Tongolele

Un salacot en mi sopa

 

A muchos, tal vez el nombre de Yolanda Yvonne Montez Farrington —o Montes, según otras fuentes— no les diga nada. Pero es posible que «Tongolele», como se conoce artísticamente a Yolanda, le evoque a más de uno reminiscencias de otros tiempos, espectáculos nocturnos del México más sicalíptico (el que tanto sedujo a Max Aub y a Carlos Monsiváis, ambos, rendidos admiradores de la artista de insólito alias). Un México fascinado y escandalizado a la vez por el frenético movimiento de unas caderas cimbreándose al ritmo del bongó, una mirada felina, unos pies descalzos y un sugerente mechón blanco que emergía de una negrísima melena como seña de identidad. Tongolele: cuatro sílabas que trascendían lo semántico para detenerse en el juego fónico, en la pura jitanjáfora que sugería erotismo primitivo y danzas tribales ejecutadas por una mujer apodada por la prensa mexicana de los cuarenta como La Diosa de las Islas de los Mares del Sur.

El tópico caló entre los ambientes faranduleros del D.F. gracias a una recreación biográfica aderezada con elementos exóticos entre los que destacaba una supuesta ascendencia maorí. El toque de misterio, sumado a la sonoridad del nombre «Tongolele» surtió el efecto esperado. Todo un engranaje —quizás con alguna pieza verídica— que, al parecer, había surgido de la mente del periodista Carlos Estrada Lang, a instancias del empresario Américo Mancini, quien, como suele ser norma en estos casos, convirtió en estrella a la joven de tan solo quince años (aunque la documentación falsa atestiguara que eran veintiuno) tras descubrirla recién llegada a México con una compañía norteamericana de patinaje sobre hielo. Y es que la Princesa Maorí, la Diosa Pantera de ojos esmeralda, la que iba a fascinar a una generación de mexicanos con su carnalidad de sacerdotisa primigenia, procedía de —¡pásmense!— Spokane, Washington. La muchacha era gringa y había nacido en 1932, hija de padre hispano-sueco y madre anglo-franco-tahitiana. No se puede negar que la coctelera genética dio excelentes resultados.

Mancini, fascinado por los rasgos felinos de Yolanda, así como por su talento innato para la danza, la contrató en 1947 para actuar en el Tívoli de la capital mexicana. El Tívoli, al igual que el Folies Bergère, era uno de esos teatros de revista que tan en auge estuvieron en el México de los años cuarenta y cincuenta. Sus cabezas de cartel solían ser artistas femeninas de las denominadas exóticas, rumberas y encueratrices (hermosa palabra del léxico coloquial mexicano que, lamentablemente, va siendo arrinconada por el inglés «stripper»). Lo que se representaba en dichas salas era una puesta al día de las revistas y operetas pícaras de los teatros de principios del siglo XX, en los que había destacado María Conesa, «la tiple de la revolución», nacida en Vinaroz, formada en el Edén Concert de Barcelona y conocida también como «La Gatita Blanca». La misma que con sus picardías, sus letras de doble sentido y sus relaciones con presidentes, bandidos y revolucionarios había trastocado la sociedad mexicana de la época.

Las ligas de la moral y la decencia, al igual que había ocurrido en la época de la Conesa, seguían en los cuarenta con sus quejas contra los espectáculos licenciosos ofrecidos por «los antros de vicio [que] han aumentado considerablemente sus ingresos desde que exhiben en sus salones las obscenas danzas, ejecutadas con el solo fin de fomentar la morbosidad a que naturalmente está inclinada la raza latina y que llenan de público los espectáculos frívolos» [1]. No obstante, el respetable, ajeno a controversias de índole moral y a teorías peregrinas como que Tongolele era una enviada de Stalin, continuaba llenando las salas para deleitarse con los contoneos salvajes de artistas con nombres tan incitantes como Kalantán y Su-Muy-Key —La Muñequita China— . De entre todas las encueratrices que poblaban teatros, salones de baile, carpas y cabarets a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, Tongolele fue quien más sobresalió por ser una innovadora del género. De hecho, fue la única que llegó a convertirse en una leyenda que aún perdura no solo en México, sino también en Panamá y Cuba (actuó en el Tropicana de La Habana, nada menos que tras el espectáculo de Josephine Baker, como segunda figura). Benny Moré, el Príncipe del Mambo, le dedicó una canción en la que citaba asimismo a otras artistas del género como las mencionadas anteriormente, y cuyo estribillo, más que elocuente, decía:

Me gustan todas,
me gustan todas,
la Tongolele me gusta más.

Incluso Bolaño, en la novela Los detectives salvajes, se refiere a ella de pasada, aludiendo a su físico imponente y enigmático, como un estereotipo que ha devenido en paradigma de hembra poderosa, excesiva e indescifrable:

Ahorraré la descripción de la mencionada discoteca. Juro por Dios que pensé que de allí no saldríamos con vida. Sólo diré que el mobiliario y los especímenes humanos que adornaban su interior parecían extraídos arbitrariamente de El periquillo Sarniento, de Lizardi, de Los de abajo, de Mariano Azuela, de José Trigo, de Del Paso, de las peores novelas de la Onda y del peor cine prostibulario de los años cincuenta (más de una fulana se parecía a Tongolele, que entre paréntesis creo que no hizo cine en los cincuenta, pero sin duda mereció hacerlo). [2]

Se equivoca, sin embargo, el escritor chileno en su última apreciación, pues solo en el año 1952, Tongolele trabajó en seis películas. Tras un período en el extranjero, la diva volvió a México en el 56 para rodar tres más. Era de esperar la incursión en el cine, que ya había empezado años atrás como consecuencia del éxito cosechado en los teatros; un triunfo que hizo de ella una institución y que la llevó a participar en más de treinta películas mexicanas. A decir verdad, la palabra actriz le venía algo grande a Tongolele porque ella se limitaba a interpretarse a sí misma, con ligeras variaciones, pero siempre encorsetada en el cliché de mujer exótica, sexual y tan enigmática que apenas sonreía.

Debutó en 1947 en Nocturno de amor, película en la que también intervenía la malograda Miroslava Stern, otro mito para los mexicanos y una de las actrices-fetiche de Buñuel, quien en Ensayo de un crimen la transformó en un inquietante maniquí (como nota al margen, es curiosa la querencia de los mexicanos por encumbrar y hacer suyas a figuras foráneas como Miroslava, María Conesa y Tongolele: una checa, una española y una estadounidense).

En 1948, Tongolele protagonizó un doble papel en ¡Han matado a Tongolele!, película dirigida por Roberto Gavaldón y cuya trama tenía lugar en el teatro Folies Bergère del D.F. La crítica fue demoledora y, como suele suceder, el público quedó encantado con el derroche de sensualidad que les brindaba la bailarina con sus eróticas coreografías. El tiempo, y también el gusto por lo kitsch, han elevado esta cinta a película de culto, hasta tal punto que se ha usado, a manera de guiño, como título para una biografía de Tongolele[3]. En 1949, coprotagonizó El rey del barrio, vehículo de lucimiento para el cómico Tin Tan (Germán Valdés) y, por supuesto, para ella, que además de los bailes compartidos con el actor, cantante y comediante, se lucía en solitario en una danza de santería con ofrenda al dios Changó incluida.

Ya en los cincuenta, participó en la revista Música de siempre (1956) al lado de artistas como Edith Piaf y Libertad Lamarque. Sin embargo, su vida cinematográfica estaba lejos de extinguirse, pese al parón iniciado en 1957. A mediados de los sesenta, Tongolele regresó al cine para interpretar los consabidos papeles as herself, hechos a su medida. Como ejemplos de esta nueva etapa, Las mujeres pantera, película de 1967 dirigida por René Cardona y con guion —delirante— de Alfredo Salazar. Aquí, Tongolele, cuyo personaje —¡oh, sorpresa!— se llama Tongo, es una encarnación del mal, mitad mujer, mitad pantera. La historia es una abigarrada mezcla de actuaciones en cabarets, conjuros, resurrecciones, luchadores enmascarados y escenarios tenebrosos en la mejor tradición del inefable Ed Wood. En Isle of the Snake People (La muerte viviente), dirigida en 1971 por Juan Ibáñez, Tongolele compartía protagonismo con Boris Karloff. La película era un subproducto que explotaba la vena del terror y del sexplotation a base de zombies antropófagas y ritos de vudú, con el bueno de Karloff metido de lleno en otra de las tantas stravaganzas setenteras que vivían de los réditos obtenidos años ha por clásicos como Frankenstein y La momia. Naturalmente, la nota erótico-festiva venía de la mano de Tongolele, que bailaba descalza, repleta de abalorios y vistiendo su habitual y escaso atuendo de dos piezas, de cuya parte inferior salían dos telas livianas que se movían al ritmo marcado por ella; en esta ocasión, interpretando a Kalea, la bailarina de la serpiente.

La estela de Tongolele no se ha apagado. Aun hoy perdura en la memoria colectiva de los mexicanos la imagen de aquella suerte de princesa maorí venida del norte para adueñarse de las noches de la ciudad; de aquella belleza sicalíptica inmortalizada en películas de bajo presupuesto como una Gilda azteca, sin guante y medio encuerada. Con los años, Yolanda Montez (o Montes) ha participado en algún que otro culebrón, en espectáculos teatrales como artista invitada y en diversas entrevistas televisivas. Sigue viva, aunque ya no recuerda demasiado ni quién es ni la época de esplendor en que alguien apodado Tongolele revolucionó la escena teatral, la libido y las mentes biempensantes de toda una época. Así la describía Max Aub en 1948:

Muy corta. Muy pequeña, muy poca cosa. Pero en su pequeñez, en su reducido terreno, en su tamaño, es excelente. Tiene clase, personalidad, y… ‘lo que hay que tener’. Y baila … muy bien —si a lo que hace en escena se le puede llamar bailar. Baila un baile tan antiguo como el hombre: el que remeda la rotación de la tierra, el baile de la semilla, el baile del vientre, el baile de la gravitación eterna[4].


[1] Ferrer de Aguilar, Celia. México, la ciudad del pecado, en Magazine de Policía, 10 de junio de 1948, pág. 9.

[3] Bolaño, Roberto. Los detectives salvajes, cap. 1, sección II (1976-1996). Anagrama, 2006, pág. 185.

[3] García Hernández, Arturo. No han matado a Tongolele. México D.F., La Jornada Ediciones, 1998.

[4] Max Aub. Elogio de Tongolele, en El Nacional, (supl. Revista Mexicana de Cultura). México, 21 de marzo de 1948.


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