Sin leyes no viviríamos mejor

Leído por ahí

 

Cae en mis manos un libro con fragmentos de filósofos sofistas y decido hojearlo. En él aparecen algunos textos de Antifonte, de Protágoras y Gorgias. Por lo visto hubo un Antifonte de Ramnunte, orador y político, y otro Antifonte —o quizá el mismo— que fue sofista, y autor de un tratado Sobre la verdad y otro Sobre la concordia. Uno de esos Antifontes fue condenado a muerte por promover un levantamiento oligárquico contra la democracia en el año 411 a. de C. Y uno de esos Antifontes, quizá el mismo, escribió a favor de los dictados de la naturaleza y en contra de las normas legales y sociales. Quizá su condena a muerte puso un merecido punto final a la vida de alguien que pensaba que viviríamos mejor sin leyes.

En efecto, Antifonte sugiere en Sobre la verdad que la autoridad de las leyes produce más quebrantos que satisfacciones. Muchas normas contravienen el orden natural y coartan nuestros deseos. Por ejemplo, me apetecería romperle la cara al vecino y robarle la cartera, pero no lo hago porque está prohibido por la ley. Otro: la naturaleza me impulsa a simultanear el trato con varias mujeres, pero las buenas costumbres me lo impiden. Y otro: no querría ocuparme de mis padres viejos, pero tengo la obligación de hacerlo. Las leyes y las costumbres son fastidiosas. ¿Por qué tendría que obedecerlas? ¿Son buenas o malas? ¿Debería cumplirlas por temor al castigo y para evitar la crítica o porque son importantes para mantener el orden social?

Las leyes humanas siempre son motivo de disputa. La leyes naturales, por el contrario, son muy claras: resulta bueno lo que nos satisface, y malo lo que nos resulta nocivo o desagradable. Además, si no las cumplo, la propia naturaleza se encarga de castigarme. Pues bien —sostiene Antifonte—, la mayoría de las leyes y normas sociales son contrarias a la naturaleza: nos restan placer y nos hacen sufrir sin necesidad. Las leyes humanas ordenan lo que los ojos deben ver, lo que los oídos deben oír, lo que la lengua debe decir y hacia dónde deben encaminarse los pies. Y eso resulta insoportable. ¡Acabemos con las leyes, con las tradiciones y con cualesquiera normas sociales!

Obedecer las leyes humanas, prosigue el autor, sería útil si su desobediencia fuera siempre acompañada de castigo. Pero la realidad es que solo son castigados aquellos a los que se descubre desobedeciéndolas. Si le rompo la cara al vecino y le robo la cartera sin que nadie me vea, quedaré exento de vergüenza y castigo. Lo mismo sucede con la poligamia y el abandono de los padres. Eso demuestra la artificiosidad de la ley. De sobra sabemos, dice Antifonte, que la ley por sí misma no impide que el mal se cumpla; siempre podemos hacer lo que nos plazca si no nos ven.

De ahí que sin leyes viviríamos mejor o, al menos, de manera más auténtica, pues la verdad, defiende Antifonte, no está en la convención (nomos) sino en la naturaleza (physis). 

Moraleja

Considerando lo anterior, trate de guiarse en lo sucesivo por las normas siguientes:

—Las leyes son un incordio, pero en algún aspecto nos protegen. ¿O quiere usted que sea el vecino quien le rompa la cara y le robe la cartera sin sufrir castigo? 

—¿Qué le parecería que su señora se regodeara sexualmente con quien le apeteciera mientras usted se muerde las uñas en un rincón, sin razón para quejarse?

—¿Le gustaría verse abandonado por sus hijos cuando en la vejez se halle especialmente desprotegido? 

—Concluyamos que el reconocimiento de la superioridad de la naturaleza frente a las leyes solo sirve para abonar el derecho del más fuerte, y usted, pobrecito, pertenece al subconjunto de los débiles. Así que, ¡defienda las leyes, aunque le fastidie, porque le conviene hacerlo!