sobre un borracho.” Conseguido.

Para exhumar un poema de Bajo el volcán quizás lo coherente sería, previamente, beber hasta el paroxismo como un cónsul inglés, pero mi audacia no es tanta y prefiero hacer un pequeño homenaje a la afición cabalística de Lowry, jugando con el número 12, esencial en la estructura de Bajo el volcán. Así pues, decido acudir a cada uno de los 12 capítulos. De cada uno de ellos tomaré un verso de su primera página y otro de la última, componiendo un poema de 24 versos.

 

Yvonne & Geoffrey

 

Dieciocho iglesias y cincuenta y siete cantinas
en medio de la noche oscura
con sus viejos taxis
al mismo paso.
Cuán tristes pueden ser las cosas
luna pálida y jorobada
con filamentos del pasado.

Enrollando un cigarrillo para Yvonne
sintió más sed que nunca.
Tequila
nel mezzo del puerco cammin di nostra vita
cuesta abajo.

Al lado del ebrio mundo
cuántos tragos
borracho-sobrio-liberado
contra un viento que no soplaba
como si Yvonne nunca hubiera dejado a Geoffrey
al doblar una curva del camino.

Mezcal.

Los volcanes parecían haberse acercado,
remolinos de aves verdes
ardían, ardían, ardían
hirientes y amargas.

Alguien tiró tras él un perro muerto en la barranca.

 

 

 

 


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