El alterne

¡Hale, hale, que es gerundio!

 

Hace años que estoy enamorado de la chica que trabaja en la farmacia de debajo de mi casa y, como mi madre es mayor y yo ya voy teniendo una edad, nuestros encuentros en su botica son cada vez más frecuentes. Cuando era joven sentía cierto pudor al tener que pedir según qué productos a la chica que me gusta, pero ahora el problema no es tanto pedirle Hemoal sino no saber tener la boca cerrada.

Ayer, como cada tarde a las seis, mi madre me pidió, educadamente, que le trajera sus pastillas:

—¡Manolo! ¡Tráeme las pastillas para el colesterol, el azúcar, la tensión, el dolor de cabeza, los nervios y para dormir! ¡Y que no se te olvide el protector de estómago, que con tanto cóctel lo tengo como un queso gruyer! Haz favor…

Así es mi madre, termina una orden con “haz favor” y considera que la ha transformado en petición. Faltaba el ibuprofeno, “la del dolor de cabeza”, así que, antes de bajar a la farmacia, tuve que miccionar por los nervios que me entran de pensar en ese encuentro, porque lo maravilloso de esta pandemia es que ahora entramos de uno en uno y estamos los dos solos… afortunadamente.

—¡Hombre, Manolo! ¿Cómo está tu madre? ¿Y tu tensión? ¿La estás controlando?
—Bueno, lo cierto es que no…
—Ya sabes que eso no se hace. Acércate para que te la mire… y, por cierto… la llevas fuera —dijo, haciendo un gesto con el dedo índice en forma de gancho y provocando que yo me llevara asustado las manos a la bragueta.
—¡La nariz! ¡Que la llevas fuera de la mascarilla!
—¡Ah!
—Pon aquí el brazo y relájate para que no salgan alteradas la tensión ni las pulsaciones —dijo agachándose para colocarme el tensiómetro.

Aproveché el momento para asomarme a su escote, un vistazo rápido e imperceptible de no haber sido por los pitidos del artilugio de marras al dispararse mis pulsaciones.

—¿Estás bien? Pareces muy nervioso.

Solo se me ocurrió decir que quería el ibuprofeno porque tenía un dolor horrible de cabeza y que la posibilidad de tener un tumor y morir solo me ponía muy nervioso…

—¡Ay, Manolo! Supongo que ya lo sabes, pero una buena opción es alternar…

Cometí el error de interrumpirle sin dejarle acabar la frase:

—Aunque parezca mentira, no soy mucho de alternar, soy más de relaciones estables…

—Quería decir que puedes alternar el paracetamol con el ibuprofeno para no tener que esperar las ocho horas…