La humanidad: 1% de inspiración, 99% de transpiración

¡No te fastidia...!

 

Subimos por el sendero hasta lo alto de la colina. A medida que transcurría la mañana, iba aumentando mucho la temperatura, hasta hacer calor, pero un inicial vientecillo fresco, muy agradable, aligeraba el esfuerzo. De tanto en tanto parábamos a la sombra de lo que se ofreciera y contemplábamos el paisaje. Renovábamos, felices, los pulmones.

Llegando arriba de todo, decidimos bajar por la carretera, para no repetir trayecto. Entonces vimos (¡y oímos!) que coincidíamos con una prueba de ciclismo: la nosecuántos subida en cuesta al castillo, rezaban los carteles colgados por aquí y por allá, aprovechando vallas instaladas para la ocasión, farolas y todo soporte que se prestara a ello. Los carteles anunciaban eso y, con letras tan grandes o más, con colores llamativos, el nombre y logo de la entidad financiera que patrocinaba la prueba, pues se ve que había decidido echar mano del fondo que dedica para obra social al acontecimiento.

Si el panorama visual cambiaba, el ambiente sonoro lo hacía aún más, dejando atrás el ruido del roce de las plantas arrulladas por la brisa y el trino de algún que otro pájaro. Desde una plataforma elevada, ésta ya sólo decorada con ejemplos de la bondad altruista de la entidad patrocinadora, un tío feo pegado a patillas, bigote y gafas oscuras se dirigía, megáfono en mano, a las masas que se apiñaban detrás de las vallas que provisionalmente limitaban el acceso a la calzada. Altavoces que se repetían cada diez metros expandían sus gritos, que nos acompañaron casi toda la bajada, hasta que se les debió acabar el presupuesto: «¡Un aplauso para Ricardo Rodríguez Peña, ganador absoluto de la subida en cuesta al castillo de este año! ¡Y otro atronador aplauso a los rezagados, que cubren ahora los últimos metros del recorrido! ¡Qué esfuerzo más bonito el suyo! ¡Merecen que se redoblen esos aplausos para que noten el calor humano que les trasmite tanta gente que ha acudido a verlos!» Los pobres, con el rostro y el cuerpo totalmente desencajado, tenían pinta de desear muchas cosas, pero diametralmente opuestas a ese solicitado calor.

Realmente aún tronaba a lo lejos el eco de los gritos del energúmeno y de la música triunfal de la entrega de premios cuando llegamos a la plaza, donde otros altavoces soltaban, más modestamente, una musiquilla de nivel de vida. Teníamos que coger ahí de nuevo el autobús que nos llevaría al sitio elegido para comer, pero el panorama que nos recibió nos quitó de repente el apetito. Vasos de plástico para cerveza, agua y cualquier otro refresco de la sociedad que había patrocinado una media maratón, se ve que muy popular, se mezclaban por el suelo con papeles sucios que debían haber lanzado despreocupadamente, o vete a saber si hasta alegremente, engañado el estómago con unas cuantas grasas saturadas, los curiosos. Un penetrante olor a sudor lo dominaba todo.

Quizás una ínfima parte de la humanidad se inspire y hasta inspire al resto, pero lo que nos ha quedado claro es que la humanidad transpira.