Hasta que la muerte nos separe

Entre líneas




Nadie anotó en ningún registro el día que murió siempre. Los periódicos no se hicieron eco de la noticia ni tampoco se mencionó en las redes, desapareció discretamente como se funde un copo de nieve en el asfalto.

Fue un día frío, sin apenas nubes en el cielo. Paseábamos por las calles desiertas cuando se hizo de noche. Las casas se iban iluminando y era triste imaginar esas vidas que habitan tras las ventanas sin ni tan siquiera poder prometerse amor para siempre.

Definitivamente, el tiempo se había roto y la eternidad se fue volviendo un concepto anacrónico al que nadie quería aludir.

Poco a poco, hemos ido olvidando sueños antiguos, viejas promesas que juramos para siempre y ya nunca cumpliremos, como si nuestra memoria se fuera deshaciendo cada día un poco más, libre de recuerdos.

Resulta extraño vivir así, creíamos que siempre era más que la infinitud del tiempo, era una manera de vivir, un permanecer en las cosas hasta el fin.

Tal vez por eso, agotados por la situación, hemos decidido levantarnos cada mañana al alba. Llueva, nieve o hiele, cerramos la puerta tras nuestro y andamos por valles y ríos, siguiendo el rastro de siempre. 

Confiamos hallarlo algún día, agazapado en un rincón solitario esperando a ser rescatado del olvido.

Caen las hojas de los árboles, cae la lluvia y, también, la nieve en la sierra. A lo lejos nos parece oír una voz susurrando: siempre, siempre…, mientras un escalofrío nos recorre la espalda.

Imagen Marcos Guinoza


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