Epístola a la Muerte

Semana de difuntos


Tú, querida y lejana amiga, escúchame ahora que no estás.

Curioso es, ciertamente el temor que me causas, pues nada sé de ti. Nada conozco de tu reino, si es que tal lugar existe.

Pero ¿cómo va a existir algún lugar que te sea propio, y al que yo pueda, de alguna forma, acceder? Pues si a tu morada me invitas, o no puedo ir o, si voy, estoy muerto.

Y fíjate que te escribo hoy —ya sabes que lo hago de vez en cuando— tras leer algunas sabias palabras que nos dejara en sus epístolas aquel lúcido varón que fuera Lucio Anneo Séneca.

Aconseja prudencia, moderación, serenidad mientras que rechaza, al mismo tiempo, la timidez, la cortedad, el miedo que resulta del excesivo aprecio de aquellos bienes superfluos que nos esclavizan.

Ya ves, querida muerte, que hace casi dos mil años que aquel hombre circunspecto y moderado se abrió las venas en el baño. No sé si, en su lugar, hubiera hecho lo mismo.

Podríamos estar de acuerdo en que no está demasiado claro que la muerte (o sea, tú) sea un mal; pero lo que no tengo tan claro es que la vida sea un bien; al menos, no un bien en sí mismo. Pienso hace años —vieja amiga, tú lo sabes— igual que el sátiro que, contestando al gran Alejandro, le dijo que lo mejor que podía haberle sucedido a un hombre (incluso a él) era “no haber nacido”. Cómo un buda, más o menos, sabía la media cabra que la vida nos condena a la enfermedad y al dolor. Tú, en todo caso, eres el último mal y, como dice Lucio Anneo, no debemos temer al último mal, precisamente por ser el “último”; es decir el mal que nos libera de todos los males… y así. Por cierto, para que no haya confusión, los cínicos —los de verdad, aquellos de entonces y no los maleducados de ahora, hijos de un romanticismo mal entendido— siempre dan la sensación de estar como una cabra, aunque, como los sátiros, tengan algo de dioses, menudos y listos.

¡Ah, qué placer me producen estas charlas epistolares contigo, vieja amiga! A veces pienso que si me placen tanto es porque jamás me contestas. ¿Te reservas para el último día? ¿Cómo la virgen que guarda su virtud para el tálamo nupcial, eres tú? En ese caso, espero con fervor que me lleves en brazos a la última morada y gozar, al fin, de tu cuerpo sombrío, de tus labios plácidos y fríos, de tus caricias que han de ser rumor y oleaje en el mar de la eternidad.

¿Y si resulta que no existes? No, al menos, para mí. Que, como dice Epicuro, ya no estaré allí cuando tú llegues. Entonces qué chasco, ¿verdad? Claro que poco podré chasquearme si ya no existo, es cierto. Me cuesta tanto imaginar que pueda ocurrir de tal manera. ¡Tantas palabras habremos gastado, tantos libros, religiones, filosofías, para nada! ¿Tanto sufrimiento, tanta vida trabajando para la sola oscuridad? ¿Tanto amor, para el olvido? ¿Tanta poesía, para el silencio?

Y es que uno no puede ponerse a leer, un amanecer gris como el de este domingo, al viejo Lucio Anneo, sin que le entre nostalgia de aquellos que te llevaste hace tanto tiempo. Hombres como él que aún nos hablan en sus letras. Te burlan sus palabras: se resisten a morir aferradas en el papel, escondidas bajo el polvo de las bibliotecas. Ya, ya sé que finalmente la victoria será tuya, es cuestión de tiempo: las palabras también mueren. Lo hacen al ritmo que sucumben las civilizaciones. Pero duran más que la carne, más incluso que las lágrimas que las regaron, que la razón que las sostuvo. ¡Déjame que me aferre a ellas, aunque ambos sepamos cuán frágil tabla de salvación suponen! Frente a ti, frente a tu silencio, erijo mis sueños.

No te ofendan mis palabras, son fruto de la desesperanza, del cansancio. Aunque en ocasiones te trate como a la peor enemiga, seguirás siendo mi amada, la que me espera en la última morada, la que tira de mi vida hoja tras hoja del calendario. Quemo la razón en tu nombre, tantas veces como la edifico de nuevo para la vida. Me siento, como dijo el poeta, yendo de la muerte a la vida, y de la vida a la nada. Y es que este plomizo amanecer me recuerda el peso que van depositando en mi alma las terribles imágenes de la vida, el dolor que se multiplica como los hombres. “Creced y multiplicad vuestro sufrimiento” es lo que parece que ordenó dios a nuestros primeros padres, aunque algún piadoso profeta decidió escribirlo de otra manera para no desesperanzar a la prole humana por los siglos de los siglos.

A nada debemos aspirar, excepto a no padecer sed, hambre o frío, en tanto tú llegas. Cualquier otro deseo es espurio o, lo que es peor, nos esclaviza. Así lo comenta Lucio Anneo, mentando a Epicuro. Sólo el cultivo mesurado de la razón y de la palabra son dignos de hacer merecedora la vida humana de algún rasgo divino. Nada en exceso, si es para uno. Y abre la puerta a la desmesura sólo si es a favor de los demás, de la justicia. Es el amor: pues si dijera “el amor” este Lucio Anneo, cabría sospechar que frecuentaba a los moradores de las catacumbas. ¡Qué cristianos parecían algunos antiguos de estos!, ¿verdad?

Bueno, creo que debo acudir a mis obligaciones en día de asueto, como el de hoy.

Te mando un beso, mi fría amiga. Recíbelo como un adelanto del que espero sea nuestro tardo encuentro.

Por el momento me quedo con el amor y la palabra.

Siempre tuyo,

 
Zenon.


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