Penalti y expulsión del machismo

Zoom impertinente

 

Era una mañana tibia de otoño, con un cielo límpido y las gradas llenas de gente disfrutando, como todos los domingos, de un partido de fútbol. De pronto, la árbitra Marta Galego pita una falta. La afición del equipo sancionado grita y vocifera y, cuando se percata de que no sirve para nada, calla. Entonces, desde algún lugar escondido entre la multitud, el portavoz de turno de la esencia machista la increpa: ”Vete a fregar platos”. Marta que ya se llevaba el silbato a la boca, para que se ejecutara la acción que marcaba el reglamento, lo detuvo al borde de los labios.

Imagino que el sol, tan suave hacía unos instantes, le achicharró la nuca sin contemplaciones; que el sudor, esa defensa de nuestro cuerpo cuando el enemigo acecha, le empapó la camiseta, las manos; debió respirar conscientemente temiendo que el aire se detuviese antes de alcanzarle los pulmones.

Las gradas estaban sumidas en un silencio abisal, pero en su cabeza bullía el grito del agresor: ”Vete a fregar platos”.

Aquel era un campo de segunda división regional, pero la observaban también los ojos de la afición del Camp Nou, la del Bernabeu, la de San Mamés, la de todos los campos de fútbol de primera división, de segunda; los ojos del resto de las divisiones regionales y locales, los de los campos de los colegios. Y, sobre todo, la observaba su dignidad.

El jugador que debía lanzar la falta levantó el balón pidiendo autorización. Marta movió la cabeza negativamente, se secó las manos en el pantalón de su uniforme y, haciendo un gesto firme con el brazo, paró el partido. El murmullo y el silencio se mezclaban con la sorpresa, mientras Marta presentaba sus exigencias al jefe de campo.

El juego no se reanudó hasta que el agresor fue expulsado del estadio.

No sé qué equipo ganó el encuentro aquel domingo, pero la gran vencedora del partido fue la dignidad de Marta y la de todas las mujeres.

En una sociedad como la nuestra que proclama la igualdad de las leyes para todos en sus disertaciones oficiales, siempre hay un energúmeno que desenmascara la realidad en la que vivimos. Una sociedad con paridad en los papeles y discursos políticamente correctos, pero en la que las mujeres seguimos discriminadas. Porque, aunque las leyes digan lo contrario, las reglas de la política, los criterios de la economía, las normas de urbanidad, la forma de vestirse; la decisión de lo que es bueno y malo está impregnada del pensamiento grasiento y pegajoso del machismo.

Hay que tomar el ejemplo de Marta Galego y detener el partido, pitar penalti y expulsar a la larguísima lista de discriminaciones que sufrimos en todas las etapas y estamentos de nuestra vida y, sobre todo, a las que ponen en peligro nuestra integración física y psíquica: los insultos y humillaciones; las agresiones y esclavitud que sufren muchas mujeres –el 90% de la prostitución en España, según la policía, lo ejercen mujeres procedentes del tráfico de personas-; y los asesinatos. Los crímenes machistas se han convertido ya en una terrible normalidad.

Detengamos el partido y que no se reanude el encuentro hasta que hayamos limpiado de machismo todo el terreno de juego. Aunque estemos en un campo de segunda regional, nos observa el mundo entero y siempre ganará nuestra dignidad.