Debía haberlo pensado antes. Pero ya estaba hecho y no tenía remedio. La muñeca yacía en su cuna de juguete con el puñal clavado en el vientre. De la herida manaba ocre serrín, que resbalaba por el vestidito rosa hasta juntarse sobre las sábanas en una especie de charco seco.
Marianito no podía apartar los ojos de su mano, que había congelado el gesto tras soltar la empuñadura del cuchillo. No comprendía cómo había sido capaz de apuñalar así, a sangre fría, a Nonó. Ahora ella yacía sin remedio, esparciendo limaduras, en la cunita de madera donde la ponía a dormir su hermana.
¿Por qué lo había hecho? Nonó nunca le había hecho nada a él. Era una buena muñeca que tenía entretenida a su hermana durante horas; lo cual resultaba ventajoso a Marianito, que, mientras tanto, podía jugar con sus soldados sin ser importunado. Entonces, ¿qué había pasado?
Entró en la habitación de su hermana buscando una bala de cañón, que había rodado desde las trincheras que, en el pasillo, tenía dispuestas para la batalla que libraban tropas francesas contra heroicos guerrilleros españoles. Le había regalado ese juego su abuelo Santiago, cuando su noveno cumpleaños. Una caja grande que dejaba ver, a través de una ventana de celofán, dos hileras de soldados y un pequeño cañón que disparaba canicas. Unas grandes letras, rojas y amarillas, rezaban “Guerra de la Independencia Española”. Aunque su abuelo le dijo que aquella guerra la ganaron los valientes guerrilleros españoles, a Marianito le encantaba tumbarlos con el cañón de canicas hasta la victoria final de los soldados franceses. Y una de esas canicas había rodado dentro de la habitación, hasta dar con el pie de la cuna de Nonó.
¿Cómo era posible que, justo al lado de ese mismo pie de cuna, hubiera un cuchillo? ¿Quién lo había dejado allí? ¿Por qué? No hallaba respuesta a estas preguntas. Pero su mano permanecía allí, congelada entre sus ojos y el arma con la que acababa de matar a Nonó. El hecho era irrefutable: había sido él, Marianito, quien, con gesto irreflexivo, al levantarse desde debajo de la cunita cuchillo en mano, lo había hundido en la panza indefensa de la muñeca. Nonó se encogió ligeramente con el golpe. Luego, recuperó la horizontal, mientras se vertía por su costado el contenido de sus entrañas. Con esfuerzo, giró el antebrazo hasta que la palma de la mano le mostró su palidez redonda, de la que surgían los cinco dedos, pequeños, encorvados en forma de garra, que hasta hacía un instante empuñaban el cuchillo. Distinguía la suciedad negra anidada bajo sus uñas. Tuvo la sensación de que veía por primera vez aquella mano. Pequeña, pálida y sucia mano. Una flor de cinco pétalos que se abría desde el puño de la camisa. Una mandíbula con cinco colmillos sedientos de carne tierna. El pulgar, comandando una escuadra nocturna y acechante, parecía soportar una tensión que perseguía forzarle a cerrarse sobre las falanges de esos cuatro caballeros para someterlos en un solo puño. Una mano que, sin tener ojos, le miraba. No sabía cómo; pero le miraba ciertamente. ¿Pueden mirar las manos? ¿Nos observan? ¿Para qué? No tenía, para estas cuestiones, respuesta.
Notó un leve dolor en el codo. Con sordo murmullo se inició una flexión que, advirtió, acercaba la mano hacia él. Más concretamente, hacía su cuello. Estaba paralizado de terror y sorprendido al mismo tiempo. Aquello debía ser un sueño. Observó en el puño de su camisa cómo tremolaban unas briznas de serrín. Demasiado reales para ser un sueño, se dijo; y se esforzó en dominar el movimiento de aquella mano que, lentamente, se acercaba a él. Un esfuerzo vano, pues pronto la perdió de vista, oculta ya bajo su mentón; donde ya no la podían seguir sus ojos. Notó, al principio, un cosquilleo en la piel; luego, un dolor creciente mientras los dedos se cerraban alrededor de su tráquea con determinación casi metálica. Apenas pudo esbozar, con el último hálito de voz, un arrepentido “Nonó, te quiero”.
Entre lágrimas, su madre, contaba a la policía que lo había encontrado a los pies de una cuna de juguete, con la mano aferrada al cuello, amoratado por la asfixia.
Incomprensiblemente, se había atragantado con una canica de cristal.
La hermana de Marianito, mientras, cosía la herida de Nonó.