¿Qué puede ir mal?

Lógica (pati) difusa

 

Hace unos días leí un artículo sobre un falsificador literario, Mark Hofman. Según confesó durante el juicio, podía imitar a la perfección cualquier autor, vivo o muerto. La técnica empleada y su habilidad eran tan sofisticadas que ningún experto desconfió de él durante años. Todo se torció cuando decidió asesinar a dos mormones —él también lo era— con quienes tenía tratos. Había quedado en entregarles documentos (falsificados) de la Iglesia a la que pertenecían y de la que obtuvo una millonada por sus casuales hallazgos de las profecías del fundador, pero decidió poner una bomba lapa en los coches de sus dos clientes.

La historia es ejemplar por muchos motivos, no, desde luego, por las acciones de Hofman, pero sí porque cuestiona el valor de la obra y la incompetencia de algunos expertos y responsables de certificar la autenticidad de las obras artísticas y por último, desarbola la veracidad y validez de los documentos, de todos. Y en el papel de cooperador necesario, la codicia insaciable de los que mercadean con todas las modalidades de la obra artística.

El valor económico de una creación es el resultado de un consenso académico, cultural y de mercado, no sabemos en qué proporciones actúan las tres variables y hasta qué punto están viciadas por el beneficio e interés personal. Afirma el historiador del Arte, y en un tiempo director del Museo metropolitano de Nueva York, Thomas Hoving, que las falsificaciones en artes pictóricas superan al menos  el 40% de lo que se mueve  en museos y galerías, sin contar el material que se subasta y vende.

Hofman consiguió que se aceptara —y subastara en Sothebys— ¡Oh, my God!, un poema de E. Dickinson sin levantar sospechas. Durante quince años elaboró cientos de documentos que siguen en circulación en bibliotecas, la del Capitolio, por ejemplo, que pasan como documentos auténticos. El catálogo de caligrafías extraordinarias y de contenido nada desdeñable recorre  Emerson, Whitman, Abraham Licoln, Jorge Luis Borges, Dickinson y muchos más.

Hofman habría sido un escritor extraordinario, pero su estupidez unida a la imaginación dirigidas al engaño, destruyeron su ascenso al altar de autores consagrados. Disfrutaba colocando sus escritos en prestigiosas casas de subastas, instituciones y coleccionistas. Era capaz de inventar un  poema, un discurso, un relato o una profecía, clonar la caligrafía, expresión y singularidades del trazo, métrica, vocabulario y sintaxis. ¿Es razonable negar idéntico valor literario al original y su copia?

¿Hay menos fraude en la literatura en comparación con las artes visuales?  Dudo que sea así. Estoy segura de que en este instante, en algún  lugar del planeta se está clonando una obra que ostenta marca —firma— identificable, prestigio y valor económico en el mercado para ponerlo en circulación cuanto antes. Una obra de arte, un texto manuscrito de un autor reconocido es a la vez un objeto para el disfrute  de quien lo posee y una inversión financiera. Peligrosa combinación que facilita la producción y falsificación de obras, no solo destinada a incautos coleccionistas, también a instituciones  culturales prestigiosas.  

Volviendo a la literatura, Hofman es un asesino, un idiota y un escritor de primera línea, al mismo tiempo que sus actos son la prueba de lo que ya anticipó Max Aub con sus apócrifos: no existe medio humano para otorgar veracidad a un escrito, la realidad es inaprensible y  susceptible de ser manipulada hasta transformarla en un artefacto con apariencia real y legítima.

Para demostrar su punto de vista, Max Aub escribió varios textos apócrifos, el más sonado e irrefutable fue la creación de la biografía de Jusep Torres Campalans, un desconocido pintor vanguardista catalán que acabó sus días en Chiapas. Publicó la biografía en 1958, la diseñó como si fuera una monografía al estilo de las colecciones de arte. Se aceptó que Torres Campalans era un pintor que, por los avatares de la Guerra Civil española,  fue relegado al olvido. Algunos expertos en arte del siglo XX aseguraron que tuvieron la  suerte de conocerlo y contemplar algunas de sus extraordinarias pinturas. 

Max Aub desveló la naturaleza ficticia de Torres Campalans y, desde luego, se ganó bastantes enemigos; no hay nada más vergonzoso que dárselas de especialista y quedar como un papanatas y un farsante. 

Hofman sigue en una prisión de Utah y según dicen los guardianes se pasa el día escribiendo. ¿Qué puede ir mal  cuando un estúpido, con dotes sobresaliente para la literatura, dedica seis horas al día a escribir obras inmortales?


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