Los niños de “Jalogüin”

Pesca de arrastre

 

La bruja con su escoba, el muerto viviente renqueante, la niña del exorcista, el vampiro sediento de sangre y el hombre sin cabeza están alborozados. Llegan en comitiva, entre gritos y risas, a la entrada de la casa que está al fondo de la calle, esa de verja de hierro desvencijada que da a un jardín lleno de hierbajos y setos sin recortar. La noche empieza bien, salvo una rociada de huevos que han tenido que tirar contra la vivienda del tacaño que no les ha querido dar nada, poniendo sus muros y ventanas perdidos de regueros amarillentos. El resto va saliendo aceptablemente. Llevan sus bolsillos llenos de monedas y de caramelos. La mayoría de la gente ha preferido trato mejor que truco.

La verja permite el paso de los niños de uno en uno, pues aunque tiene una cadena con candado, está desprendida del gozne superior, posiblemente podrido por el óxido, y ofrece la apertura de un ángulo que es aprovechado por cualquiera que quiera entrar dentro. Y no se lo piensan dos veces. Están exultantes. Tras dejar detrás de sí unos veinte metros de jardín sombrío y silvestre, llegan a unas escalinatas que conducen a la entrada principal. La escasa luz de una luna en cuarto menguante, semitapada por un nubarrón, apenas es suficiente para iluminar los cuatro peldaños que, carcomidos por el tiempo y la desidia, conducen directamente a la puerta que se alza ante ellos. No hay timbre. La niña del exorcista descubre una aldaba y, decidida, la alza y la descarga con fuerza tres veces sobre la pieza ovalada de hierro, que recibe el impacto. Los golpes resuenan siniestramente en el interior y, tras una pausa que a los niños se les antoja un siglo, el ruido de unos pasos avisa de que alguien se aproxima hacia la entrada. Desde dentro se descorre un cerrojo y la puerta se abre no sin emitir un leve chirrido.

—¡Tanta prisa, tanta prisa! ¿Qué queréis a estas horas?

Los ojos de los niños están a punto de salirse de sus órbitas cuando ven el aspecto de su interlocutor: un hombretón malencarado, tuerto de un ojo y con los dientes podridos, que les sale al encuentro con una voz desabrida y de pocos amigos. Ellos reculan boquiabiertos y, cuando recobran el aliento, se dan la vuelta y echan a correr como conejos. El vampiro va en cabeza. El muerto viviente ya no cojea y se mueve con suma agilidad. El hombre sin cabeza la recupera milagrosamente y adelanta en su carrera a la niña del exorcista y a la bruja que, curiosamente, acaba de abandonar la escoba en su huida.

A los chicos de Halloween no les dio tiempo a ofertar trato y optaron por el truco de salir por pies.


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